Viernes 15.01.2021 - 19:42

Chile, la grieta de 2019

Coronavirus entre nosotros
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Al cruzar la tercera semana de la crisis política y social en Chile, llaman poderosamente la atención algunos análisis que concluyen que el modelo chileno ha demostrado su inexorable fracaso. Personalmente, no coincido con esas ideas.

Chile es un país que ya se encontraba política y socialmente polarizado desde antes de la implantación de la dictadura de Pinochet (1973-1990), y sigue así hasta hoy. Sin embargo, dos grandes virtudes deben destacarse de la transición a la democracia chilena: en lo político, que permitió que tanto las fuerzas democráticas de la Concertación como de la derecha tuvieran cabida en el nuevo orden pluralista; y en lo económico, que los gobiernos de la Concertación tuvieran la altura de miras para entender que la parte neurálgica del modelo económico heredado de la dictadura era el adecuado, aunque, como era de esperarse, implementaron una serie de medidas importantes para mejorar la distribución del ingreso y combatir la desigualdad social. Asimismo, Chile hizo un notorio esfuerzo por abrir su economía al comercio internacional.

A partir de todo lo anterior, muchos países de América Latina y del mundo, justamente envidian el éxito del modelo chileno, éxito que explica, en buena medida, que los veteranos e hijos de la dictadura estuvieran razonablemente conformes durante los gobiernos de la Concertación, y los votantes de ésta no disputaran la primera alternancia a la derecha con Sebastián Piñera. Pero todo eso no quita que sigan latentes las identidades políticas heredadas de la dictadura.

Ahora el crecimiento económico de Chile y de la región no es lo dinámico que era hace cinco años. A los inconformes de los últimos tiempos (los estudiantes, el movimiento mapuche, los movimientos feministas y células anarquistas, entre otros) se suman ahora los manifestantes por el incremento de servicios públicos. Chile provee una serie de servicios de clase mundial, que en definitiva, no están al alcance de todos. Chile es víctima de su propio éxito y de la “trampa del ingreso medio”. Sin duda alguna, el grave problema de Chile es la desigualdad en la distribución de la riqueza.

Las consecuencias están a la vista de todos: Estado de excepción, una veintena de muertos, decenas de heridos, una multiplicidad de actos vandálicos, incuantificables destrozos materiales y la cancelación de dos eventos de la mayor relevancia de los que Chile iba a ser anfitrión: la cumbre del APEC y la COP25. La reivindicación de las calles, sin un liderazgo claro, va incrementando banderas: de la derogación del aumento en la tarifa de transporte a la remediación de salarios y pensiones; de la renuncia de Piñera y el descontento hacia toda la clase política a una reforma constitucional para eliminar enclaves autoritarios que persisten del pinochetismo.

Un festín para los agoreros populistas, que proclaman el fin de las instituciones representativas y del modelo de desarrollo chileno. Ya se verá que, una vez que pase la crisis y que se generen las bases para un renovado acuerdo político, Chile contará con la infraestructura de país que le permitirá sortear razonablemente la crisis.