La fórmula de la crueldad

Tan novedoso como antiguo
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Como cada año, el 27 de enero se conmemoró el Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Por donde se piense, no es una fecha sencilla, pues nos hace releer un capítulo tenebroso de la historia reciente: el de los campos de exterminio.

La literatura que crearon los sobrevivientes del Holocausto ha sido una prueba histórica excepcional de talento y de valentía; las narraciones de Jean Améry, Paul Celan, Primo Levi o Imré Kertész son más que una crónica de los hechos. En diferentes estilos, cada uno retrató la amargura y el horror de los campos con palabras a las que hicieron decir lo indecible; además, tradujeron su dolor en una dulce desesperanza que se resiste a renunciar.

La Segunda Guerra Mundial dejó en bancarrota moral a la humanidad entera; Auschwitz o Treblinka fueron la materialización de la crueldad: ese vicio exclusivo de los hombres que atenta en contra de la humanidad.

En el siglo XVII, Thomas Hobbes definió a la crueldad como el desprecio o poco sentido de la calamidad ajena, proveniente de la seguridad de su propia fortuna. Por su parte, la filósofa Judith Shklar escribió sobre la crueldad moral en su libro Ordinary Vices y los efectos mutiladores del dolor emocional; así, se cuestiona ¿Qué es la crueldad? No se trata sólo de herir los sentimientos de alguien. Es una humillación deliberada y persistente, por lo que la víctima finalmente no puede confiar en sí misma ni en nadie más. Así, la fórmula de la crueldad supone que el verdugo carece de aprecio por el dolor ajeno y posee un sentido de autoconfianza y suficiencia sobrados; desde ellos, crea las condiciones para que sus víctimas —si sobreviven— padezcan una ruinosa existencia, sostenida por la desidia de los testigos indiferentes.

En este año, es indispensable recordar la fórmula de crueldad, pues sin los pequeños actos de indiferencia, de violencia, de discriminación, aderezados con los correspondientes exabruptos de poder, el Holocausto no habría sido posible.

El 2019, más que cualquier otro año, nos alerta sobre un nuevo brote de normalización de la crueldad en el mundo: en el desprecio por los migrantes, en los campos de concentración para niños, en la burla por las víctimas de la desgracia. Mucho lamento que la sombra de la crueldad institucional aceche constantemente la integridad de nuestros días. Pocas cosas se me antojan más peligrosas que un político cruel y una sociedad indiferente; juntas, forman lo que Hannah Arendt denominó la banalidad del mal.

En el Día internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto se cruzan, nuevamente, las miradas de las víctimas y las de sus verdugos con las nuestras. Es una cita ahistórica para proyectar el mundo que deseamos.

Se trata de recordar para que no vuelva a ocurrir a nadie, en ninguna latitud, por ningún motivo. Más que una ilusión, debemos mirarlo como una promesa: nunca más.