Juicio político a un presidente populista

Tan novedoso como antiguo
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El jueves pasado, la Cámara de Representantes votó a favor del inicio del juicio político en contra de Donald Trump. La noticia marca, formalmente, el comienzo de la investigación por el caso con Ucrania, aunque Nancy Pelosi ha dicho que los cargos podrían extenderse.

A pesar de que la idea del impeachment resonó en los oídos de los norteamericanos, incluso antes de la toma posesión de Trump, los demócratas supieron esperar hasta tener un argumento jurídico sólido: las declaraciones del staff de seguridad de la Casa Blanca sobre los intercambios de favores entre Trump y el gobierno de Ucrania dejan poco margen a dudas.

Sin embargo, los demócratas tendrán que convencer en dos frentes más. Primero, hacer ver a los senadores republicanos que lo mejor para su partido es destituir al presidente y, en todo caso, presentarse a las elecciones con un nuevo candidato.

Esto se antoja difícil pues, desgraciadamente, Donald Trump es un entretenedor profesional; como candidato, interpreta al villano de la historia —grosero, irreverente, políticamente incorrecto— y sonoriza las fobias más profundas de la sociedad americana.

Sus malos modales hacen que los votantes se emocionen; su imagen de ricachón sin vergüenza de serlo, lo ha vuelto aspiracional. Incluso, su limitada capacidad verbal genera un vínculo con el votante medio. Por ello, será difícil que los republicanos encuentren a un candidato que ocupe el sitio groseramente popular que tiene el presidente.

El segundo frente es el de la opinión pública, en general. De acuerdo con las encuestas, los ciudadanos norteamericanos han ido aceptando la posibilidad del juicio político, pero todavía queda camino por andar. Más allá de la jerga jurídica, es indispensable que el orgullo americano se sienta herido por las tropelías del presidente; el discurso público tendrá que hacer sentir a los ciudadanos que Trump traicionó a su país y, con ello, convertir la simpatía por el villano favorito en rechazo mediante emociones como la decepción, frustración y desengaño.

Es decir, los republicanos tendrán que mostrar a los ciudadanos cómo las acciones y las omisiones del presidente pusieron en riesgo a sus familias; lastimaron sus intereses o vulneraron su seguridad. La opinión pública no puede percibir que el juicio político es una revancha partidista o un asunto entre políticos. Todo lo contrario. Para ganar la discusión será necesario que los demócratas utilicen los hechizos, sortilegios y los pases de magia que tanto han ayudado al presidente.

De esta forma, el juicio político se disputa en tres arenas: la jurídica, la política y la social. Se trata, a todas luces, de una gran batalla que hay que seguir de cerca, pues impactará en nuestra región, en nuestra economía pero, sobre todo, en la comprensión y percepción global sobre los presidentes populistas.