Martes 26.01.2021 - 15:03

Tuiteros post-mortem

Lecciones
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Me pregunto qué hubiera hecho Wittgenstein con Twitter: su Tractatus prácticamente cabe ahí, a sorbos. O cualquier otro maestro de la forma breve, experto en el arte de la condensación, de la fusión de gracia y profundidad en una distancia corta. Los originales 140 caracteres de esa red social se prestaban al desafío de la síntesis en tiempos en los que impera el fragmento, el resumen y el breve lapso de atención.

Pero no parece que Twitter haya sido o esté siendo una cátedra de concentración: engordó en caracteres y en otras cosas que no voy a discutir aquí. A ratos sigue siendo un espacio estimulante, y divierte imaginar ahí la presencia de las plumas minimalistas, de los grandes aforistas y de quienes rendían culto a la anotación o a la sentencia como un todo. No me refiero a autores de cuyas obras se pueden pepenar maravillosos relámpagos de ingenio, como el genial Oscar Wilde (su Dorian Gray es un surtidor de tuits), sino a los deliberados artesanos del enunciado compacto, perturbador, sorprendente, divertido algunas veces y sombrío otras. ¿Hubieran sido tuiteros? Algunos sí, no tengo duda. Otros hubieran huido de la instantánea y popular reproducción de sus pensamientos.

Uno de mis tuiteros potenciales hubiera sido Lichtenberg, admirado por tantos, reacio para completar ningún proyecto, ácido y tierno, cirujano de la naturaleza humana. Él no pretendía ser un aforista sino un anotador de saldos, una fuente de bocetos. Creo que se hubiera sentido a sus anchas publicando “las luminosas esquirlas de su mente”, como llamó Juan Villoro a sus, sí, aforismos. Fue un solitario, pero escribió: “El hombre ama la compañía, aunque sea la de una vela encendida”, así que cuenta como candidato. Abro su libro multisubrayado: “Varias veces he sido censurado por faltas que mi censor no tuvo el ingenio o la osadía de cometer”, “He notado claramente que tengo una opinión acostado y otra parado”, “En la Tierra, no hay superficie más interesante que el rostro humano”, “No estaría mal un libro de primeros auxilios para escritores”, “Nada más seguro para la mosca que colocarse en el matamoscas”, “Tal vez nuestro planeta sea niña”.

Cioran lo hubiera sido a regañadientes, como no podía ser de otra manera. Su terrible amargura se traduce, paradójicamente, como una finísima sensibilidad, como una conciencia casi demasiado lúcida del hecho de estar vivo. Fue encantador con sus amigos y despiadado con sus semejantes, fórmula que entraña una evidente sabiduría. Sus silogismos son píldoras densas: “Lo que sé arruina lo que deseo”, “Somos todos unos farsantes: sobrevivimos a nuestros problemas”, “La música es el refugio de las almas ulceradas por la dicha”, “Sin la desdicha, el amor no sería más que una gestión de la naturaleza”, “Soy un Job sin amigos, sin Dios y sin lepra”, “Si el hastío del mundo confiriera por sí solo la santidad, no veo cómo podría yo evitar ser canonizado”, “No es el temor de emprender algo, sino el temor de conseguirlo lo que explica más de un fracaso”.

Y un pilón alegre: Ramón Gómez de la Serna y sus “greguerías”, a las que definió como la suma de metáforas y humor. Su mirada es la del poeta, o la del niño, que son tantas veces lo mismo: “El sueño es un depósito de objetos extraviados”, “Era uno de esos días en que el viento quiere hablar”, “La escoba nueva no quiere barrer”, “La pulga hace guitarrista al perro”, “Si no fuésemos mortales, no podríamos llorar”, “El pez está siempre de perfil”, “El beso nunca es singular”.