Editar la propia vida

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T. S. Eliot, el poeta flemático, cerebral, estadounidense nacionalizado británico y convertido a la ortodoxia del anglicanismo, pretendió editar un fragmento apasionado de su vida cincuenta años después de su muerte. Hemos estado leyendo el culebrón en estos días: Antes de mudarse a Inglaterra, Eliot se enamoró de la aspirante a dramaturga Emily Hale cuando estudiaba filosofía en Harvard y así se lo hizo saber en 1914, sin recibir señales de ser correspondido. Después vino la mudanza y el matrimonio del poeta con Vivienne

Haigh-Wood, descrito por él como una pesadilla.

Pero Eliot volvió a ver a Hale en sus viajes a Estados Unidos y mantuvo con ella una correspondencia apasionada entre 1930 y 1957, durante su matrimonio con Haigh-Wood e incluso después de la muerte de ella (en 1947) en una institución mental. Hale confesó que esperaba una propuesta de Eliot tras ese fallecimiento, pero no ocurrió así, y finalmente el poeta, ya mayor y consagrado, se casó con quien había sido su secretaria en la editorial Faber & Faber, Valerie Fletcher. Hale, entonces, decidió entregar las 1,131 cartas de Eliot a la Universidad de Princeton con la instrucción de que se abrieran sólo cincuenta años después de la muerte de ambos. El plazo se cumplió el jueves pasado, se abrieron las cartas (aún inaccesibles al público) y entonces la Fundación Eliot hizo pública una declaración que el poeta escribió cuando supo que sus cartas serían leídas en el futuro. Dicha declaración, que he leído tres veces con asombro, es un deliberado anticlímax, pretende corregir o ningunear una historia de amor documentada y, en su momento más bajo, hacer menos a su corresponsal. Es el editor intentando enmendar la sintaxis de una etapa de su vida que no convenía a su posteridad.

Los lectores pueden acceder al documento en la página de la fundación (tseliot.com/foundation/statement-by-t-s-eliot-on-the-opening-of-the-emily-hale-letters-at-princeton/ ). Ahí, Eliot declara que el amor original que tuvo por Hale se convirtió en una idea, que era “un fantasma enamorado de un fantasma”, que su matrimonio con Haigh-Wood fue para quemar las naves con Estados Unidos y que lo salvó de casarse con Hale. Dice: “Emily Hale hubiera matado al poeta en mí; Vivienne casi significó mi muerte, pero mantuvo vivo al poeta”. Más adelante: “A partir de 1947 me di cuenta más y más de lo poco que Emily Hale y yo teníamos en común. Ya me había dado cuenta de que ella no era una amante de la poesía, ciertamente de que no estaba interesada en mi poesía. Me había preocupado por lo que parecía para mí la evidencia de insensibilidad y mal gusto. Puede ser muy severo, pensar que lo que le gustaba era mi reputación y no mi trabajo.” Dice otras cosas, y termina afirmando que las cartas de ella fueron destruidas por un colega a petición de él. Guarda para sí, pues, la última palabra incluso en el futuro. Los investigadores que han leído las cartas hablan de un gran amor, que Eliot pretendió minimizar en un documento que, en mi opinión, lo minimiza a él (y no a su obra, eh). En su gran poema “La canción de amor de J. Alfred Prufrock” se lee: “He medido mi vida a cucharadas”. Parecería que, en este caso, entre el plato y la boca se le cayó la sopa.