Los caprichos de la democracia

Trump contra la ciencia
Por:
  • montserrats-columnista

La democracia dista mucho de ser perfecta, sin embargo, es un sistema que apuesta por contrapesos institucionales para evitar abusos. La democracia intenta darles voz a todos y encontrar puntos intermedios para dirigir el rumbo de una nación. Con todo, dentro de estos sistemas existen riesgos enormes de corrupción, error y confrontación.

Algunos líderes infames han llegado al poder por vía democrática. Figuras polémicas que llegaron a hombros y que posteriormente se volvieron contra su pueblo. También contamos con personajes que se encumbraron tras polémicas y divididas votaciones, y que sus acciones sesgadas no ayudaron a unificar a sus pueblos. En definitiva, la democracia no es sencilla, pero es el mejor sistema que tenemos.

Cuando analizamos a figuras como Nicolás Maduro, en Venezuela, o Donald Trump, en EU, presenciamos dos caprichos democráticos. En el primer caso, tenemos a un dictador que trata de legitimarse democráticamente pero que sus acciones en contra de los contrapesos propios de una democracia, develan sus verdaderas intenciones. Sin un Congreso fuerte e independiente, cualquier presidencia deja de ser legítima. La oposición, si bien es enojosa y paralizante en muchos casos, es necesaria para la salud de la vida pública de un país.

El caso de Trump es sintomático. Tenemos a un presidente que llega al poder democráticamente. Si fue impulsado por la manipulación rusa de los votantes, es otro tema. El punto es que la gente lo votó. Con una elección cerradísima y una campaña basada en la división, presenciamos a la democracia poniéndose a sí misma en peligro. Sin embargo, la fortaleza de las instituciones estadounidenses ha sido un freno efectivo ante un mandatario autoritario y partidista.

Por un lado, a Trump lo han frenado las cortes que han dado marcha atrás a algunos de sus más polémicos decretos. Por el otro lado, el Legislativo –si bien fue su cómplice cuando la mayoría conservadora era aplastante en ambas cámaras-, ahora que está dividido, funge como un contrapeso definitivo que obligará al presidente a hacer su trabajo: negociar y ceder, aunque lo odie.

En Venezuela tenemos a un presidente al que se le permite todo porque ha destruido las instituciones que deberían darle equilibrio a la vida política del país. El resultado es desastroso. En EU tenemos una crisis mayúscula por el paro gubernamental que surge de la confrontación entre el Ejecutivo y el Legislativo, sin embargo, este pulso es una señal –dolorosa- de que la democracia liberal estadounidense sigue viva. Ambos casos representan caprichos democráticos, sin embargo, el pulso norteamericano indica que hay esperanza de reconstrucción por medio de las instituciones, cosa que en Venezuela es ya un mito.