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Al comienzo de su libro Homo Deus, Yuval Noah Harari dice que “por primera vez en la historia, hoy en día mueren más personas por comer demasiado que por comer demasiado poco, más por vejez que por una enfermedad infecciosa, y más por suicidio que por asesinato a manos de la suma de soldados, terroristas y criminales.” No hay duda de que estas afirmaciones marcan un giro interesante en lo que el autor llama “la nueva agenda humana”, pero antes de aceptar la dirección filosófica de este exitoso profesor de historia, quizá podemos dar un paso atrás para decidir si los supuestos de esta nueva agenda resisten el frío análisis de los números. Y si de frialdad se trata, ¿qué mejor ambiente que un banco? En efecto, el Banco Mundial tiene una página web en la cual se pueden consultar bases de datos relacionadas con muchos aspectos demográficos globales. La pregunta que hago ahora es: ¿realmente hoy mueren más personas por suicidio que por homicidio intencional?

Una vez que has descargado los números gratuitamente (es lo único gratuito que vas a recibir del Banco Mundial), haces un mínimo análisis de datos y admites que ahora tienes más dudas que certezas. Las cifras relacionadas con ambos tipos de “muerte violenta” están expresadas aquí como tasas anuales por cada 100 mil habitantes. Con esto respondemos la siguiente pregunta: por cada 100 mil habitantes, ¿cuántas personas se suicidan anualmente y cuántas son asesinadas? Como soy médico, y me especiali-
zo en problemas neuropsiquiátricos, empiezo por el problema del suicidio. Lo que salta a la vista es la gran variabilidad entre países, lo cual parece dibujar inicialmente un mapa caótico. Pero también podemos observar que hay una gran estabilidad a lo largo de los últimos años dentro de cada país. Esto significa que el fenómeno no es meramente aleatorio. Algunos países han tenido una reducción en la tasa de suicidio a partir del año 2000: a la baja encontramos a países como Australia, Cuba, El Salvador, Francia, Israel, Rusia y Venezuela. Mientras tanto, el suicidio va a la alta en países como Argentina, Brasil, Honduras, Jamaica, México y Estados Unidos. Estas tendencias son muy relevantes, pero hay que aceptar otra realidad: algunos países tienen cifras escandalosamente altas en comparación al resto.

Por ejemplo, si consideramos el año 2015 (pero hay bastante estabilidad con respecto a las décadas previas), encontramos lo siguiente: con una tasa de 14.2 por cada 100 mil habitantes, Argentina es el país con mayor tendencia al suicidio en América Latina. En el escenario global, los países que tristemente pueden considerarse líderes en materia de suicidio (las cifras son del 2015 y sigo comunicando tasas anuales por 100 mil habitantes) son Francia (16.9), Japón (19.6), Rusia (20.1) y Estados Unidos (14.3). Por el
contrario, otras naciones se encuentran en los rangos más bajos: Brasil (6.3), Colombia (6.1), Guatemala (2.5), Honduras (3.5), Jamaica (1.4), Israel (5.5), Kenia (6.5), Líbano (3.1), México (5), Perú (5.8) y Venezuela (3). ¿Por qué algunos países con cifras alarmantes de inseguridad y pobreza tienen tasas de suicidio significativamente
menores, en comparación con naciones desarrolladas como Francia, Japón o Estados Unidos? No hay una respuesta inmediata a este problema, aunque seguramente muchas personas tienen respuestas de acuerdo con sus propias doctrinas ideológicas. Tampoco hay una respuesta fácil al problema ruso. ¿Por qué tiene Rusia tasas tan altas? Al consultar los valores del año 2015, en otras naciones cercanas a Rusia, y clasificadas como países eslavos de manera popular, encontramos los niveles más altos del escenario global (Bielorrusia, 22.8; Lituania, 33.7; Estonia, 18.9; Ucrania, 20.1). También Finlandia, que no formó parte del bloque soviético porque se independizó de Rusia en 1917, tiene una cifra muy elevada: 16.2.

¿Pero qué pasa con el homicidio? Una vez más, sigo la página del Banco Mundial, y comparo las cifras del homicidio en comparación con las cifras del suicidio. Una breve hojeada a los datos nos obliga a aceptar que el resultado es sorprendente porque contradice muchas de nuestras ideas preconcebidas y nos obliga a pensar en nuevas hipótesis.

Con la excepción de Argentina y Chile, en donde es más probable el suicidio que el homicidio, los países latinoamericanos y del Caribe considerados (con toda
justicia) como violentos, es decir: México, Guatemala, Honduras, Colombia, Brasil, Venezuela y Jamaica, tienen cifras vergonzosas de homicidio, pero el suicidio está en límites bajos. La excepción es El Salvador, que tiene la peor tasa de homicidio y una tasa de suicidio muy lejana de las cifras aceptables. Perú es diferente al resto: cifras bajas de homicidio para el estándar latinoamericano, y cifras bajas de suicidio en comparación con los países desarrollados.

¿Qué pasa en los países desarrollados? Japón es el país más seguro de esta lista en términos de homicidio, pero es muy inseguro en lo que al suicidio se refiere. La probabilidad de que un japonés sea asesinado por otro es bajísima, pero la probabilidad de que ese japonés se suicide es comparativamente muy alta. Algo similar sucede con Francia, aunque en menor escala, y las cifras de Inglaterra y España son menos extremas, pero sigue siendo cierto que en esos países el suicidio es más probable que el homicidio. Estados Unidos tiene una tasa de homicidio aceptable dentro de los parámetros internacionales, pero la de suicidio está en niveles muy altos. Todo indica que las afirmaciones del historiador y filósofo Yuval Noah Harari se refieren a las naciones desarrolladas en las que vive y escribe. Rusia parece ser un país inseguro en ambos sentidos: la tasa de homicidio no está en el rango bajo, y la de suicidio está en lo más alto. Israel y Líbano parecen ser los sitios más seguros de esta lista, a pesar de las convulsiones de la región, si tomamos en cuenta exclusivamente el balance entre las dos cifras.

Aunque las explicaciones científicas de estos datos merecen muchas páginas de análisis, para comprender las relaciones entre la inequidad, la violencia, las adicciones, los trastornos afectivos como la depresión mayor, y las diferencias culturales debidas a factores religiosos, étnicos y geográficos, una cosa es segura: antes de hacer grandes afirmaciones acerca de la nueva agenda de la humanidad, basada en creencias que solamente son verídicas dentro de los países desarrollados, es necesario hacer un recorrido por las naciones en vías de desarrollo, en las cuales el problema del homicidio no está resuelto y es escandalosamente más alto que el suicidio. Pero en estos países también se podría aprender algo acerca de la naturaleza del suicidio: ¿por qué un país como Jamaica, con una tasa de homicidio de 43.2, tiene una tasa de suicidio de 1.4?

La filosofía de la historia, y más aún las ambiciones futuristas, no pueden basarse solamente en una visión centrada en Europa, o en los países de lengua inglesa. Hay que mirar en forma simultánea la distribución de los rasgos utópicos y distópicos de nuestras sociedades, pero con el reconocimiento explícito de la profunda heterogeneidad en el mapa de las culturas y las naciones. Parafraseando al escritor de ciencia ficción William Gibson: las utopías y las distopías ya están aquí, con nosotros, sólo que no están distribuidas de manera equitativa.

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