La guerra y la caridad

Indignación y transformación
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La gente se queja de que vivimos en tiempos de rivalidad, de agresión, de violencia. Lea usted las noticias y encontrará que donde no hay guerra, hay crimen; donde no hay competencia, hay traición; donde no hay pelea, hay discordia.

Nada de esto es nuevo. En uno de los fragmentos atribuidos a Heráclito leemos la siguiente sentencia: “La guerra es la madre de todo, la reina de todo…”

La interpretación más común de este enunciado es que el filósofo griego no se refiere a la guerra entendida como un enfrentamiento entre dos ejércitos, sino al combate metafísico que existe entre todas las fuerzas del Universo.

Esa guerra profunda e indescifrable es la madre de todas las cosas: el origen del Cosmos. También es la ley suprema: todo lo que sucede depende de sus principios y sus reglas.

En la biología de Darwin, el principio se replantea como la lucha por la supervivencia, y en la economía de Adam Smith, como la competencia entre los agentes mercantiles.

La sabiduría humana nunca ha sido indiferente a la guerra universal. Las respuestas que ha ofrecido han sido varias.

Una de ellas es que dado que nunca habrá tregua, hay que prepararse para la guerra, armarse hasta los dientes, hacer todo lo posible para resultar vencedores. Esta opción resulta, a la larga, fatigosa y deprimente. No se puede ganar siempre. Tarde o temprano seremos derrotados.

Para evitar el fracaso, algunos toman la opción de no combatir. Se dejan llevar por la corriente –la existencia como un río es otra metáfora de Heráclito–. O para usar otra imagen: izan la bandera blanca. Esta estrategia ha sido desarrollada por el pensamiento oriental. Sin embargo, no deja de resultar melancólica.

Otra opción es rechazar la ley de la guerra. Hacerle la guerra a la guerra. Pero eso es volver a caer en su juego y es, a fin de cuentas, una insensatez. Heráclito diría que es no haber entendido nada. No hay manera de salir del campo de batalla. No hay refugio.

El cristianismo no niega que la existencia sea una conflagración. Es más, anuncia que el final de los tiempos será una catástrofe. No obstante, introduce un nuevo elemento dentro de la ecuación: la caridad.

La caridad no es garantía para la paz ni para la armonía ni para el descanso. En la esfera de la caridad también hay victoria y derrota; conquista y rebelión; dominio y sometimiento, pero se viven de otra manera.

La caridad navega contra la corriente de la existencia. Es el más grande de los contrasentidos. Que no se confunda con la actitud dócil que se deja llevar por el torrente sin oponer resistencia, ni con la pretensión de salir del río para alcanzar la orilla. La caridad es la locura sublime de remar en sentido contrario para encontrar el verdadero sentido.