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Pantera Negra
Pantera Negra

(Cuidado con los spoilers, hay muchos.)

Desde su nombre, el personaje de la Pantera Negra, creado por Jack Kirby y Stan Lee en 1966, presentaba una ambigüedad cultural. La causa eran las connotaciones y resonancia políticas que tenía ese nombre con el partido Black Panther for Self Defense, fundado ese mismo año por Bobby Seale y Huey Newton, en Oakland, California. Esta organización intentaba proteger a los afroamericanos de los abusos policiacos, al armar a sus comunidades y organizar brigadas de autodefensa. Pero también crearon programas sociales para la comunidad negra. El director del FBI, J. Edgar Hoover denominó a las Panteras Negras como “La mayor amenaza para la seguridad interna del país”. Por eso desde que la Pantera Negra apareció en las páginas de Fantastic Four, número 52, fue un héroe altamente politizado que causaba malestar no por su violencia, sino por su color de piel y por venir de Wakanda, un pequeño reino secreto en África central con un desarrollo tecnológico muy superior al del resto de mundo. El secreto de Wakanda es su vibranium, un material que es fuente de energía, salud, fuerza y que se usa para fabricar armas y vehículos voladores. Wakanda es una utopía paradójica y extraña, a la vez fabulosamente avanzada y atada a sus tradiciones, una tierra que se salvó de la devastación colonialista, la esclavitud y el imperialismo al esconderse a plena vista y al no confrontar a las potencias europeas, haciéndose pasar por el país más pobre de África. Algo semejante a una Suiza neutral que hace caso omiso de los crímenes nazis, mientras se oculta tras sus bancos y alpes. Lo que realmente hacía rabiar a los racistas era imaginar a un pueblo africano inteligente, libre y poderoso.

Pantera Negra, de Ryan Coogler, aparece en un tiempo de alto cinismo, denuncias de apropiación cultural, enfebrecido e hipercrítico red-socialismo (esa especie de ideología de la superioridad moral y del latente linchamiento mediático), #Black_lives_matter y de un presidente estadunidense con fuertes inclinaciones hacia el “nacionalismo blanco”, “las buenas personas” de la extrema derecha, la alt right [derecha alternativa] y el evangelismo racista. Coogler realizó la formidable Fruitvale Station (2013) en la que muestra con ojo clínico una desgarradora historia demasiado común: un hombre negro inocente es asesinado sin motivo ni provocación por un policía; y Creed (2015), que es una emotiva y realista extensión del universo de Rocky Balboa.

 

“Pantera Negra, de Ryan Coogler, aparece en un tiempo de alto cinismo, denuncias de apropiación cultural, enfebrecido e hipercrítico red-socialismo.

 

La Pantera Negra es más la representación de un ideal de justicia que un personaje fantástico, un título que se hereda de generación en generación (junto con una poción que le da poderes) al protector de su pueblo, que no el defensor de una raza ni de un continente. En cierta forma la protección de la nación hace indiferente al monarca ante el sufrimiento y la opresión de otros individuos con sangre africana. Al inicio se nos revela lo que será el pecado patriarcal que dará sentido a la trama: en 1992, el padre de T’Challa (un articulado y sobrio Chadwick Boseman), T’Chaka (Atandwa Kani), viaja a Oakland en busca de su hermano N’Jobu (Sterling K. Brown), quien se ha exiliado en protesta por la política no intervencionista de Wakanda y ha robado vibranium con la intención de armar a grupos de activistas afroamericanos. Su hermano le exige regresar, hay una confrontación y el rey asesina a su hermano, abandonando el cadáver y a su hijo pre adolescente, quien cargado de resentimiento, se convertirá en militar de élite, asesino y populista, al que apodarán Killmonger (Michael B. Jordan).

El verdadero conflicto no es la aparatosa pelea con el mercenario racista Ulysses Klaue (Andy Serkis), sino con Killmonger, quien viaja al país de su padre a desafiar a T’Challa por el trono. El auténtico dilema radica en que Wakanda es la imagen en el espejo de los países desarrollados que temen a la inmigración porque “podrían perder su forma de vida, ya que los refugiados traen consigo sus problemas”, y si se abrieran fronteras, “Wakanda se convertiría en un lugar como todos los otros”. Al poner en boca de sus personajes estas afirmaciones paranoicas, xenofóbicas y despojadas de empatía, Coogler actualiza la historia del cómic y la emplea como una metáfora para reflexionar en torno a dilemas contemporáneos, incluso con críticas a Trump y su fantasía idiota de un gran muro, pero también con la llegada de Killmonger al poder de manera legítima, lo cual pone en evidencia que un déspota puede aprovecharse de la fragilidad de las instituciones y tradiciones. El rey aislacionista y conservador, amado por el pueblo, debe impedir que su primo lance con poderosas armas una revolución racial mundial. Sin embargo, Killmonger no tiene ideología ni un plan más allá de armar a los desposeídos, resentidos y victimizados. Coogler cuida su trama pero sucumbe a un incómodo y viejo tic del cine estadunidense: insertar personajes con los que el público se pueda identificar, nada menos que un agente de la CIA, Everett Ross (Martin Freeman).

El cineasta Ryan Coogler demuestra su talento para la acción con un par de secuencias en Busan, Corea del Sur, donde la Pantera Negra trata de recuperar una reliquia de vibranium que ha sido robada de un museo británico. Las peleas fueron filmadas con un mínimo de cortes y un notable virtuosismo coreográfico que juega con varias confrontaciones sucediendo al mismo tiempo y la cámara desplazándose frenética de una a otra. Asimismo, las persecuciones están filmadas con destreza, imaginación y humor notables. Muchos elementos de este filme son importantes, desde la reivindicación de una estética afrocéntrica y neoafricana, tanto en la moda y los peinados, como en la celebración de la diversidad de expresiones de la cultura negra, en el continente y el éxodo. Pero lo mejor de esta cinta es la manera en que presenta a sus personajes femeninos. Esta es sin duda una de las expresiones más acabadas de ese fenómeno que el crítico cultural Mark Dery definió en 1993 como Afrofuturismo. Pantera Negra es un filme transgresor, a la vez controvertido y comercial, pero sobre todo visualmente alucinante.

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