Ensayo sobre la tibieza moral

TEATRO DE SOMBRAS

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Una de las cosas que más llamó mi atención cuando llegué a vivir a Oxford en 1985, fue que los lavabos tuvieran dos grifos: uno de agua fría y otro de agua caliente. Por las mañanas, cuando me enjuagaba, se me helaban las manos si abría la llave de la fría, pero si abría la de la caliente, pronto se me quemaban. ¿Por qué los ingleses no eran capaces de instalar mezcladoras?

Cuando se combina el agua caliente con la fría, casi de inmediato el líquido encuentra su equilibrio térmico. En términos hegelianos, se llega a una síntesis entre la tesis y la antítesis: la mezcla está más caliente que el agua fría, pero está más fría que la caliente. Para Hegel, la síntesis supera a la tesis y a la antítesis en un plano ontológico; es como un paso adelante en el orden de las cosas.

En la filosofía de Nietzsche —una filosofía que proclama la muerte de Dios— encontramos un rechazo rotundo de la medianía moral. Para el pensador alemán, la moral del mal menor es una moral de esclavos, de conformistas, de cobardes. Un ser humano siempre puede ser más de lo que es: más malo o más bueno. Aunque Nietzsche ya no cree en la santidad cristiana, sigue creyendo en el heroísmo, sea moral o ultra-moral

¿Acaso éste es el destino de los valores? ¿Acaso lo que resulta del encuentro existencial entre el bien y el mal es una mezcla de ambos? Podría responderse que, si esto es el caso, estamos condenados a la medianía moral. Pero otra respuesta es que aspirar a más sería una insensatez. Desde ese punto de vista, la mezcla es un avance nada despreciable. No triunfa el bien absoluto, pero tampoco triunfa el mal absoluto; el resultado es menos malo que el peor, luego es lo preferible, aunque sea menos bueno que el óptimo.

La moral del mal menor es, para muchos, la única viable. Los seres humanos no podemos resignarnos a caer en el abismo del mal, pero tampoco estamos hechos para la santidad: somos débiles y falibles. Esta moral tiene tres valores: el bien absoluto, el mal absoluto y el mal menor (o el bien mayor, según como se le quiera llamar, de acuerdo con la lógica del vaso medio lleno o medio vacío). Por encima del bien y el mal está ese tercer valor que debería guiar nuestra vida cotidiana. El bien absoluto no es de este mundo, sino que es, como dirían algunos filósofos, un ideal regulativo. Para volver a la analogía con los lavabos, es inhumano obligarnos a elegir entre el bien absoluto y el mal absoluto como lo es obligarnos a elegir el agua más caliente o la más fría. Quien insiste en ello es un dogmático, un fanático, un loco. El verdadero bien no es el bien absoluto sino el mal menor. Llámese a ésta la moral del agua tibia.

El lienzo San Miguel expulsando a Lucifer y a los ángeles rebeldes (1622), de Peter Paul Rubens. Foto: Especial

En Apocalipsis 3:15 hay una condena terrible a la tibieza moral. Dice así: “Conozco tu conducta: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frio o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca”.

Desde esta otra perspectiva, quien elige el tercer valor, es decir, la medianía entre el bien y el mal, no es menos malo que quien se entrega al mal absoluto. La tibieza moral es lo que más repugna al Dios bíblico porque en ella hay un núcleo vicioso de indiferencia, hipocresía y auto-complacencia.

Cuando se combina el agua caliente con la fría, casi de inmediato el líquido encuentra su equilibrio térmico. En términos hegelianos, se llega a una síntesis entre la tesis y la antítesis: la mezcla está más caliente que el agua fría, pero está más fría que la caliente. Para Hegel, la síntesis supera a la tesis y a la antítesis en un plano ontológico; es como un paso adelante en el orden de las cosas

Podría contestarse que, si abandonamos la creencia en un Dios personal, ya no hay razones para repudiar la moral del agua tibia. Sin embargo, en la filosofía de Nietzsche —una filosofía que proclama la muerte de Dios— encontramos un rechazo rotundo de la medianía moral. Para el pensador alemán, la moral del mal menor es una moral de esclavos, de conformistas, de cobardes. Un ser humano siempre puede ser más de lo que es: más malo o más bueno. Aunque Nietzsche ya no cree en la santidad cristiana, sigue creyendo en el heroísmo, sea moral o ultra-moral. Pero en respuesta se podría volver a insistir en la moral no debería estar diseñada para santos ni para héroes sino para personas comunes y corrientes, como usted y yo.

El error de esta forma de pensar -—tan común hoy en día— consiste en suponer que la moral debe adaptarse a nuestros hábitos. Lo correcto es lo opuesto: nuestros hábitos son los que deben adaptarse a la moral. Querámoslo o no, la vida es como un lavabo inglés. Tenemos que elegir entre el bien o el mal. No hay término medio.

Guillermo Hurtado

Guillermo Hurtado

Filósofo, investigador.
Guillermo Hurtado

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