Jueves 28.05.2020 - 06:14

El rey no ha muerto. Viva el rey

La política del coronavirus
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Después de tres elecciones en menos de un año, y en medio de la crisis por el coronavirus, la espera y la crisis política han por fin terminado en Israel. Netanyahu y Benny Gantz se dividirán el mandato de cuatro años a partes iguales, y los ministerios serán repartidos equitativamente entre las dos partes; Gantz será ministro de Seguridad y su partido y el partido laborista obtendrán algunos de los ministerios más importantes, Justicia, Economía y Relaciones Exteriores.

Todo parecería como si la crisis hubiera tenido un final feliz, un gobierno de unidad en tiempos difíciles. Sólo que cualquiera que conozca a Netanyahu, o recuerda la larga lista de políticos, tanto rivales como aliados, que creyeron en la palabra de Bibi, sabrá de inmediato que la realidad es otra.

Netanyahu enfrenta en estos momentos un proceso judicial por corrupción en donde parece que inevitablemente será sentenciado a la cárcel. Su interés principal es lograr salvarse de la justicia. Así que, aunque en la superficie parece que el acuerdo entre las partes es equitativo, Netanyahu obtuvo la concesión más preciada, el control sobre la designación de jueces, ministros de la Suprema Corte y procuradores y un cambio a la ley actual, que le permitirá seguir en el poder como viceprimer ministro después de que su rotación termine, a pesar de que sus procesos judiciales por ley se lo impiden.

Gantz traicionó a sus electores violando la única promesa explícita de su campaña: proteger a la democracia israelí y no entrar en un gobierno con un primer ministro acusado de corrupción. Éste no es un asunto del centro apoyando políticas de derecha, sino de un líder que en momentos de presión terminó doblegándose, como todos sus antecesores, a Bibi el mago.

Aún más triste es el caso del partido laborista, el partido que creó y formó el Estado; después de un pobre desempeño en las elecciones en alianza con la izquierda (Meretz) el líder del partido decidió unirse al gobierno corrupto de Netanyahu, enterrando casi seguramente de por vida lo que quedaba del partido. Si una lección podemos sacar de esta saga política, es que en estos momentos no es cuestión de no tener los votos suficientes, sino de la falta de liderazgo político.

En la última elección, los ciudadanos claramente (61 contra 59 mandatos) votaron por un cambio. Sin embargo, en lugar de reforzar a los partidos de izquierda, que tradicionalmente fueron la alternativa al Likud, decidieron votar por generales de centro sin ideas (por lo menos no públicas), que vendieron una política desprovista de ideología cuyo único objetivo era cambiar a Bibi. Una vez que traicionaron a sus electores violando su única promesa, no queda nada sino aire sin mucho rumbo.