Martes 26.01.2021 - 09:34

Al-Baghdadi ha muerto, viva el rey

El año que fue
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El asesinato del líder del Estado Islámico (EI), Abu Bakr Al-Baghdadi, el hombre más buscado del mundo, no implica, como lo dijera el presidente Trump, el fin del Estado Islámico. Cualquiera que sugiera algo similar tiene, como demostrara el presidente en su discurso, poco conocimiento sobre la estructura y comportamiento de ésta y otras organizaciones terroristas.

A diferencia de otros grupos, como Al-Qaeda, el Estado Islámico tuvo por años aspiraciones territoriales, es decir, que buscó consolidarse como una especie de Estado, estableciendo estructuras de gobierno y de recaudación de impuestos. Sin embargo, desde sus derrotas en Mosul y Raqqa, el Estado Islámico se transformó en una organización terrorista internacional descentralizada.

Aunque Al-Baghdadi continuó fungiendo como el líder de la organización, su paranoia lo aisló del resto de sus seguidores y la estrategia principal del Estado Islámico se convirtió en terrorismo descentralizado, es decir, que aunque había lineamientos generales, el liderazgo de la organización invitó a cada una de sus células internacionales a actuar independientemente.

Es así como en los últimos años hemos visto decenas de ataques del EI desde San Bernandino hasta Sri Lanka. En realidad, poco o prácticamente nada vincula a estas organizaciones más allá del nombre, gran parte de ellas son grupos preexistentes que adoptaron el nombre del EI como táctica publicitaria.

En algunas ocasiones, el asesinato de un líder puede servir para desestabilizar a una organización terrorista, como ocurrió en el caso de Al-Qaeda con la muerte de Osama bin Laden; sin embargo, Al-Baghdadi no es sino el tercer líder del EI, una organización que se ha mostrado resistente al cambio.

El escenario más prometedor por el momento sería una escisión de la organización; el problema es que ésta podría causar un combate entre las distintas facciones para mostrarse como las más efectivas (letales), para así atraer a miembros.

El otro escenario posible, la coronación de un nuevo líder, no parece más prometedor. Al-Baghdadi, uno de los terroristas más sanguinarios de la historia, merecía ser perseguido y su asesinato puede justificarse en términos morales: darle justicia a las miles de víctimas de su régimen de terror.

Su asesinato le adhiere, además, credibilidad a los servicios de inteligencia estadounidenses, que mostraron una vez más que nadie escapa a su alcance. Sin embargo, como estrategia, el asesinato no sólo parece ser inefectivo, sino que tiene enormes riesgos, algo similar a lo que sucede con los asesinatos de capos en México. Sí, el líder ha muerto, pero la organización sigue con vida.

La última vez que se cantó victoria, una pequeña organización desconocida en el norte de Irak terminó gobernando por tres años un territorio del tamaño de la Gran Bretaña.