Pittsburg, crimen de odio

Comer de la basura
Por:

La mañana del 9 de noviembre de 2016 fue sombría, confusa, nebulosa. La noche anterior, habíamos recibido con tanto miedo como sorpresa el triunfo de Donald Trump.

Desayuné con tres buenos amigos con los que compartí el temor de una reconfiguración del desprecio sistemático que tantos males ha causado a la humanidad. Esa mañana, discutíamos sobre los problemas teóricos de los discursos de odio y anticipamos que la nueva administración sería propensa a la descalificación, al racismo.

Mientras tomábamos café, insistimos en que las experiencias de los últimos años habían preparado a la humanidad para hacer frente a los tiranos; pensamos que alzando la voz y denunciando cada exceso se podría contener el avance de la sociedad del desprecio que inauguraba la presidencia de Trump. Y, por algunos meses, así fue.

Sin embargo, esa mañana no imaginé que la descomposición social no se retrasa aunque tampoco es puntual: llega antes de lo esperado y por la puerta trasera. Aparece con discreción y se instala con el señorío del poder usurpado, con el donaire de la superioridad —moral, intelectual— que los intolerantes suelen adoptar.

De a poco y frente a nuestros ojos, los eventos violentos e intolerantes fueron deshilachando el tejido social. Las ofensas se volvieron moneda de comunicación aceptable y medios corruptos justificaron las indecencias de esta administración.

Este sábado vimos, con tristeza y con horror, el asesinato de once personas dentro de una sinagoga en Pittsburgh. El asesino, Robert Bowers, asumió la retórica que la Casa Blanca ha validado: la de la división, la del reproche a los que piensan distinto, la del racismo, la de la de la intolerancia.

Trump es responsable de crear el caldo de cultivo social que este sábado le quitó la vida a once personas, reunidas en un lugar sagrado, congregadas por el amor a su Dios. Sólo hay un concepto capaz de dar el marco mínimo de explicación a los hechos: crimen de odio. Y ha de ser investigado y juzgado como tal.

En los dos años que lleva esta administración, han ocurrido las masacres más grandes en la historia de Estados Unidos: el tiroteo de Parkland, el tiroteo en Las Vegas, los asesinatos en la sinagoga de Pittsburgh. Y no, no es casualidad.

A menos de una semana para las elecciones intermedias, y sumidos en la vorágine de la violencia, es indispensable que los votantes comprendan la importancia de hacer un giro en la política de Estados Unidos.

Me permito escribir los nombres de las víctimas como muestra de respeto: Joyce Feinberg, Rich Gotfried, Rose Malinger, Jerry Rabinowitz, Cecil Rosenthal, David Rosenthal, Bernice Simon, Sylvan Simon, Daniel Stein, Melvin Wax, Irving Youngner. No hay palabras que den consuelo a las familias ni a la comunidad.