Todo es de color

Indignación y transformación
Por:
  • guillermoh-columnista

Hace años, mi hija Clarisa me preguntó: “¿Por qué el mundo era en blanco y negro?”. No le entendí. “¿Cómo que en blanco y negro?”. Ella aclaró: “Es que las fotos de cuando mis abuelos eran jóvenes y de cuando tú eras chiquito no tienen color”.

Esa observación infantil no ha dejado de dar vueltas dentro de mi cabeza. De ese tipo de comentarios fantásticos  se nutren los poetas y, a veces, los filósofos.

La ciencia moderna nos reveló, con brutal franqueza, que el mundo físico no tiene color. El color no es una propiedad primaria de las cosas, como el volumen o el peso, sino de la manera en la que las percibimos visualmente. De acuerdo con esta doctrina, las fotografías en blanco y negro serían más realistas –es decir, se ajustarían mejor a cómo es el mundo– que las fotografías en color.

La ciencia no miente, pero eso no impide que pueda resultar muy triste.

He leído por ahí que otros animales no ven igual que nosotros, que no perciben los mismos colores y que algunos ven en algo parecido al blanco y negro. Esas bestias viven, en efecto, en un mundo desvaído, como ese pasado que imaginaba mi hija. Los humanos somos afortunados por ver las cosas a todo color. Otra más de nuestras bienaventuranzas.

En la escuela primaria pedían que trajéramos cajas con lápices de colores. Las había con los indispensables: diez cuando mucho. Pero había otras cajas que tenían muchos más. Para los niños, esas cajas con más de cincuenta lápices eran un lujo extravagante. A toda esa abundancia cromática están acostumbrados nuestros ojos.

Abro el álbum donde guardo las viejas fotografías familiares: retratos ovalados que sirvieron para alguna credencial, instantáneas tomadas por artistas callejeros, personas desconocidas que miran hacia la cámara con sospecha. Las fotografías en blanco y negro me producen nostalgia. También me causan un sentimiento próximo: tristeza. Las personas retratadas se han ido muriendo. Quedamos pocos. Pronto no habrá ninguno.

Nuestra infancia, nuestra juventud, los años con los colores más intensos, se van borrando de nuestra memoria. El pasado pierde sus tonos y matices. Quizá la mejor analogía la encontramos en esas viejas fotografías a color que, con el paso de las décadas, se han ido empalideciendo. Los colores ya son los mismos. Esa frase captura, con impactante brevedad, parte de lo que quiero decir.

Pero eso no es todo lo que quiero decir. Cuando entra la luz por la ventana, una voz interior me susurra que mientras haya vida, habrá color. En una de sus mejores canciones, los gitanos Lole y Manuel, repetían, como si fuera una letanía, la frase mágica: “Todo es de color”. Insistir en tomar fotografías en blanco y negro del presente –hablo de manera figurada, por supuesto– es injusto, es enfermizo, es pecaminoso.