Martes 26.01.2021 - 09:34

La explosión del milagro chileno

La explosión del milagro chileno
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Se dice que las manifestaciones populares en Chile, que estallaron tras la subida del precio del Metro por el gobierno de Sebastián Piñera, son una muestra más del agotamiento del modelo neoliberal. Es probable que sea un argumento acertado, pero no parece suficiente para explicar ese estallido social.

Tal vez convenga recordar que el neoliberalismo en Chile vivió algunos ajustes en su dinámica, especialmente durante los gobiernos de izquierda de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, que si bien no reorientaron una economía demasiado privatizada, ampliaron derechos sociales. Es cierto que no lograron la salud y la educación públicas plenas, pero avanzaron por ese camino, respecto a la política económica del pinochetismo y la primera etapa de la transición democrática.

"Tal vez convenga recordar que el neoliberalismo en Chile vivió algunos ajustes en su dinámica, especialmente durante los gobiernos de izquierda de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, que si bien no reorientaron una economía demasiado privatizada, ampliaron derechos sociales"

El sostenido crecimiento económico de Chile, desde el periodo de la dictadura, y la relativa estabilidad política de ese país desde una transición pactada, en los 90, produjeron toda una mitología sobre el “milagro” suramericano, que en las últimas décadas han cuestionado autores como Tomás Moulián y Carlos Huneeus. El mito del milagro oculta exhaustivamente el ascenso de la pobreza y la desigualdad en Chile que, en 2015, llegó a cifras récord dentro de los países miembros de la OCDE.

Ya durante el gobierno anterior de Piñera, los costos sociales del modelo estallaron por medio de las protestas estudiantiles de principios de esta década. El mal manejo de aquella crisis, sumado a los escándalos de corrupción que empañaron la gestión de su sucesora, Michelle Bachelet, impidieron avanzar más —como había prometido esta última en campaña—, por la senda de la ampliación del gasto público para paliar la desigualdad y la pobreza. Tampoco pudo la presidenta coronar aquella revisión del neoliberalismo con un nuevo texto constitucional, si bien logró impulsar la reforma fiscal y la reforma educativa.

En su último mandato, Sebastián Piñera escogió la ruta opuesta a la de la heterogénea izquierda chilena, que luego de la movilización juvenil vivió una importante renovación generacional. El diagnóstico gerencial de Piñera era que el oasis neoliberal estaba en plena forma y que la perfecta combinación de mercado y democracia, en un momento de crisis evidente de las izquierdas bolivarianas, debía reactivarse en toda su capacidad. Piñera asumió su mandato en plan triunfalista, tal vez, sin advertir lo mucho que cambió aquella sociedad tras las manifestaciones estudiantiles de 2011.

La primera respuesta del presidente a la explosión popular captó su alejamiento del Chile real. Habló de “guerra contra un enemigo peligroso e implacable”, criminalizó a los manifestantes como “vándalos o delincuentes” y los asoció a intentos subversivos de sectores “castrochavistas”, lo cual lo puso en sintonía con líderes de la izquierda bolivariana, que él tanto ha cuestionado, como Nicolás Maduro, Rafael Correa, Daniel Ortega y, más recientemente, Evo Morales, que siempre han acusado a sus opositores de “golpistas”.

"El 22 de octubre, el presidente Piñera corrigió el tono, pidió perdón a sus compatriotas y “reconoció la falta de visión de su gobierno sobre la inequidad y el abuso”, que sufren millones de personas en Chile. El mandatario anunció entonces un plan exhaustivo de asistencia social, que va desde un rediseño fiscal que grava a sectores de mayores ingresos, al aumento de pensiones para franjas vulnerables, como los ancianos, las mujeres y los jóvenes"

El 22 de octubre, el presidente Piñera corrigió el tono, pidió perdón a sus compatriotas y “reconoció la falta de visión de su gobierno sobre la inequidad y el abuso”, que sufren millones de personas en Chile. El mandatario anunció entonces un plan exhaustivo de asistencia social, que va desde un rediseño fiscal que grava a sectores de mayores ingresos, al aumento de pensiones para franjas vulnerables, como los ancianos, las mujeres y los jóvenes.

Aunque el presidente siguió criminalizando la protesta con términos como “vándalos” o “delincuentes”, la rectificación fue notable. Sin embargo, el estallido y su represión por parte de los carabineros y el Ejército habían creado su propia dinámica de terror. Puede que el perdón llegara tarde o a medias, después de tantos atropellos de los militares. Lo cierto es que ahora mismo la gobernabilidad chilena parece estar en juego.