Martes 20.10.2020 - 09:56

Pablo Ortiz Monasterio, Medalla Bellas Artes

Lecciones
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Hoy que todos somos fotógrafos, hay que querer a los que lo son por vocación, fatalidad y profesión. Yo los admiro particularmente, tal vez porque su persecución del instante entronca de manera natural con el oficio poético.

Esa foto de Cartier Bresson de un hombre dando un brinco sobre el agua detrás de la Gare Saint Lazare, y siendo reflejado por el agua, es para mí la respuesta a preguntas sobre la belleza, el ritmo, la vida y la muerte. Interrogantes cuya respuesta puede ser un momento fugaz. Como dijo Yves Bonnefoy, el fotógrafo sabe antes de ver y decide antes de saber… La foto mencionada me lleva directamente a otra foto muy celebrada  de Pablo Ortiz Monasterio: la del punk suspendido en el aire, enmarcado por dos pistolas pintadas en un muro de los Sex Pistols.

Otro momento fugaz que es en sí mismo una respuesta, un instante pleno, budista, al que no le falta ni sobra nada y con el sello característico de Pablo, algo rasposo, a cuadro cerrado, sin apenas oxígeno pero respirando a todo pulmón. El fotógrafo supo antes de ver, pero el verdadero milagro es que decidió antes de saber. Es un instinto estético que se aproxima a la ética, a una manera de ser en el mundo y que separa al artista del amateur.

Conocí a Pablo en su avatar de editor (no olvidemos que orquestó Ríos de Luz y Luna Córnea, entre otras muchas publicaciones) cuando trabajamos juntos en la redacción de la naciente Letras Libres, que entonces tenía un portafolios fotográfico que pasará a la historia. La amistad y el magisterio fueron instantáneos, mezclados y detonados por esa apasionada e inquisitiva conversación suya. La juventud que irradia me hace pensar que entre los dos promediamos 25 años de edad, y su espontaneidad me hace olvidar que es uno de los grandes fotógrafos del mundo, con libros como La última ciudad, Montaña blanca, Corazón de venado y Akadem Gorodok, además de ser un maestro de fotógrafos. Pero el recuento no le hace justicia, porque Pablo es una fuerza de la naturaleza que trasciende el currículum con sonoras carcajadas, docenas de proyectos al día, visiones, viajes geográficos y mentales, experimentos, una incontenible curiosidad y esa mirada que traspasa, registra lo que ve pero además construye una imagen, toma la foto de esa imagen y después toma la foto de la foto.

Lejano de lo sublime, Pablo asfixia sus encuadres y atiende a la locuacidad de las texturas, todo le habla y ve correspondencias en todas partes. Es un gran lector de las imágenes de la realidad, el mundo es su texto, y el fotógrafo interpreta sin condescender a la ortodoxia de lo armónico. Y es un perfeccionista: esas imágenes que por su frescura y crudeza parecería que congregó el azar, son el resultado de horas de edición, ese trabajo en soledad que es el ignorado taller del fotógrafo. Su estética es una ética: siempre se ha preocupado por articular discursos cargados de sentido y porque sus imágenes tengan una temperatura política, un calor de feroz actualidad. En los despojos soviéticos de la Guerra Fría no sólo ve ruinas fotogénicas sino una moraleja de la historia. En su querido territorio huichol siempre ha sentido una confrontación cultural y un desafío. No hay ciudad de México para él sin afrenta ni alambres de púas, ni belleza sin dolor. Si todo habla, y todo tiene una carga política, se requiere un fotógrafo entrón y carismático para interpretar al animalón de la realidad. Ese es Pablo, mi amigo más joven, aristócrata de barrio, poeta del instante, titán y Tin-Tan. Lo felicito por la Medalla Bellas Artes con lo que ha sido justamente reconocido.