Domingo 29.11.2020 - 01:56

Primer día de clases

Indignación y transformación
Por:

En la casa, todos despiertan más temprano. El uniforme está listo desde la noche anterior: la camisa blanca, el pantalón planchado, los zapatos boleados. La mochila de cuero está repleta con los útiles nuevos: los cuadernos de rayas y los cuadriculados, los lápices con punta afilada, las gomas de borrar aún intactas, los libros forrados con un grueso plástico transparente, la regla en centímetros y pulgadas, el pequeño sacapuntas.

El desayuno está montado sobre la mesa como si tratase de un banquete de despedida. Dos huevos estrellados, una pieza de pan, un vaso de jugo, una taza de café con leche. El niño tiene que ir bien alimentado para su primer día de clases. Antes de salir, la madre revisa por última vez que su hijo lleve la cara limpia, el peinado impecable, las uñitas bien cortadas.

La madrugada está fría, apenas se empieza a iluminar el cielo medio nublado. La calle está invadida por un olor a humo de anafre, vapores de calderas, gases de motores. Hay que apurar el paso para llegar a tiempo. Se nota el movimiento extraordinario de la mañana. Los vehículos pasan más veloces que de costumbre. Nadie quiere que se le haga tarde. Hay una aglomeración a la puerta del colegio. La madre lleva a su hijo de la mano, que lo ve todo desde su pequeña estatura. Los dos están emocionados, inquietos, conmovidos. Se mueven entre la gente para encontrar la fila que les toca. Las familias esperan en pequeños grupos. Muchos niños tienen cara de preocupados. Se observan entre ellos. Estudian los rostros de quienes serán sus compañeros. Llega una maestra para poner orden. Que pasen por aquí los alumnos. Que se despidan de sus acompañantes. Hay un chiquillo que hace berrinche. No se quiere quedar, llora desconsolado. Los padres lo intentan convencer por las buenas. “No te preocupes, mira que al rato pasamos por ti”. Los demás colegiales pasan a su lado, mirándolo de reojo. La mayoría se dirige al salón con resignación. No saben lo que les espera. Otros, en cambio, marchan con aplomo, casi con prisa, como si quisieran demostrar que son los más valientes.

El salón es amplio y tiene los techos altos. Los pupitres son viejos y siempre han sido incómodos. Los niños se distribuyen según les dicta su intuición. Algunos prefieren sentarse cerca de la puerta, otros se van hasta el rincón. La decisión tiene que tomarse en un instante. El maestro entra al salón. Es un hombre joven, correctamente vestido, que lleva bajo el brazo el cuadernillo con las listas. Revisa que el pizarrón esté limpio, que haya gis y borrador a la mano. Observa a su grupo: cuarenta párvulos que lo miran en silencio. El maestro respira hondo —él también está nervioso— y con voz honda les dice: “Buenos días, bienvenidos a la escuela”.