Otra cara del feminismo: El cinismo de Atómica

Filo Luminoso

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Cuando consideramos que un filme es un fenómeno social que refleja y responde a su momento histórico es difícil creer en coincidencias. Las películas, especialmente aquellas que se vuelven blockbusters, inevitablemente nos hablan del Zeitgeist, a veces de forma evidente y la mayoría de forma indirecta. Esto puede sonar hasta cierto punto a superstición animista o a una obsesión de querer forzar interpretaciones políticas en cualquier producto cultural. Consideremos que dos de los filmes más relevantes, en términos de polémica y propuesta, del primer verano de la era de esa grotesca expresión de la obscenidad misógina que se llama Donald Trump son manifiestos de un inquieto feminismo beligerante pop. Por un lado está La mujer maravilla, de Patty Jenkins y por el otro Atómica, de David Leitch, un filme escrito por Kurt Johnstad, a partir de la novela gráfica The Coldest City, de Anthony Johnston e ilustrada en alto contraste y sobrios trazos minimalistas por Sam Hart. Ambas historias se desarrollan cerca de la culminación de dos conflictos bélicos planetarios, la primera a poco tiempo del desenlace de la guerra que “terminaría con todas las guerras”, la Primera Guerra Mundial, y la segunda en el margen final de la Guerra Fría.

En ambos casos una guerrera debe confrontar un torbellino brutal de violencia ante la condescendencia y desprecio masculino. La primera lo hace con sus súper poderes, mientras la segunda emplea su entrenamiento como agente de la MI6. Mientras la Mujer Maravilla es cándida, entusiasta, franca y honesta, Lorraine Broughton (una espléndida, espectacular y fulminante Charlize Theron) es fría, pragmática y cínica. Ambas tienen un alto sentido del compromiso y si bien la princesa amazona cree que puede terminar con las guerras simplemente eliminando al dios de la guerra, Ares, Lorraine no cree en cuentos de hadas, sabe que no puede confiar en nadie y que las cosas nunca cambian, sin embargo pelea, tal vez por su país o su sistema de vida o sus amantes. La trama del filme de Jenkins es predecible y simple, mientras que la de Leitch es una intriga convulsionada, enredada, compleja y en gran medida incoherente.

Atómica es un objeto melancólico, fastuoso y fatuo, un espectáculo cargado de música tecno pop de los ochenta, desde Depeche Mode hasta Nena y sus 99 Luftballons, pasando por la aspereza industrial de Ministry. Aunque el título del filme y la melena platinada de Theron nos dirigen inevitablemente a esa fantasía erótica que sería una Debbie Harry capaz de eliminar a un pelotón de policías, un ejército de gángsters y docenas de agentes de la KGB, armada simplemente con útiles escolares y cuchillos de cocina, así como tener un intenso romance con la súper sexy agente Delphine LaSalle (la franco argelina Sophie Boutella) y lucir sus moretones como trofeos al estilo de las protagonistas de ciertos mangas sadomasoquistas.

Pero así como es un filme lúdico, vertiginoso e irónico también es una obra que muestra esa “nostalgia del lodo” decimonónica, esa fascinación perversa con la vulgaridad de otra época, con el limo primigenio y el horror corporal de un tiempo bipolar y pre internet. Atómica es una colección de imágenes frenéticas y glamurosas, desde habitaciones bañadas en neón hasta la sordidez glorificada de la Alemania Democrática, en particular de Berlín Este, la urbe metonímica de la decadencia soviética, reflejada en el áspero look punk germano. Esto contrasta con un deseo de martirio, de flagelación y de mostrar en la piel las huellas del combate (casi al nivel de la Imperator Furiosa, de esa obra maestra del siglo XXI: Mad Max. Fury Road). Lorraine, la guerrera de la guerra fría, debe sumergirse en una tina de hielo para mitigar el dolor, controlar la inflamación de los golpes y de paso estimular los pezones, al tiempo que bebe otro Stoli en las rocas.

