Domingo 17.01.2021 - 13:16

Protesta

Riesgos y oportunidades de la soledad
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El 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, decretado por la ONU hace 20 años. Hubo protestas diversas en muchos países y en muchas ciudades de México, que tiene el vergonzoso primer lugar en femincidios en América Latina.

La función de la protesta es incomodar, denunciar, exigir, ser visible. El grafiti y el fuego son símbolos de furia, hartazgo, impotencia contra el Estado y contra muchos mexicanos más preocupados de la forma que del fondo. Gente que jamás ha expresado su horror por la violencia contra las mujeres, expresó su indignación en las redes por las pintas del hemiciclo a Juárez. Dicen los que saben de ciudades, que el espacio es para ocuparlo y utilizarlo. Las paredes gritan la historia de una ciudad, pero es mejor borrarlo todo porque la limpieza y el orden son la prioridad. Ya no podremos leer en los muros lo que nos querían decir las mujeres el 25 de noviembre.

Según un artículo de Ernesto Núñez en Pie de Página (http://piedepagina.mx/mujeres-en-el-angel/) “al 30 de septiembre de 2019, se habían registrado 726 feminicidios en el país (casi tres cada día en lo que va del año), según cifras oficiales. De continuar esa tendencia, al finalizar el año se habrán registrado 965 feminicidios en México, en una espiral de odio y violencia que crece cada año: 411 feminicidios en 2015, 602 en 2016, 742 en 2017, 885 en 2018”.

Los asesinatos son cometidos por hombres en su inmensa mayoría y el contexto de conflicto que atraviesa el país, ha intensificado el peligro para todos pero especialmente para las mujeres en términos de violencia sexual. Quizá por eso las mujeres tienen miedo y aunque es obvio que no todos son feminicidas, violadores o narcos, las pequeñas formas de la violencia masculina sí son un mal generalizado. Hablar del aspecto de las mujeres como si nuestros cuerpos y caras solo sirvieran para ser calificados como bellos o feos. Controlar, celar, devaluar, excluir, utilizar y sentirse con el derecho de juzgar qué tan dignas y femeninas somos. Hacernos sentir terror si vamos por la calle cuando está oscureciendo y ellos vienen en grupo y nos hacen chistes y se ríen porque saben que estamos muertas de miedo. Una se censura antes de salir a la calle para que nada sea interpretado como una provocación, aunque ya se ha visto en distintos foros de investigación y denuncia que no importa cómo ibas vestida si tuviste la mala suerte de encontrarte con un violador.

Corearon las chilenas en su conmovedor performance sobre la violencia que no se ve y la que sí: “Y la culpa no era mía ni donde estaba ni cómo vestía. El violador eras tú”. Muchas amanecimos el día 26 con esa frase taladrando la cabeza, sintiéndonos menos solas pero también muy enojadas. Se entiende que la jefa de gobierno de la CDMX haya mandado limpiar los monumentos con agilidad (y torpeza) impresionante, pero no estaría mal una declaración de empatía. Ebrard dice que hay que convencer a los otros de que se unan a la causa, como si la causa no fuera un infierno evidente y fuera de control, digno de solidaridad y apoyo. La flamante directora de la CNDH dijo en una entrevista radial que las mujeres que protestan violentamente están asumiendo las mismas conductas de los violadores y torturadores. Su sentido de las proporciones y de su función como comisionada es inexistente.

Hay una franja que lee en la empatía y la comprensión de las formas radicales de la protesta una apología de la violencia. Este ensayo no pretende serlo, pero sí pudiera ser algo, ojala fuera un llamado a reflexionar sobre nuestras prioridades. Es posible no estar de acuerdo en las formas sin perder de vista el fondo de la protesta. Lo urgente es organizar mas formas de manifestación, y desde mi perspectiva, acompañadas de hombres con el narcisismo bien domado, que auténticamente no quieren seguir negando que son el producto de una crianza machista y que desean aprender a ser compañeros solidarios de las mujeres. Tal vez todos tendríamos que estar pensando en formas creativas pero terminantes de exigirle al Estado la protección de las mujeres.