Toledo cabalga contra las eólicas

Covid19: Por su curva los conoceréis
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En un lugar de México de cuyo nombre no quiero acordarme, Don Víctor se convenció de que las aspas de las turbinas que producen energía eléctrica con la fuerza del viento son como brazos de peligrosos gigantes neoliberales.

Declaró recientemente el titular de la Semarnat: “En el tema de la energía necesitamos diseños tecnológicos, no de las gigantescas aspas que giran para atrapar el aire de los territorios indígenas. Necesitamos generar tecnología para que al nivel de las casas, de los barrios, de los edificios, los ciudadanos puedan incluso diseñar sus propias tecnologías”.

Las críticas no se hicieron esperar, pues fueron interpretadas, por un lado, como tendenciosas y, por el otro, como augurio de un nuevo golpe a la economía. Poco equilibradas porque, si bien puede haber cambios en la velocidad del aire y en la temperatura de los lugares donde se instalan las turbinas, tales modificaciones no necesariamente son perjudiciales. Algunos de los impactos climáticos a corto plazo de las turbinas, aparte de la reducción de las emisiones de carbono, son benéficos. Por ejemplo, “varios estudios globales muestran que la energía eólica enfría las regiones polares”, dice David Keith, de la Universidad de Harvard.

En segundo lugar, la declaración de Toledo es un nuevo golpe en la lucha contra el cambio climático después de la traumática cancelación de la cumbre México-Alemania de energías renovables, en mayo. Y es que México está en el lugar 18 del mundo como generador de energía eólica. Ello podría representar 45 mil empleos para 2020, de acuerdo con la AMEE. Hay en el país una treintena de parques eólicos y no todos ellos han provocado conflictos con las comunidades locales.

Algunas de esas instalaciones han provocado tensiones en el Istmo de Tehuantepec, pero ni siquiera en esa región las experiencias son todas controvertidas. Cuando las compañías quieren aprovecharse de las comunidades indígenas, ha existido suficiente arrojo para pararlas. Algunos pueblos originarios incluso han innovado jurídicamente, reclamando más allá de la renta por tener las turbinas en sus tierras. ¡Han conseguido un “derecho de viento”, entendido como pago por el paso del viento por encima de su suelo hacia las turbinas, como lo han documentado Howe y Boyer de Rice University!

Hay una explicación preocupante de la actitud de Toledo. Éste ya decretó que vivimos en el Capitaloceno, no en el Antropoceno como afirma la mayoría de los científicos. Es decir, la crisis ambiental sería sólo culpa del Capital, piensa él. Y como las eólicas tienen detrás a inversionistas, deben ser rechazadas, parece creer. Frente a eso, vale la pena citar a Anthony Giddens: “Unos niveles de población humana mundial de entre 6 mil y 8 mil millones, sólo son sostenibles mediante la industrialización en la producción de alimentos, el transporte y la división global del trabajo”. La sociedad industrial no es un constructo ideológico. E incluso si la verdad está entre Toledo y Giddens, el sectarismo no ayuda.