¿Perdió México?

El año que fue
Por:

He seguido con atención las críticas al acuerdo que consiguiera Marcelo Ebrard con el presidente Trump.

Principalmente descubrí una serie de gritos sentimentalistas sin contenido y críticas que francamente rayan en el cinismo (por ejemplo, funcionarios que permitieron el abuso de miles de centroamericanos en la frontera sur ahora convertidos en luchadores sociales a favor de los migrantes).Pareciera que el oficio de muchos se ha convertido no en fomentar la discusión fructífera y la crítica profunda necesarias para mejorar las acciones del gobierno, sino en criticar por el afán de parecer oposición, aunque no tengan algo que aportar. De las críticas serias rescato dos. La del exembajador de México en Washington, Arturo Sarukhán y la de la doctora Soledad Loaeza. Hay, no obstante, dos problemas en ambas críticas. El primero es el uso de comparaciones históricas para explicar los errores del gobierno mexicano. Loaeza compara las acciones de López Obrador con la política de apaciguamiento de Chamberlain frente a Hitler, insinuando que el presidente debió de haberse enfrentado a Trump, en lugar de mostrarse conciliador. Sarukhán en cambio nos da ejemplos de cómo en el pasado México ha logrado presionar al gobierno de Estados Unidos a través del cabildeo con hombres de negocios y el Congreso estadounidense, además de amenazar con aumentar aranceles a industrias claves de Estados Unidos con peso político. El problema es que Trump no es un republicano clásico, obediente a los designios del capital o enfocado en pérdidas y ganancias electorales, sino un líder errático e impredecible.

A mi parecer estamos en un momento único en la historia en el que el presidente de Estados Unidos no busca el avance del interés nacional. Por lo tanto, creo que en lugar de hacer comparaciones históricas es más útil hacer una comparación con casos actuales. La guerra comercial entre Washington y Pekín es un ejemplo mucho más ilustrativo. China, un país con muchos más recursos que México, trató precisamente de hacer lo que ambos sugieren, cabildear y enfrentársele a Trump con la seguridad de que el presidente daría su brazo a torcer a los intereses del capital tarde o temprano. Esto no ha sucedido. La economía mundial está en peligro de entrar en recesión porque Trump, en contra de todo pronóstico, no llegó a un acuerdo comercial con China y los aranceles siguen en pie, amenazando con destruir la cadena productiva más importante del planeta. El segundo problema del análisis de ambos (y de muchos otros) es que a pesar de la crítica no nos ofrecen una alternativa. En el momento en que Trump rompió con la larga tradición de separar la negociación de asuntos de migración y de asuntos comerciales el gobierno mexicano tenía en realidad pocas opciones. En este contexto me pregunto, ¿cuáles son las acciones a las que la doctora Loaeza se refiere cuando nos sugiere tener una política más combativa? En el caso de Sarukhán hay una tímida propuesta. Primero nos habla de cabildear (cosa que, según entiendo, Ebrard intentó hacer con ímpetu) y después nos dice que él hubiera tomado el riesgo de una guerra comercial y aceptado estoicamente el cinco por ciento de aranceles. En primer lugar, puedo imaginar la reacción de la oposición si Ebrard hubiera salido de las negociaciones con un arancel a productos mexicanos. Sin embargo, más allá de eso, y después de ver lo que sucede con los chinos –que precisamente le apostaron, como Sarukhán sugiere, a la cordura futura de Trump— es difícil entender cómo un arancel que podría costar miles de empleos habría beneficiado a México. Parece fácil decir en una entrevista que en aras del patriotismo México debió de haber resistido o decir que históricamente esta estrategia ha funcionado cuando no es tu trabajo en la maquiladora en Tijuana el que está en juego.