Pequeños Zorros
Regreso a Lillian Hellman

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Por Alejandro Toledo

La sorpresiva puesta en escena en el Teatro Santa Catarina, bajo la dirección de Luis de Tavira, de The Little Foxes (1939), de la dramaturga y memorialista norteamericana Lillian Hellman (1905-1984), me lleva a buscar en el librero los títulos que he reunido de esta autora y otros papeles que se han agregado en el camino; además del impulso de volver a ver la adaptación de esa pieza que realizó William Wyler en 1941, con Bette Davis y Teresa Wright como
Regina y Alexandra Giddens.

Cuando se pronuncia el nombre de Lillian Hellman, es mucho lo que empieza a gravitar. Aunque se trata de una figura mayor no es muy conocida en México (con un par de títulos en el catálogo del Fondo de Cultura Económica: Tiempo de canallas —1980— y Quizás —1984—, por el momento no disponibles), y sobre todo su teatro ha sido poco visto en estas latitudes.
Incluso las adaptaciones a la pantalla de sus libretos no han tenido gran suerte entre nosotros; se cuenta, por ejemplo, de La hora de los niños (The Children’s Hour, William Wyler, 1961) que en la exhibición mexicana la censura le cortó una secuencia, justo en aquella parte (la confesión de un amor imposible de realizarse) que explicaba el drama final de la historia, y supongo que la gente en las salas cinematográficas se quedó atónita, sin entender exactamente qué había sucedido.

Tal vez se tuvo una imagen menos difusa de la escritora cuando Jane
Fonda la personificó en la cinta Julia (Fred Zinnemann, 1977), a partir de Pentimento (1973), uno de sus títulos memoriosos. De éstos, ya hemos citado un par: Tiempo de canallas, cuyo título original es Scoundrel Time, de 1976, revisa su valerosa postura en el mccarthysmo; y Quizás, en inglés Maybe, se publicó en 1980. Anterior a todos ellos es An Unfinished Woman (Una mujer inacabada), de 1969, del que hay una edición española de 2005 (Ediciones JC). Y de Pentimento conservo un ejemplar, también de España, de 1981 (Argos Vergara).

Los relatos autobiográficos explican sucesos que están en su teatro, y enriquecen así aquello que vemos desarrollarse en el foro (como intentaré detallar más adelante). No tengo noticia de que el teatro de Lillian Hellman haya sido traducido al español, lo que es una enorme laguna (y una asignatura pendiente). En el programa de mano de la obra que se presenta en el Teatro Santa Catarina, la “versión” se acredita a José María de Tavira y Luis de Tavira, y es de suponer que partieron del texto en su idioma original.

Aunque hay un antecedente: la puesta de The Little Foxes que realizó José Solé en 1968. Uso el título en inglés porque en México se ha llamado de dos modos: Los zorros en 1968 y Pequeños zorros en 2016. Como se le conoce en español a la película de 1941 es harto extravagante: La loba, y uno se pregunta cómo esos zorros, grandes o pequeños, migraron a otra especie. Quizá el traductor pensó en aquella frase antigua que nos dice que el hombre es lobo del hombre.

La puesta del 68 formó parte del Programa Cultural de la XIX Olimpiada. Se estrenó en el Teatro de los Insurgentes el 30 de mayo con un reparto sorprendente: Carmen Montejo y
María Montejo como Regina y Alexandra Giddens, Arturo de Córdova como
Horace Giddens, Marga López como Birdie Hubbard y Carlos López Moctezuma en el papel de Benjamin Hubbard. La traducción, por cierto, es acreditada a Lew Riley, que fungió como productor.

Hay una reseña del estreno de Rafael Solana (Siempre!, 12 de junio de 1968), que inicia así:

Enorme expectación, y mucha simpatía, mucho cariño, por ver el debut teatral, algo tardío, de Arturo de Córdova, en el teatro de los Insurgentes, lleno a reventar, en una de esas atronadoras premiéres de las que sólo allí (y en casa de Fela Fábregas) se tiene el secreto; todo México allí desde don Fernando Soler, a pesar de que era el día de su santo, y Dolores del Río, que fue hasta las primeras filas para saludar a la mamá de Arturo, tal vez algo nerviosa por la presentación de su hijito, hasta el arquitecto Óscar Urrutia, el licenciado Casellas y otros grandes personajes olímpicos, pues el acto estaba dentro del programa de la Olimpiada Cultural (pero no vimos a Coccioli, lo que nos pareció de buen augurio, pues parece que él no acierta sino a lo malo).
Todos teníamos las manos preparadas para tocar una ovación cuando apareciera Arturo; pasó el primer acto, y no apareció; pero se oyó la llegada de unos caballos, y el rumor corrió por toda la sala: ahora. Y, efectivamente, Arturo entró. La ovación duró un largo minuto. A Carmen Montejo, en el acto anterior, la habíamos aplaudido 20 segundos, y a Marga López diez.

