Ni niños ni ancianos

TEATRO DE SOMBRAS

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Imagine usted que recibimos un mensaje de una civilización extraterrestre, que nos pide que les enviemos, en una velocísima nave, un ejemplar paradigmático del ser humano. La solicitud es muy clara: tiene que ser uno, sólo uno, que les permita a nuestros vecinos intergalácticos conocer al ser humano en su mejor expresión.

Esta solicitud provocaría, de seguro, un debate en nuestro planeta. Habría que decidir, por ejemplo, si enviamos un hombre o una mujer. También se discutiría, me imagino, la figura del elegido o la elegida: su peso, su estructura ósea, su color de piel. Entre los asuntos fisiológicos a discutir estaría, sin duda, la edad. ¿Cuántos años debería tener quien representara a la humanidad en el otro planeta? De seguro se descartarían candidatos demasiado jóvenes o demasiado viejos. En otras palabras, no se enviaría como embajador de la humanidad a un niño o a un anciano.

Unos son como fruta verde y los otros como fruta podrida. Diríase, entonces, que hay un punto de plena madurez en el que el ser humano, como si fuera un aguacate, reúne todos sus atributos de manera óptima. Antes de llegar a ese punto y después de pasarlo, cada quien está por debajo del nivel máximo que puede alcanzar

Olvidémonos por ahora de ese ejemplo imaginario, pero tengamos en cuenta aquello de que el ser humano paradigmático no es un niño ni un anciano. Éste es un supuesto que ha perdurado en nuestra antropología filosófica desde tiempos inmemoriales.

De acuerdo con aquella concepción, el niño todavía no es un humano completamente desarrollado. El anciano, por su parte, ya no es un humano en la plenitud de sus facultades. Niños y ancianos, desde esta perspectiva, son algo así como minusválidos. Unos son como fruta verde y los otros como fruta podrida. Diríase, entonces, que hay un punto de plena madurez en el que el ser humano, como si fuera un aguacate, reúne todos sus atributos de manera óptima. Antes de llegar a ese punto y después de pasarlo, cada quien está por debajo del nivel máximo que puede alcanzar.

El hombre de Vitruvio, de Leonardo da Vinci. Foto: Especial

Me parece que muchos aceptarían el supuesto anterior. Sin embargo, cabe preguntarse si es verdadero. ¿Acaso somos como frutos que, después de nacer, pasamos por un proceso de maduración hasta alcanzar un momento en que estamos “en su punto” y luego entramos en un proceso de decadencia que termina con nuestra muerte? ¿Cuál es ese punto para cada uno de nosotros?

Hay una respuesta puramente física que tiene que ver con el funcionamiento de nuestro organismo. Podrían hacerse pruebas fisiológicas y psicológicas que midieran la calidad de nuestros resultados y nuestras respuestas, y así determinar cuándo se alcanza el nivel más alto. Pero hay otros criterios que podrían ofrecerse para determinar ese punto. Uno de ellos es el del desempeño creativo. Desde este punto de vista, para un gimnasta, su cenit puede llegar a los veinte años. Para un matemático, a los veinticinco años. Para un futbolista, a los treinta. Para un novelista, a los cincuenta. Para un filósofo, a los sesenta. Todo dependerá del tipo de actividad.

Podría decirse que un joven que muere antes de alcanzar su punto personal, no cumplió con su promesa. Su muerte es una pequeña tragedia. Pero también podría decirse que un anciano que hace mucho dejó atrás su punto, debería aceptar su muerte con razonable resignación. Su muerte es triste, mas no trágica

¿Qué conexión tiene la hipótesis del punto óptimo con la pregunta sobre el sentido de la vida? Podría decirse que un joven que muere antes de alcanzar su punto personal, no cumplió con su promesa. Su muerte es una pequeña tragedia. Pero también podría decirse que un anciano que hace mucho dejó atrás su punto, debería aceptar su muerte con razonable resignación. Su muerte es triste, mas no trágica. Algunos dirán que la vida personal va perdiendo sentido mientras más se aleja uno de ese punto. Quien se enfrenta a la muerte muchos años después de haber alcanzado su nivel óptimo, no debería sentirse tan mal como quien la enfrenta pocos años antes de haberlo alcanzado.

Si cada quien pudiera elegir la edad exacta en la que quisiera ser inmortal, podría escoger el momento en el que alcanzó ese punto máximo de su vida. ¿Usted lo conoce? Cuando yo era niño estaba convencido de que todavía no había llegado a la mejor versión de mí mismo. Pero ahora, que me acerco a la tercera edad, no sé cuándo dejé de ser la mejor versión de mi persona. En algunos aspectos no me cabe duda que ya la dejé atrás por ejemplo, en mis capacidades físicas pero, en otros, no estoy seguro de haber llegado a lo más alto de mi vida personal por ejemplo, en mi capacidad de discernimiento. De algo sí estoy seguro: yo nunca sería designado como embajador de la humanidad en el espacio exterior.

Guillermo Hurtado

Guillermo Hurtado

Filósofo, investigador.
Guillermo Hurtado

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