Pequeñas y Grandes
Distopías

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¿Qué libro elegir para compensar el maltrato de las aerolíneas? Quisiera hablar sobre el hedonismo de Qatar Airlines o Singapore Airlines, pero escribo acerca de Aeroméxico, la empresa más confiable porque garantiza el retraso. En un viaje reciente a Nuevo México, mi mente temerosa anticipaba una pequeña distopía, una variante mezquina del futuro durante el vuelo. Como los esquimales, que comen hielo para no sentir el frío de Alaska, preparé dos lecturas sobre grandes distopías: cualquier retraso, sobreventa, o ayuno obsequiado por Aeroméxico podría sobrellevarse con la imaginación ocupada en los desastres colosales de la especie humana. Dos libros esperaban en la mochila de viajes: Sumisión, del celebrado Michel Houellebecq, y en caso de pérdida o decepción, la Trilogía de la Fundación, de Isaac Asimov. Ambos ejercicios de imaginación futurista actúan como distopías preventivas, para alertarnos sobre el alcance subestimado de la estupidez colectiva. El azar es responsable de que aparecieran ante mis ojos, en la librería del aeropuerto.

Tomé la decisión autorizada por el canon literario contemporáneo: abrí primero las páginas de Sumisión. Es la historia futurista de un alter ego descarado de Michel Houellebecq: un experto en la literatura de Huysmans, quien trabaja como profesor en la Universidad de la Sorbona. Huysmans es probablemente el autor más decadente de Francia en el siglo XIX, pero entraña una contradicción perturbadora: a pesar de su nihilismo, regresó al final de su vida a la religión de sus padres, el catolicismo. Con ese punto de partida, Houellebecq ensaya el tema que lo mantiene cautivo: la sumisión a la irracionalidad religiosa. En el año 2022, un partido musulmán ha ganado terreno entre los electores de la izquierda francesa, quienes están decepcionados de sus líderes y temen el crecimiento de la ultraderecha fascista. Mediante un diseño geopolítico poco convincente (pero que haríamos mal en subestimar), el partido musulmán gana los comicios, y prepara la conquista democrática de Europa mediante el populismo religioso. Para trabajar en la nueva Universidad Islámica de la Sorbona, el profesor debe convertirse a una religión que promete apaciguar el vacío existencial, y ofrece el gracioso soborno de la poligamia y la simulación democrática.

Houellebecq acusó en 2001 al Islam de ser “la religión más estúpida del mundo”, y se convirtió en el villano de los humanistas compasivos que defienden el valor extraordinario de la comprensión intercultural, y simultáneamente, en el héroe de quienes no desean limitar su islamofobia con escrúpulos decorativos. En lo personal desconfío de la polarización ideológica capitalizada por Sumisión, pero me adentré en el libro, porque buscaba más literatura que ideología, y aunque la polarización política suele ser la dama cortesana del autoritarismo, admito que me encanta la literatura de guerra. ¿Pero encontré en las páginas de Houellebecq un relato apasionante? Al contrario: al buscar un tedio decadente que denuncia el sexismo islámico, pero desconfía de los valores de la Ilustración, Houellebecq produce páginas memorables de misantropía honesta, pero contra todo pronóstico, encuentra la apatía como paliativo para el sufrimiento. Si bien esto agota la tensión suicida del protagonista, también agota cualquier tentativa de entusiasmo literario. Doscientas páginas de tedio postmelancólico son difíciles de procesar para el lector que busca una distopía fascinante.

Mientras viajaba de regreso a México, una tormenta eléctrica desvió el vuelo hacia un aeropuerto inesperado. En las distopías cotidianas suceden cosas así: el personal de la aerolínea me informó que no encontraría hoteles, alimentos o vuelos hasta el día siguiente. Pasé con mis nuevos amigos miserables una noche helada, en las alfombras de una sala de espera.
Quienes llevaban cobijas formaron una clase social privilegiada. La efectividad del frío torna irrelevante la sutil penetración de Houellebecq en el tedio europeo derrotista. Cambié de libro con urgencia, y me adentré en el ciclo de las Fundaciones de Isaac Asimov.

