¿Tercera Guerra Mundial?

Enfrentarse a la crisis
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La Tercera Guerra Mundial no está a la vuelta de la esquina. El asesinato del general Qassem Suleimani —la segunda figura más poderosa de Irán—, como consecuencia de un ataque directo estadounidense en Irak ha elevado el tono de una relación históricamente conflictiva y violenta en una región por demás convulsa, pero difícilmente escalará a un conflicto global. Al menos no por el momento.

Para comprender lo que está sucediendo en esta región de Asia hay que considerar dos elementos: por un lado, la falta de claridad por parte del gobierno de Donald Trump sobre qué hacer con el asunto iraní y, por el otro, la enorme influencia que Teherán ha construido en la región y el efecto disuasivo de tratar de entrar en conflicto directo con su fuerza militar, que en términos numéricos es la novena del mundo.

Por parte de los Estados Unidos, la estrategia para lidiar con Irán no ha sido particularmente estructurada ni coherente. Donald Trump repitió una y otra vez que estaba en contra del acuerdo nuclear que en 2015 se firmó con Irán para limitar sus trabajos nucleares con fines bélicos a cambio de acceso al mercado internacional, en especial para la venta de crudo. Al poco tiempo de llegar al poder, Trump decidió unilateralmente salir del acuerdo y regresó todo el paquete de sanciones económicas sobre el régimen iraní. El resto de países firmantes, como Francia, Alemania o Reino Unido, mostraron su inconformidad y no regresaron las sanciones económicas, mientras que Estados Unidos puso en marcha una “campaña de máxima presión” para tratar de poner contra las cuerdas a los iraníes y orillarlos a un acuerdo menos ventajoso.

La estrategia estadounidense no logró sus objetivos y, por el contrario, alimentó la beligerancia de Teherán, que comenzó a reactivar sus instalaciones de enriquecimiento de uranio y también incrementó su presencia militar fuera de su territorio. Una parte de esta expansión fue deliberada, pues los grupos militares y paramilitares iraníes pelearon y ayudaron a borrar del mapa a ISIS, un enemigo en común con los estadounidenses. El problema fue que cuando Irán expulsó a los fundamentalistas islámicos de su vecino Irak y el Califato colapsó, se abrió un corredor ininterrumpido de influencia que pasa por Teherán, Bagdad, Damasco y Beirut, afianzando la relación de Irán con los grupos militares que patrocina en el extranjero, como Hezbollah o Hamas, lo cual también incrementó su capacidad de amenaza a sus vecinos de otras corrientes islámicas, como los sunítas de Arabia Saudita.

Es en este contexto que los episodios de beligerancia entre Estados Unidos e Irán comenzaron a escalar rápidamente: el 27 de diciembre un contratista militar estadounidense fue asesinado por un misil de Hezbollah en Irak; el 29 de diciembre el ejército norteamericano realizó tres bombardeos en Iraq y dos en Siria contra el mismo grupo; el 31 de diciembre la embajada de EU en Irak fue atacada directamente y, finalmente, Suleimani fue asesinado el 3 de enero. Quedará por ver la respuesta de Irán y la siguiente reacción de Trump, que sin duda elevarán la tensión en la región, pero no parecen ser suficientes para un conflicto global. Aún no.