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Foto: Especial

De existir el Paraíso, preferiría poner un pie en él sin haberlo conocido antes a través de una pintura. Verlo, por ejemplo, con los ojos de El Bosco sería un prejuicio que quizás me llevaría a la decepción. O también de Peter Wenze, Chagall o Gauguin: hay la posibilidad de que, si existiera un Edén, no estaría a la altura de los lienzos que han intentado reproducirlo. O de las palabras que lo han descrito, de Dante a Milton y Borges: “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”. La bella Simonetta Vespucci, que fue la modelo de Botticelli para su cuadro El nacimiento de Venus, y que tuvo fama por su hermosura, de vivir en nuestra época quizás no nos impresionaría tanto como al pintor florentino o a sus mecenas, los Médici.

Sucede algo similar cuando vemos las fotografías de un hotel: los cuartos o las suites son amplios y con una decoración aceptable, al igual que el baño, las “amenidades”, el espacio de la recepción, las áreas comunes y el restaurante. Al llegar al lugar de marras, oh decepción, nos damos cuenta de que las imágenes que vimos a través de algunas páginas de internet no se corresponden con el original: la habitación es más pequeña, la regadera moderna suelta apenas un chorrito de agua y la señal del wi-fi es inestable o inexistente. No hay reclamo posible: las fotos no mienten, sólo exageran un poco.

Estamos acostumbrados a ser engañados y por eso reincidimos y compramos el gato al que le creímos ver orejas de liebre.

Los casos de Airbnb pueden igualmente truquear las imágenes: entre el anuncio que ponen en la página y la realidad hay una buena diferencia. Pero aquí también nos podemos guiar por las evaluaciones que han dejado los inquilinos, aunque con sus asegunes. Hace cuatro años rentamos un pequeño departamento en París, a un precio ciertamente por debajo de lo que costaría un hotel, con excelente ubicación y con buenos comentarios por parte de los huéspedes. Sin embargo el lugar resultó más pequeño de lo que las fotos vendían y con una dudosa higiene. Además, no hubo nadie para recibirnos. Gracias a que unos jóvenes nos ayudaron, pudimos comunicarnos con el dueño. Al término de nuestra estancia, le dijimos que no obtendría de nuestra parte buena calificación. Nos amenazó con denunciarnos, ante Airbnb, como inquilinos incómodos e incumplidos.

Lo mismo pasa con las cartas de algunos restaurantes que muestran fotografías de sus platillos: cuando recibimos los tacos de arrachera que pedimos, ya servidos en nuestros platos, los encontramos menos presentables que los de suadero que se ofrecen afuera del metro Taxqueña. Recuerdo a una amiga que hizo un comercial para la televisión sobre una cadena que vende hamburguesas. Como suele pasar, hubo que hacer varias tomas hasta que el productor quedara satisfecho. Como había que aparecer en el anuncio dándole una mordida, cada que terminaba un ensayo le pedían que arrojara el bocado en una cubeta y que no se lo tragara: para hacer más agradable el platillo a la vista, hay que disfrazarlo con barnices y quién sabe qué cosas que lo transforman en un producto que se antoja a simple vista.

Estamos acostumbrados a ser engañados y por eso reincidimos y compramos el gato al que le creímos ver orejas de liebre. El mismo truco se utiliza ahora en las campañas políticas. Vemos por todos lados espectaculares con las imágenes de aspirantes a la presidencia, gubernaturas, alcaldías, diputaciones y senadurías. Los personajes que aparecen en ellos se ven confiables, seguros, triunfadores. Tras las fotografías, hay un largo trabajo de estudio, maquillaje, iluminación y vestuario. Salvo excepciones, apenas sabemos qué piensan y qué proponen si el voto los beneficiara.

A algunos que posaron como verdaderas estrellas de la televisión cuando estaban en campaña, hoy los vemos con un look más ad hoc a sus verdaderos propósitos al proponerse como candidatos: un chaleco antibalas con las siglas de la DGSP. Habrá que aprender, en vista de las próximas elecciones, que aunque las mona se vista de seda, con frecuencia nos quedamos con su look sedoso antes que verle la cara y saber qué piensa, si es que piensa. C

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