Otros cobrones

  • Tamaño de fuente: A  A  A  A  

En febrero de 1990 tuve la oportunidad de entrevistar a Pita Amor para Los Universitarios —revista que entonces yo editaba—, junto con Roberto Fernández Sepúlveda. Cuando le llamé para hacer la cita me preguntó cuánto le iba a pagar. No acostumbrado a este tipo de situaciones, improvisé una cantidad, ligeramente mayor a la que se pagaba por escribir un artículo, a la que ella no puso mayor reparo. Creo que Pita tenía toda la razón: el reportero hace su parte, pero sin ella no puede haber un texto. Si se le paga a uno, por qué no pagarle al otro. Sé que este caso es uno entre mil. A ningún periódico o revista se le ocurre desembolsar una cantidad para compensar el tiempo que le destina, por ejemplo, un novelista a responder a las preguntas que se le hacen: el pago consiste en la promoción que significa para su obra. Con este mismo argumento le llueven a los escritores invitaciones a dar conferencias o lecturas, participar en mesas redondas o impartir cursos o talleres: todo resulta redituable como promoción.

Si se trata de la presentación de un libro, por lo general el autor suele invitar a sus amigos a comentarlo: es un acto de amistad. Pero otras veces lo manejan las editoriales: le piden a un crítico o escritor que presente alguna de sus novedades y, como es costumbre, sin remuneración, a pesar de que no aplican el mismo razonamiento ya que ellas son las beneficiadas por la publicidad y venta de ejemplares. En cambio, a pesar de que hay quien se queja, sí me parece justo que aquellos que tienen apoyos por parte del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes cumplan con actividades de retribución social sin pago de por medio.

Hace poco me escribieron un correo para invitarme a una feria del libro a dar una conferencia. Respondí enviando mi número de teléfono para ponernos de acuerdo acerca de los pormenores, entre ellos el tema de los honorarios. No volví a tener noticias suyas. Supongo que habrán pensado que era un acto de soberbia el mío el querer cobrar por mi trabajo. En cambio sí hay dinero en esas ferias para pagarle a grupos musicales o cantantes, muchos de los cuales nunca han leído un libro. Claro, los presupuestos que hay para cultura en municipios, estados y universidades son muy limitados. Por el contrario sí sobra, por ejemplo, en instituciones bancarias, que se pueden dar el lujo de invitar a impartir conferencias a comunicadores muy conocidos de la televisión. Sus pagos casi siempre tienen seis dígitos, viajan en primera clase y se hospedan en hoteles de lujo, en cuyos cuartos los espera una botella de whisky etiqueta negra. Y en esas charlas de connotados comentaristas que algunas empresas ofrecen a sus empleados o clientes distinguidos lo que menos importa es el contenido:
lo que realmente atrae al auditorio es la posibilidad de tomar fotografías o videos del personaje o incluso, con un poco de suerte, una selfie.

Me sucede a menudo que alguna escuela me invita a platicar con sus alumnos. Pongo como condición que exista un pago. A veces aceptan sin chistar y todo es cuestión de llegar a un acuerdo acerca de la cantidad. Pero en otras ocasiones me argumentan que no tienen dinero para cubrir mis honorarios o bien que otros autores han ido sin cobrar. Al ver las instalaciones de algunos de esos colegios y de más o menos calcular el costo de las colegiaturas, queda claro que no está en sus costumbres reconocer el tiempo y el trabajo ajenos, pero sí en cambio cobrar altas sumas por sus servicios, cuya calidad ponen en alta estima. También pasa que me dicen que se venderán mis libros y con ello queda cubierto el pago, dado que se verá claramente reflejado en las regalías. La respuesta es que si se vendiera un cierto número de ejemplares, cosa que muy rara vez sucede, la actividad “gratuita” estaría justificada.

Otros sí pueden ser cobrones: quienes me rentan el departamento y me cobran la luz, el gas y el agua.

Latest posts by Francisco Hinojosa (see all)