Veinte años después

Todos los fuegos el fuego
Por:
  • juliot-columnista

Hace poco más de veinte años Ricardo Cayuela y yo estábamos, a las cuatro de la mañana, en Monterrey, armando la retícula del primer número de Letras Libres.

Lo hacíamos, literalmente, sobre las rodillas, decidiendo si la sección “Letrillas” (en homenaje a Plural) debía ir al final o si ese lugar debía ser para la columna de Guillermo Sheridan. Nos llamaba todo el tiempo, a esas horas, Danilo Black, autor de la tipografía y del diseño original, nervioso por la falta de tiempo antes del lanzamiento. La emoción de echar a andar un proyecto tan importante impedía el sueño, y nuestras horas eran minutos: en realidad no sentíamos el tiempo. Enrique Krauze llamaría temprano en la mañana para monitorear nuestro progreso, y nuestra adrenalina estaba a tope. ¡José Emilio Pacheco enviaba por fax undécimas correcciones! Hoy sé que aquellos días fueron como un examen magistral o presentación de tesis, aleccionadores, forjadores de un temple especial, pero en ese entonces sólo pisábamos el acelerador y hasta nos dábamos el lujo de brindar con whisky cuando una sección quedaba definitivamente cerrada. Cuando digo “cerrada” recuerdo a Claudio López Lamadrid, recién fallecido para nuestro absoluto desamparo, y su elegante obsesión por cerrar un libro en todos sus aspectos, forma y fondo, puesta en página, últimos ajustes, versión finalísima. Y es que no sólo era un trabajo mecánico y agotador, sino el arranque de una conversación que pretendía ser merecedora de las empresas editoriales de Octavio Paz, aguerrida, crítica, punzante. Mi cerebro estallaba y yo era un feliz insomne de treinta años, aprendiendo a decir y a pelear.

Estoy convencido de que el trabajo de un editor literario, o cultural (y recuerdo nuevamente a Claudio), tiene que ver más con la sensibilidad que con la acumulación de horas frente a la pantalla o con los números que las ventas arrojen, aunque inevitables: la creación de un gusto, la construcción de un catálogo, la permeabilidad de un tono en la sociedad responden a un esfuerzo que no cabe en las casillas de Excel y que tiene todo que ver con la lectura del pasado y del presente, con la comprensión atenta de nuestro momento aquí, ahora. Yo aprendí a interpretar mi momento aquí, ahora, editando mes a mes la revista Letras Libres, absorbiendo las palabras de Hugo Hiriart, de Gabriel Zaid, de Isabel Turrent, de Juan Villoro, de Ida Vitale, de Enrique Serna, de Enrique Krauze (y dos docenas de nombres más, sin olvidar a todos los carnales que ahí dejamos las pestañas como carne de redacción), y peleándome todos los días por hacer la mejor revista posible (obsesionado también con la mancha sobre el papel, con las erratas, con cada letra capitular), entendiendo que era y es una batalla por la libertad de decir y criticar, por oponerse a los dogmas, a los nacionalismos, al mesianismo, a la gravitación de las ideologías que cubrieron de sangre a la primera mitad del siglo pasado. No concibo mejor trabajo ni mejor escuela.

No es lo mismo los tres mosqueteros que veinte años después, pero la pasión crítica y lúcida sí lo es, y celebro y agradezco mi educación en ese foro lleno de gente y amigos que el poco espacio me impide nombrar. Hoy esa voz, plural, sigue siendo pertinente y necesaria, y le deseo muchos veinte años más.