Martes 26.01.2021 - 08:16

La esperanza se siente en las piernas

El año que fue
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Llegué a Kikar (plaza) Rabin, como todos los años, a conmemorar el asesinato de Rabin, líder del Partido Laborista israelí, que en 1994, enfrentándose a los fantasmas más profundos de la psique israelí, decidió, en la que terminaría siendo la decisión que le costara la vida, iniciar el proceso de paz con el pueblo palestino.

En la plaza se congregaron 80 mil israelíes para, entre canciones y discursos políticos, tratar de revivir la sensación de esperanza que muriera con Rabin y la llegada al poder de quien hoy, 25 años después, sigue siendo el primer ministro del país, Benjamín Netanyahu.

Año con año el evento se ha vuelto menos emocionante y la indiferencia del público cada vez mayor. Aunque miles se congregaron para hablar sobre la paz, pocos de los reunidos creen hoy en día que ésta es posible. La indiferencia se manifestaba en las reacciones de los asistentes: pocas o casi ninguna lágrima, manifestaciones de emoción ausentes.

Aún así, todos tenían expectativas sobre el discurso central de la noche. Benny Gantz, el vencedor de las últimas elecciones, tomó la decisión valiente de subir al escenario. Asediado desde la derecha, que le ha impedido en las últimas semanas formar un gobierno, Gantz decidió pronunciarse a favor de la unidad del país; sin embargo, toda mención sobre el proceso de paz estuvo ausente.

Gantz acusó a los políticos de la derecha de usar el odio como plataforma política, pero el miedo a pronunciarse a favor de la creación de dos Estados era latente en su voz y la reacción del público fue acorde.

Después de que todos se dieran cuenta en los primeros minutos del discurso que las palabras de el nuevo líder del campo de la paz se quedarían cortas, la plaza se convirtió en un encuentro social, donde amigos que por años se ven una y otra vez en manifestaciones en contra de la derecha, aprovecharon para actualizarse sobre sus vidas; las pláticas sobre la vida cotidiana sustituyeron rápidamente toda conversación política e incluso las canciones sobre la paz, que todos conocen, no emocionaron sino únicamente a los nostálgicos.

Sin embargo, a pesar del ambiente de decepción e indiferencia, los 80 mil asistentes no se movieron de sus lugares sino hasta el final del evento, después de que todos cantaran al unísono el himno nacional.

Y es que a pesar de los años de odio, división y desesperanza, la mayor parte del público israelí sigue creyendo en la paz; no saben cómo, ni cuándo, ni quién será el valiente que decida, como Rabin, que llegó la hora del cambio. Tal vez Gantz sea el indicado, nadie, ni él mismo, lo sabe.

Y así, a pesar de que la paz se vea cada vez más lejana, todos los años seguirán llegando a la plaza miles y miles de israelíes, israelíes que no soltarán en lágrimas o en gritos de paz; israelíes que, viéndolos desde afuera, parecerán indiferentes y apáticos; israelíes que, después de años de decepción, se cuidan a sí mismos diciendo que perdieron la esperanza pero que, a final de cuentas, siguen marchando el sábado por la noche cada noviembre para demostrar, no con sus caras o sus palabras, sino con sus piernas y su presencia, que aún hay esperanza.