Domingo 17.01.2021 - 02:27

Hacia una democracia transgeneracional

Indignación y transformación
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La democracia se define como el gobierno del pueblo. Sin embargo, esta caracterización nos deja con muchas interrogantes.

Para empezar, resulta que es sólo la ciudadanía, no el pueblo en su totalidad, la que acude a las urnas. Podría decirse, no obstante, que los ciudadanos toman en cuenta las necesidades del pueblo en su conjunto. Aunque los niños no voten, hay un sentido en el que los adultos votamos por ellos para velar por sus intereses.

Olvidemos por el momento estas precisiones y retornemos a la idea de la democracia como gobierno del pueblo. Pues bien, ¿de qué pueblo hablamos?

La respuesta más común es que el pueblo es el pueblo existente. Eso significa, por ejemplo, que el pueblo mexicano de hoy no es el mismo que el de hace cincuenta años. Se trata de dos conjuntos de individuos distintos y, por lo mismo, de dos sujetos políticos diferentes.

Sin embargo, se puede ofrecer otra respuesta que no restringe la definición del pueblo al actualmente existente. Digamos que el pueblo de México se extiende hacia atrás y hacia adelante. No se limita a los mexicanos que viven ahora, sino que incluye a los que murieron y a los que todavía no están con nosotros. El sujeto político de la democracia, por lo tanto, sería un conjunto histórico sin bordes precisos, conformado por individuos presentes y ausentes.

Pero si una parte del pueblo siempre está ausente en el momento de tomar las decisiones, ¿cómo pueden los presentes tomar en cuenta la voluntad de los ausentes?

En el caso de los muertos, hay que recordar sus valores, sus ideales, sus metas. Dicho de otra manera, cuando ejercemos nuestros derechos democráticos tenemos que tomar en cuenta las luchas políticas de nuestros antepasados. En otras palabras, la práctica democrática plena requiere de la memoria colectiva. Votar en nombre de ellos es una manera de hacer justicia a quienes nos heredaron nuestra patria, nuestras leyes, nuestras instituciones.

En el caso de los todavía no nacidos, hay que tomar en cuenta sus necesidades futuras, que no necesariamente coincidirán con las nuestras. La práctica democrática requiere, entonces, de la imaginación prospectiva.

Nada de esto nos ata las manos en el presente. Respetar la memoria de nuestros antepasados no significa que no podamos mejorar lo que ellos hicieron e incluso, si es el caso, corregir sus errores. Y tomar en cuenta las necesidades futuras de nuestros descendientes, tampoco significa quitarles a ellos la oportunidad de mejorar lo que hacemos ahora o de corregir nuestros errores presentes.

Nos encontramos ante una concepción transgeneracional de la democracia, que se basa en una idea más rica y compleja de lo que se entiende por la voluntad popular. Concebir la democracia de esta manera nos podría ayudar a evadir las tentaciones del presentismo político, muchas veces deformado por el capricho, la irresponsabilidad y la ambición.