Miércoles 2.12.2020 - 22:01

Otro modo de ser humano y libre

Lecciones
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Hace un par de días, en un texto valiente, la escritora Alma Delia Murillo se preguntaba, después de compartir un hecho de violencia sexual ejercido contra la niña que fue,  y con la claridad de que su caso es uno entre cientos de miles, cómo vamos a reparar todo lo que está roto si no es con indignación. Protocolariamente, no; ordenadamente, no es posible; silenciosamente, menos. “Debe haber otro modo”, decía Rosario Castellanos en un poema. A ese modo lo definen, hoy, la urgencia, el dolor, la rabia.

El poema al que me refiero de Rosario Castellanos (cuya obra es hoy más que vigente: es oportuna)  se titula “Meditación en el umbral” y su penúltimo verso titula esta columna. Yo descubrí ese impecable texto porque mi hija (armada de indignación, de solidaridad y de lecturas) me llamó la atención sobre él. El “umbral” del que habla la autora, según mi lectura, no se ha traspasado aún, cincuenta años después: del otro lado está la plena libertad de las mujeres, la plena igualdad.

La primera palabra del poema no puede ser más elocuente. Dice “no”. Es un no emblemático, un no que encierra siglos de experiencia, de violencia machista padecida en todos los niveles. Es un no como el que Alfonso Reyes le hizo decir a Ifigenia cuando asumió su destino, dirigiéndose así a Orestes: “Llévate entre las manos, cogidas con tu ingenio, / estas dos conchas huecas de palabras: ¡No quiero!”  “Meditación en el umbral” arranca así: “No, no es la solución / tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoi / ni apurar el arsénico de Madame Bovary…” Castellanos procede a enumerar mujeres, reales y no, que han librado la batalla de la desigualdad (y acoto: somos diferentes, pero no debemos ser desiguales) desde la trinchera de la soledad y el silencio. Dice: “No concluir las leyes geométricas, contando / las vigas de la celda de castigo / como lo hizo Sor Juana. No es la solución / escribir, mientras llegan las visitas, / en la sala de estar de la familia Austen…” Al hablar de solución se asume un problema que, increíblemente, sigue siendo más implícito que explícito y que no hemos sido capaces de resolver en peno siglo XXI. Rumbo al final del poema, que es breve, la poeta dice: “Debe haber otro modo que no se llame Safo / ni Mesalina ni María Egipciaca / ni Magdalena ni Clemencia Isaura.” Entonces nos regala, para siempre, el penúltimo verso: “Otro modo de ser humano y libre”. Dice humano, no humana, porque todos somos del mismo género. Y remata: “Otro modo de ser”. En un país que registra la obscena cifra de nueve feminicidios al día, nos negamos a entender que debe haber otro modo de ser humano y libre.

Es imposible sentir empatía por un monumento que pintarrajeó la indignación, y es imposible no sentirla por las mujeres que lo hicieron. Los hombres tenemos muchísimo que aprender y corregir. Lo podemos hacer desde el silencio, en el entendido de que hoy la voz es de ellas, pero si el silencio comienza a confundirse con la indiferencia o la complicidad, debemos hablar.  Y escuchar siempre la resonancia de ese “no”.