Pablo y Haydée llegan a la CDMX a renovar destinos

Ala 9 de la noche con cinco minutos de ayer sonaron guitarra, bajo, batería y percusiones y entró Haydée Milanés con un vestido blanco de fondo grana en el tablado de El Plaza Condesa para decir que “la música es la reina del amor”, para recitar la fantasía de la querencia, para decirle a México que la música de su padre, Pablo Milanés, es un regalo que ella viene a ofrecer.

Y la sonoridad de la guitarra de Raúl Verdecia entra en los espacios del filin para que Haydée insistiera en “La gloria eres tú” y darle entrada a las percusiones en “Un son para un festival”: Defiende el amor / que te enseñó / qué hermosa es la vida. Pablo aparece y la ovación muerde el crepúsculo y una sucesión de sus emblemas melódicos empapa los cuatro costados del Plaza Condesa. “Nostalgia”, “Matinal” –tema que compuso a su esposa Nancy– “Éxodo” –por los amigos exiliados—y “Vestida de mar, La Habana”, estreno en México, “la última canción que he escrito y se la regalo hoy a ustedes”: La Habana va a ser lo que antes fue.

Continúan las invocaciones, prosigue el toque de nostalgia, y los desbordes del amor: “Ya ves”, “Te espera una noche de éxitos”, “El amor de mi vida”, “Amor”—la canción que le escribió a Zoe, la madre de Haydée—, “Para vivir”, en su cinco décadas de eterna transparencia en las marejadas de “eso que llaman amor / para vivir”. Una muchacha a mi lado canta y a mi espalda un señor llora en la pausa en que la guitarra se entrecruza cuando el tiempo parece que se hace cargo del fin.

El milagro sonoro brota de guitarras (Raúl Verdecia), bajo (Ernesto Hermida), percusiones (Guillermo del Toro), batería (Enrique Pla, exIrakere) y voces (Haydée y Pablo Milanés). “Ámame como soy” en un diálogo vocal que subraya los columpios de un son santiaguero de sensuales síncopas. “Vamos a cantar ahora un poema de Nicolás Guillen, ‘Amor’, que yo musicalicé y que ustedes le han puesto ‘De qué callada manera’”: Y en cambio que espiritual / que usted me brinde una rosa / de su rosal principal”: los cueros de Del Toro guaguancosean los instantes finales. “Yolanda”: algarabía total. “El breve espacio” y Haydée pronuncia un cántico en complicidad con la guitarra. “Hoy la vi” se apodera de todos los resúmenes posibles. La gente corea sospesando la gracia fervorosa del momento.

Haydée insinúa el final del recital, la gente grita un “no” de ruego fraterno.
“Yo sólo he dicho que casi llegamos al final, faltan algunos temas, no se desesperen”.

Padre e hija en los atajos de reencuentros con destinos untados por los afectos: “México fue el primer país que me cobijó: así quiero que cobijen a mi hija”, Pablo acaricia las cuerdas de su guitarra como si estuviera besando al futuro.

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró es columnista fundador de La Razón. Ha publicado la novela La Orfandad del Esplendor y el libro de textos periodísticos Un Sintagma por Aquí, un Estribillo por Allá. Profesor universitario y conferencista de música y literatura en varias instituciones culturales de México. Sus textos han aparecido en publicaciones de España, Cuba, Puerto Rico y México. Publica en este diario semanalmente las columnas de reseñas y comentarios de discos y libros, El Convite y Las Claves.
Carlos Olivares Baró