Lunes 18.01.2021 - 01:06

Encerrados

Riesgos y oportunidades de la soledad
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Juan y Ana no se conocen pero tienen algunos rasgos en común. A los dos les resulta difícil salir de casa cuando no se trata de asuntos rutinarios como ir a trabajar o al supermercado. Ambos provienen de familias poco cariñosas, de figuras parentales emocionalmente incapaces de cercanía, por sus propias historias de violencia, abuso y abandono. A Ana le tocó crecer sola y en la calle, con los vecinos de la cuadra. Se volvió ruda para que nadie la lastimara. Su madre le repetía que los hombres sólo querrían aprovecharse de ella, como les había pasado con su padre, que las abandonó cuando Ana era muy pequeña.

Juan vivió encierro y sobreprotección porque sus padres estaban llenos de miedos. Conforme fue creciendo, se hizo consciente de su desventaja frente a los otros chavos que tenían más malicia mientras que él sólo era un despreciable nerd. Era un crack para la escuela como única garantía de la mirada de aprobación de los padres, el día que tocaba firmar sus calificaciones. Esa noche Juan se dormía con el corazón tibio porque sentía que los había hecho felices; siempre parecían tristes, enojados, angustiados.

Ana estuvo a punto de reprobar la secundaria y fue hasta ese momento que su madre entendió que necesitaba involucrarse más en el crecimiento de su hija. Trabajaba todo el día y aunque sus padres le ayudaban a cuidar a Ana, su presencia era insustituible.

Juan y Ana llegaron a la vida adulta mediante caminos distintos y con los años, sus síntomas se volvieron más complicados de manejar.

Juan es profesor universitario de tiempo completo y le gusta su trabajo aunque últimamente tiene poca energía. En su mente, sale a fiestas, a bares, a cenas, pero cuando llega el momento, encuentra cualquier pretexto para no ir o se queda dormido después de bañarse y vestirse. Después se siente muy triste y no entiende por qué se pierde de oportunidades de convivir con otras personas. A veces piensa que es insoportable, odioso y siempre un poco raro para los demás. Teme caer mal o decir algo agresivo. No sale para proteger a los demás del odio que a veces siente y que se vuelve depresión al dirigirlo hacia sí mismo, como siempre hizo frente a sus padres, a quienes nunca pudo decirles lo solo que se sentía.

Ana trabaja en un despacho contable y logró comprar el departamento de sus sueños, pero se siente muy sola. Desde la adolescencia, descubrió que se defendía en vez de relacionarse. Tiene una gran necesidad de amor pero la oculta tras una fachada de auto suficiencia.

Juan tiene una depresión que le impide salir al mundo exterior. Ana quiere salir pero hay fines de semana que pasa encerrada en su bonito departamento. Juan es frágil y dice odiarse por ello. Ana parece más conforme con su vida solitaria y se define como egoísta y narcisista. Ambos experimentan el dilema de anhelar cercanía pero no creen tener las habilidades emocionales para construir amistad o amor. Crecieron en ambientes de poca calidez afectiva y ahora están llenos de dudas sobre cómo acercarse, desconfiados de ser capaces de despertar interés y amor.