Libertad y delirio de la persona

Indignación y transformación
Por:
  • guillermoh-columnista

Se cuenta que Jean Cocteau le dijo a María Félix: “Tú no eres María Félix, eres una loca que se cree María Félix”. María tenía una personalidad tan extravagante que el comentario de Cocteau puede tomarse como una crítica a la manera exagerada en la que La Doña interpretaba en todo momento el personaje creado por ella misma.

Pero ¿qué pensaría usted, estimado lector, si alguien le dijera que usted no es quien es, sino que es un loco que se cree quien usted dice que es?

Cuando reflexionamos acerca de la persona que somos no podemos dejar de intuir que si las cosas hubieran sido distintas, ésta hubiera sido diferente. Hay personas tristes, inseguras y fracasadas que sufrieron experiencias que cambiaron drásticamente su forma de ser: quedaron huérfanos, padecieron una enfermedad, cayeron en la pobreza. Es casi inevitable que ellos piensen que, si las cosas hubieran sido de otro modo, serían personas distintas.

Pero no hay nada escrito acerca de cómo alguien llega a ser la persona que es. A veces, esas mismas calamidades, padecidas por otros seres humanos, hacen que se desarrollen de manera opuesta. Es decir, que por haber sufrido esos mismos sucesos traumáticos ahora son personas más alegres, más confiadas y más exitosas.

No hay una explicación natural que nos diga por qué somos la persona que ahora somos y no somos una persona diferente.

La persona que uno es, en resumen, es resultado de un efecto contingente de circunstancias variables. Somos así, pero pudimos haber sido distintos. Y eso distingue de manera radical el que seamos la persona que somos del hecho biológico de ser el ser humano que somos. Yo no pude haber sido otro ser humano, mi código genético es mío y sólo mío, pero sí pude haber sido otra persona diferente.

Ser la persona que uno es no es una locura, pero ser la persona que uno es tiene un grado de contingencia que nos hace pensar que hay algo insustancial, variable, casi ficticio en ello. Ésta es la otra manera de entender, desde la filosofía, el agudo comentario de Cocteau.

Para no ser como María Félix –condenada por ella misma a ser María Félix–  tenemos que dejar un espacio existencial entre el ser humano que somos y la persona que somos.

Ese hueco ontológico es lo que nos permite ver la persona que cada uno es con cierta distancia, incluso con saludable ironía. Y es también lo que nos permite cambiar el giro, el tono, el carácter de la persona que somos, para bien o para mal.

La vida es como un enorme escenario en el que cada quien interpreta un papel. Saber que el rol que tenemos no es definitivo, que no es algo pegado a nuestra piel, nos da un margen de libertad que hará de nuestra existencia una aventura aún más portentosa.