Lunes 25.01.2021 - 16:58

El juicio del siglo

Tan novedoso como antiguo
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La sonoridad del #MeToo ha sido la llave que abrió la caja de pandora que contenía los casos, las prácticas y los abusos; además, hizo notoria la pandemia de violencia sexual que se vive en el siglo XXI.

No es la primera vez que se intenta dar voz a las víctimas pero, sin duda, ha sido la que ha tenido mayor eco causando grandes incomodidades al sistema patriarcal dominante; como ha señalado Tambe: aunque las feministas han defendido durante mucho tiempo las declaraciones públicas para las sobrevivientes de violencia sexual, ya sea en los micrófonos abiertos de Take Back the Night desde la década de 1980 o en los talleres también llamados “MeToo”, que Tarana Burke comenzó en Alabama en 2007, la fuerza viral del hashtag #MeToo, a mediados de octubre de 2017, tomó por sorpresa a la mayoría de las personas.

La sorpresa de la irrupción, el eco y la claridad para exponer los casos hicieron que el #Metoo causara, también, muchas incomodidades. Se habló de los derechos de los agresores; se tildó de “histéricas” a las denunciantes; se buscaron subterfugios legales para detenerlo. En ese sentido, no hubo sorpresa, pues ésas son las reacciones que suelen generar las luchas feministas.

Sin embargo, el #MeToo no debe leerse en clave puritana, pues el espíritu del reclamo es otro. No se trata de una sacralización de la sexualidad ni de un retorno a prácticas represivas. La molestia no se orienta hacia la interacción corporal sino a los casos en los que no hay consentimiento; ya por violencia directa, ya por la disparidad entre los involucrados. Esto es, el #MeToo reacciona frente a la coerción que debe definirse por algo más que si alguien dice sí o no. Depende de si uno tiene poder sobre esa otra persona, para que pueda interpretar una solicitud como fuerza, o incluso como una amenaza. Si él / ella enfrenta consecuencias negativas por decir no a un avance sexual, entonces ese avance sexual es coercitivo, precisa Tambe.

El juicio de Harvey Weinstein es un hito en la historia del movimiento #MeToo y de los delitos sobre violencia sexual. Sobre el productor pesan más de 80 denuncias de conducta sexual inapropiada; a pesar de ello, ha decidido no declarar durante el juicio. Su defensa es la de siempre: desacreditar a las víctimas silenciando su voz. Irónicamente, su representante es mujer.

Me parece que, en esta ocasión, no estamos frente a un juicio cualquiera sino en uno cuya sentencia será recordada durante años, con consecuencias que impactarán en el destino de las mujeres norteamericanas y en las legislaciones internacionales. La sentencia de este juicio será un indicador de igualdad o de desigualdad entre hombres y mujeres.

El #MeToo es la caja de Pandora que visibilizó los horrores de la violencia sexual. Sin embargo, igual que en el mito, confío en que la esperanza acompañe el destino de este movimiento.

En este juicio hay poca coyuntura y mucho futuro. Vale la pena seguirlo de cerca.