Jueves 28.05.2020 - 06:14

Como no cometer el error de 2009

La política del coronavirus
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La memoria de la recesión de 2009 aún está fresca en nuestras memorias y, por lo tanto, resulta tragicómico que haya quienes recomiendan seguir los mismos pasos para tratar de enfrentar la crisis. Ahora, como en 2009, queda claro que los gobiernos del mundo tienen que intervenir para intentar salvar la economía.

La diferencia es que mientras en 2009 una cuantas empresas financieras irresponsables llevaron al mundo a la debacle, la crisis actual tiene su origen en la naturaleza. En 2009, en contra de toda lógica, el gobierno estadounidense terminó rescatando a aquellos mismos que crearon la crisis y en Europa los gobiernos corrieron a salvar a las grandes empresas. Los que terminaron pagando fueron los trabajadores, sometidos a un duro régimen de austeridad. La respuesta a la crisis, como era de esperarse, no atacó las causas del problema y hoy nos enfrentamos al mismo fantasma.

Hay quienes sugieren de nuevo que los gobiernos deben rescatar a las empresas y que, como en 2009, hay que evitar a toda costa endeudarse; la única solución, parece ser, son nuevos recortes al presupuesto. Parece imposible pensar que una economía que apenas estaba saliendo a flote, como Grecia o España, o países donde la desigualdad no ha sino aumentado en los últimos 10 años, como Estados Unidos, puedan soportar otra década de austeridad.

Es verdad que el gobierno debe intervenir para tratar de salvar empresas, sobre todo aquellas que eran empresas sanas, centrales para la economía del país y en específico a aquellas que sufrieron más por esta crisis (las aerolíneas, por ejemplo). Pero el gobierno no debe financiar a bancos e instituciones financieras directamente. A la par, el gobierno debe de invertir masivamente en seguros de desempleo y créditos a pequeñas empresas, para tratar, en la medida de lo posible, que estas personas y empresas puedan seguir a flote mientras dura la crisis.

La mayor parte de la intervención fiscal debe de ir hacia trabajadores, para evitar no sólo una pérdida en la calidad de vida de miles de personas, sino el incremento de la desigualdad y de la pobreza. Viene entonces el gran dilema: ¿quién va a pagar por esta intervención? Naturalmente, si el objetivo es ayudar a los trabajadores, éstos no pueden pagar por los gastos.

Hay quienes sugieren un alza de impuestos al uno por ciento más rico, lo cual parece políticamente difícil en estos momentos; queda entonces la opción de adquirir más deuda. En algunos países ya altamente endeudados ésta es una opción dolorosa; sin embargo, en países con finanzas más sanas parece claro que la contracción de deuda (1-3 por ciento del PIB) terminará siendo beneficiosa en el largo plazo.

El mundo no está listo para una nueva década perdida, las lecciones del no lejano 2009 son claras: financiar a los trabajadores, y no exclusivamente a empresas o a bancos, y pagar estas medidas con impuestos progresivos o con más deuda, y no con la abrumante austeridad.