Iván Portela: la exuberancia como un atributo

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Por:
  • carlos_olivares_baro

La primera vez que vi a Iván Portela (Santa Clara, 1944 – Ciudad de México, 2019) una ráfaga de música explayada se instaló en mis ojos. La mañana estaba nublada, octubre de 1986, otoño sin irradiaciones: cuando tropecé con Iván un albor disipó la conjetura de la lluvia. La primera vez que Iván habló conmigo explayó un versículo apremiante sobre el mundo: “No sé nada del tiempo / vivo en la ventolera / los ciclos me marean / Soy un aturdido que intenta / no sé si de día o de noche: / desandar”.  Así fue mi primera vez con Iván y sus coplas ensortijadas: un poeta a merced del  vendaval.

Después lo seguí frecuentando: asedié sus rutas, reproduje los atavíos verdes, comí de su plato y enmendé la plana de escolar hambriento que siempre escoltó su premura. Escribía con furia: garabateaba pliegos con caligrafía de campesino. “Tengo que apurarme: son demasiadas puertas, las cuales estoy obligado a quitarles los cerrojos para siempre. Recibo mensajes. Me llegan cifras. Me llegan coordenadas. Me llegan ríos. Me llegan vidas que piden aliento. Tengo que escribir, no puedo parar”, me dijo una tarde de 1990 por allá por el barrio de Las Águilas, mientras caminábamos saboreando un helado de guanábana.

Iván Portela, poeta de  dos islas: Irlanda y Cuba. Amor nombrado y amor revivido. Amor en los atajos de la espesura de dos mares sujetados en la nostalgia, cosidos en la espera y en la vagabunda esperanza. José Martí y W. B. Yeats. José Lezama Lima y Seamus Heaney. Guillermo Cabrera Infante y John Banville. James Joyce y Eliseo Diego. Samuel Beckett y Gastón Baquero. Oscar Wilde y Reinaldo Arenas... Dublín-La Habana-Santa Clara-Ciudad de México.

En la alforja siempre las ediciones de Antiguos poetas irlandeses y Libro de Kells. / Irlanda, esa ínsula extraña de acantilados, castillos, catedrales, bosques y valles en las pupilas de Iván. Mar céltico: piélago de fervores. // “Querría bañarme en extrañeza: / estas comodidades amontonadas encima de mí / me asfixian!”: recitaba Iván y se inundaba del ánimo de Ezra Pound: sacaba de la mochila los Cantos Ivánicos y empezaba a modular calle abajo por  Álvaro Obregón, después que salía de impartir su charla sobre la diosa celta Ériu en Casa Lamm.

De Dentelladas de un Ególatra  a Green Delirium, la obra de Iván es un muestrario de frenético adeudo con la palabra. Poeta tribuno, declamaba sus estrofas de memoria y todo el auditorio se quedaba encantado con su labia de esdrújulas tentadoras y verbo de estallido visceral. /// Me lo encontré en La Alameda en febrero de 2017 y me regaló tres cuadernos suyos: La Cruz de Caña,  La Otra Cara de Irlanda y Cantos de Tir na n-Og, me los autografió con su plumada rústica de guajiro villaclareño: “Para Carlitos, con todo el cariño Ivánico acumulado: un montón de amor, muchas toneladas de anhelos. La fe de por medio y la poesía como una misión. Tu Iván. Febrero 2017. En México”. /// Quiero tenerlo así para mí: lindo poeta mirando el mundo con ternura desafiante, apoyado sobre el lomo de un árbol. No le digo Adiós: él está con nosotros en la imborrable huella del amor. “Mi corazón vuelve a ser joven. Y al calor de la fe se renueva”: Iván Portela: la exuberancia como un atributo.

Cantos de Tir

na n-Og

Autor: Iván Portela

Género: Poesía

Editorial: Cultura