Las nubes de humo grasiento se movían lentamente en una irónica dualidad, los fuegos que las producían trataban de acabar con la penumbra mientras los densos remolinos que provocaban, la espesaban aún más, las calles, edificios y faros rotos, eran lo de menos, la rotura dolorosa, la irremediable, la terrible, era nuestra sociedad, nuestra alma, nuestra fe. Éramos una sociedad dañada, una que se había traicionado a si misma, que se había clavado una daga en su propia espalda y que no conforme con ello, se aporreaba con la pared para encajarla aún más.

Era un niño pero recuerdo aún la fiesta de júbilo de cada uno de nosotros al descubrir un planeta que podía sustentar vida en las inmediaciones estelares, uno que no fuera un sueño, uno que estuviera a nuestro alcance real. El planeta encontrado era más pequeño que la tierra, el sol era más caliente pero su órbita, más lejana lo situaba en el lugar idóneo, de hecho, su temperatura no era tan extrema como la que teníamos, que si bien, era producto de nuestros excesos y nuestra absurda visión de “seres superiores”, el universo nos brindaba otra oportunidad, después de pervertir nuestro hogar, encontramos lo que nos haría sobrevivir y todos nuestros esfuerzos, los pocos recursos que nos quedaban los usamos en ello.

Fueron dos generaciones de esperanza, teníamos un motivo, una meta, por difícil que estuviera nuestra situación, sabíamos para que lo hacíamos todo iría para nuestro nuevo hogar. No había penalidad que no la soportáramos pues en ese esfuerzo, iba implícita la oportunidad. Fue, creo yo, el único momento en que no tuvimos razas ni estratos socioeconómicos y colaboramos como una sola especie, como una que de no hacerlo, enfrentaba la extinción lenta pero, segura.

En las grandes pantallas de los Congresos, en los teléfonos celulares, en nuestros televisores seguíamos en tiempo real el proceso de siembra y terraformación, gritamos de felicidad los 100 días de torrenciales aguaceros que llenaron las cuencas, vimos crecer el exuberante verde de nuestros recuerdos, el límpido azul de nuestros cielos, lloramos de alegría en el primer nacimiento de un mamífero conocido en otro planeta. Sacrificábamos nuestro metal, incluso el de nuestros enseres domésticos para poder fundirse y crear aquellas grandes naves que se construían en nuestra órbita, que irían y vendrían en un transporte de años pero que era la única forma de poder ir a nuestra tierra prometida.

Cuatro décadas hasta que al fin, estuvimos listos, todo salió como estaba planeado, la concentración de oxígeno era un poco menor pero sería como estar en en una montaña no muy alta, nuestro nuevo hogar no tendría las miles de especies de flora y fauna que tuvimos aquí pero, se compensaría con la riqueza mineral de lo que sería nuestra nueva casa… y partieron.

Norberto Carrasco
Ilustración: Norberto Carrasco

Las dos enormes naves tenían capacidad para llevar a cuatro millones de personas, todos, sin excepción habíamos aplicado, todos queríamos estar entre los primeros en llegar,  no importaba que tuviéramos que pasar tres años en una animación suspendida que solo había sido probada en ratas y por poco tiempo, no importaba que esos tres años lo pasáramos embalados como cajas de equipaje. Queríamos ir, queríamos ver nuevamente cielos azules, ríos cristalinos, árboles y flores. Cuatro millones, una selección hecha en el mayor de los secretos para que no hubiera envidias, una selección representativa de lo mejor de la humanidad… o así lo creímos.

El planeta entero cesó de moverse cuando se retomó la transmisión, seguimos sin perdernos detalle la construcción automática del elevador orbital, el acoplamiento, el descenso y en el despertar empezó la sospecha. Los hombres y mujeres entre 18 y 40 años era lo que esperábamos, no obstante, los niños y ancianos nos sorprendieron, en especial el ver rostros que conocíamos desde hacía años, los hombres más ricos, sus familias, sus amigos y sí, los mejores especialistas que pudieron juntar y cuando vimos en transmisión planetaria él desmantelamiento de lo que era nuestra única forma de llegar, el caos, la desesperación, la traición y el terror, se apoderó de nosotros.

Fue una mentira ejecutada a la perfección, fue abusar, como era costumbre, de nuestras ganas de conseguir algo mejor, aunque, en este caso, no era mejor, era nuestra única opción y terminamos con todo lo que nos quedaba en la construcción de nuestros barcos, barcos que fueron quemados por los que nos dejaron atrás. Ellos habían conseguido un mundo nuevo, la máxima ejemplificación del estrato socioeconómico, un mundo perfecto para los privilegiados, uno destrozado y saqueado por los mismos que ahora nos abandonaban.

En un mundo donde la desesperanza campa a sus anchas, en donde la confianza es una emoción extinta, al que no podemos salvar y del cual, no podemos escapar.

Las volutas de humo se abren y los que estamos en la calle levantamos la mirada, siempre hacia el mismo punto, a una estrella, a un sol en el que un planeta gira en derredor suyo, con cielos azules, exuberante verde, ríos cristalinos, un planeta lleno de traidores a los que odiamos, a los que envidiamos.

Miles de millones de personas viendo hacia el cielo, hacia un paraíso tan cercano que, solo hace nuestro infierno, aún… más doloroso.

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