“Atómica es un objeto melancólico, fastuoso y fatuo, un espectáculo cargado de música tecno pop de los ochenta, desde Depeche Mode hasta Nena y sus 99 Luftballons, pasando por la aspereza industrial de Ministry”
Foto: Especial

La fenomenal escena de combate de casi veinte minutos en una sola toma es vertiginosa, angustiante, dolorosa y caótica, en cierta forma la obra de un virtuoso de la coreografía que además cuenta con la personalidad mágica y alucinante de Theron, quien en el proceso de hacer sus propias escenas de acción se rompió dientes y lesionó una costilla. Resulta difícil a estas alturas del siglo XXI imaginar que un cineasta puede lograr sorprender con una escena de acción, pero Leitch, quien fue stuntman o doble durante muchos años, tiene una notable sensibilidad para descomponer las situaciones más explosivas e intensas en imágenes de una poderosa visceralidad y para montar secuencias caleidoscópicas y asombrosas, como hizo en John Wick.

Docenas de películas de espías nos han arrastrado con mayor o menor ingenio por senderos similares a los que recorre Leitch, sin embargo aquí uno de sus aciertos consiste en establecer una insólita conexión cinefílica de su trama con Stalker (1979), de Andrei Tarkovsky, ese prodigio visionario de un universo tóxico y abandonado por razones misteriosas al que la gente viaja clandestinamente en busca del lugar donde los sueños se hacen realidad. Berlín precaída del muro es un poco esa zona y Lorraine es una especie de Stalker que trata de guiar a un doble espía para escapar del apocalipsis ideológico que se cierne sobre ese territorio decadente y fabuloso, donde nada es permitido y todo es posible. En un tiempo de cine esquizofrénico, Stalker se ha vuelto el ideal de un cine reflexivo y filosófico, en el que cada toma se extiende permitiendo ese extraño placer que es gozar un filme sin ser bombardeado por miles de imágenes fugaces y cortes vertiginosos. Así, Leitch lo emplea como contrapunto, e invade literalmente el espacio fílmico de esa meditación fabulosa del más grande poeta de la imagen al poner en escena una de las mejores secuencias de pelea en el cine donde se exhibe Stalker. Esto es un atrevimiento grosero y una desacralización pero también es un homenaje y una celebración afortunada.

La misión de Lorraine en 1989 es investigar el asesinato de un colega y recuperar una lista de agentes dobles antes de la inevitable caída del muro, un paso importante para evitar una cadena de venganzas, sacrificios, extorsiones y asesinatos de espías y traidores. De tal manera la agente del MI6 pelea por defender la mentira, por salvaguardar a quienes engañaron a sus jefes y sus naciones, por interés, ambición, ideología o vanidad. La historia se cuenta en flash back, con numerosos comentarios y digresiones, así como equivocaciones, mentiras y deficiencias de la memoria. Desde su llegada a Berlín, Lorraine se encuentra en un territorio donde tanto el enemigo como los aliados, especialmente el agente británico David Percival (James McAvoy), representan peligros inminentes. El fin del régimen equivale a inestabilidad, inseguridad y a la reorganización de los negocios de los aparatos de seguridad.

No es este un filme histórico, como lo dice desde las primeras secuencias, ni un esfuerzo por entender las contradicciones que condujeron al colapso de la Cortina de Hierro, aunque sin duda refleja el malestar del orden actual dominado por oligarcas, neocones, neofascistas y neoliberales. Tampoco es un documento feminista, aunque Lorraine sea un personaje más que bienvenido en la iconografía fílmica. Es una fantasía pop, desde un tiempo en que la historia es una vorágine de consumismo, revisionismo y confusión. Pero más que nada es un filme de las fantasías eróticas del postpunk y de los sueños húmedos de tecno. Como cantó el grupo Blondie en 1980: “Your hair is beautiful / Oh, tonight / Oh atomic / Oh atomic…”

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