Aunque fue un visionario con una cultura enciclopédica, y una capacidad industrial para la producción cultural, Asimov, como otros autores de ficción científica, es visto con desprecio, o en el mejor de los casos, con un gesto de condescendencia en los olimpos de la Vida Literaria Adulta. Pero Fundación es una distopía de máxima escala: la humanidad se ha diseminado por miles de sistemas planetarios, y durante once mil años ha estado cohesionada por un Imperio Galáctico. Eventualmente un matemático y psicólogo social anticipa el derrumbamiento de la civilización, mediante una disciplina matemática conocida como psicohistoria. El científico dispone de bases de datos descomunales, que incluyen los billones de habitantes del Imperio a lo largo de siglos, y con tales herramientas es capaz de analizar el comportamiento de masas humanas como si fueran fuerzas físicas. Mediante cálculos probabilísticos, juzga que la caída de la civilización no puede detenerse, pero que el establecimiento de dos fundaciones científicas podría acortar las edades oscuras, desde un plazo previsto de treinta mil años, hasta otro, más razonable, de sólo mil años. Pero la estadística de los psicohistoriadores trabaja con masas humanas, y no predice efectos de individuos aislados extraordinarios, como los dictadores, capaces de ejercer una influencia carismática sobre los demás. La primera Fundación, planeada para resguardar el conocimiento tecnológico durante la Edad Media galáctica, sería inútil si no desarrolla una ciencia de la mente que conozca la economía social de las emociones y el complicado diseño de la mente individual.

Los proyectos de Houellebecq y Asimov son radicalmente distintos. Sumisión se forja en el tuétano descompuesto de la intimidad europea, y sin caer en el reduccionismo biográfico, es inevitable recordar el testimonio del propio Houellebecq acerca de su madre: en su versión, una hippie comunista obsesionada por el sexo, quien lo abandonó a los cinco años y se convirtió al Islam. La mente excepcional de Asimov, por otra parte, fue educada en entornos científicos y eso no deja de sentirse: su prosa es clara y directa, pero carece de los matices subjetivos y la densidad estilística alcanzados por la mejor narrativa contemporánea.

Houellebecq muestra una riqueza extraordinaria de detalles autorreferenciales y ensayísticos, pero se permite olvidar el modelamiento de personajes femeninos y de hombres ajenos a su misantropía, sin los cuales sería imposible contestar la pregunta elemental planteada por Sumisión: ¿a cambio de qué la mayoría de las mujeres francesas y los hombres libertarios de ese país aceptarían pasivamente el giro islámico de su política? A pesar de esto, el valor heurístico de la distopía de Houellebecq es provocativa y sugerente. En la proyección colosal de Asimov, por otra parte, la estructura literaria, formada a base de relatos dedicados a las crisis civilizatorias de la humanidad a lo largo de los primeros cuatrocientos años de la Fundación, exigía las habilidades combinadas de un historiador matemático y de un narrador más penetrante, capaz de crear en cada relato los personajes memorables que eligen el restablecimiento de la civilización (o la
sumisión) frente a la barbarie. Aun así,
la inmersión en las novecientas páginas de la trilogía resulta entretenida y estimulante: Asimov no piensa que el aburrimiento es un valor artístico.
¿Surgirá algún día ese matemático y psicohistoriador, con las habilidades intersubjetivas de un León Tolstoi, de un Sándor Márai? Es poco probable. Mientras tanto, el debate está abierto. A veces parece imposible evitar la sumisión ante la barbarie, pero ¿cómo amortiguar mejor el maltrato de las aerolíneas? ¿Debo hacerlo mediante las lecciones futuristas de un científico polímata, o con los cuadernos reveladores de un misántropo?

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