Luego de detenerse en nimiedades, como el que no se hayan ensayado las gracias de los actores al final de la pieza (éstos salieron en forma desordenada a recibir el aplauso), Solana revisa el desempeño del grupo:

Porque no nada más Arturo está muy bien, la gente va a pagar veinticinco pesos, no porque se trate de un reparto numeroso, o de muchos decorados caros, ni porque haya orquesta (sólo hay pianista) sino porque en el programa aparecen cuatro nombres eminentes; y estos cuatro artistas se justifican. Marga López, que por amor al arte (digamos) aceptó un papel que no es principal, lo dibuja, lo saca con exactitud admirable, muy sentido, muy bien dicho, muy con el alma; Carmen Montejo, que
ahora sí ya llegó al apogeo de su carrera, y que está lista para hacer todos los grandes papeles que hizo la Montoya (sobre todo los odiosos) está, además de estupendamente vestida (por Armando Valdés Peza) insuperable de gesto, de autoridad, de amargura; se hace aborrecible, como en las telenovelas. Cuando sepa mejor la parte dejará de cometer las pequeñas erratas de texto que cometió. Y Carlos López Moctezuma, que liga, como sólo él sabe hacerlo, lo odioso de un personaje cruel a lo humorístico de una interpretación algo irónica, está excelente también, como hacía tiempo no lo habíamos visto en teatro; pero también rayan a notable altura
María Montejo, que actuó con gran sinceridad, con mucha fuerza; Enrique Pontón (nuevo para nosotros), que supo imprimir gran energía a su personaje; Rubén Calderón, por primera vez en un papel de esta importancia; y Zamorita, muy simpático. Freddie Fernández, en el papel del hijo estúpido y perverso, sólo dio la estupidez, pero no la perversidad, y Lupe Suárez, de quien comentaban algunos espectadores que más bien parecía anunciar las cenadurías Aunt Jemima, se mostró algo convencional en un papel que ya otras veces le ha dado éxitos de público. “Esto sí es teatro y no fregaderas”, comentaban algunos del público, a pesar de que tenían muy cerca a Alexandro. Un teatro algo antiguo (la defensa que hace Emilio Carballido, en el programa de la obra, no parece muy convincente), como lo son también La enemiga y en menor medida, La soñadora, que han sido grandes éxitos en el mismo local; pero teatro sólido, bien armado, bien hecho, soberbiamente presentado. Muchas razones hay para que se sostengan Los zorros en el Insurgentes… hasta que Arturo aguante.

El rigor
de Luis de Tavira

La puesta actual universitaria no tiene ese glamour de los grandes nombres, pero sí el rigor que suele imprimir a sus trabajos Luis de Tavira. No soy crítico ni practicante teatral, como sí lo fue
Solana, por lo que fallaría al hacerme pasar como tal y calificar o descalificar el trabajo de los actores. Fui a ella por mi frecuentación de la obra de Lillian Hellman y como oportunidad única de ver una de sus creaciones en tiempo real, que es donde, supongo, pasan la prueba los grandes dramaturgos. La obra está dividida en tres actos de cincuenta minutos cada uno, aproximadamente; y cada acto es una pieza maestra. La actriz Stefanie Weiss hace una gran Regina, mujer extraviada en la locura de la ambición, con increíbles matices en el rostro; y Ana Clara Castañón, como Alexandra, logra mostrarnos ese proceso que va de la inocencia total a la certeza de lo que se resquebraja, por el modus vivendi de una familia depredadora, y del papel que ella debe jugar en esa historia.

Antes de empezar, tuve un breve diálogo con el escenógrafo Alejandro Luna, que tenía noticia de la puesta del 68 (aunque recordaba el título en femenino, Las zorras) y revisó con curiosidad el programa de mano que le mostré, con fotografías que dan una idea clara de lo fastuoso de aquella representación (uno de los momentos estelares de la Olimpiada Cultural); aquí Luna, en su investigación, intentó ser más sobrio, pues se describe a una familia sureña de un pequeño poblado que no abarca más de cuatro cuadras, dedicada ésta a enriquecerse o en proceso de volverse millonarios, y no se podía exagerar con lo costoso de los muebles o el lujoso vestuario.

En ambos casos, la escalera debía tener un papel principal: en ésta muere uno de los protagonistas; y por ahí asciende Regina (loba o pequeña zorra) en su conquista de la oscuridad. Es escalera al cielo o al infierno.

Las raíces de la historia están en la infancia de Lillian Hellman y los
contrastes entre las familias paterna y materna. Rechazó a estos últimos, los Newhouse, originarios de Demópolis, Alabama; mas el modelo de Regina no es la madre de Lillian, Julia, sino la abuela, Sophie Newhouse, de la que dice en Una mujer inacabada: “Sus hijos, sus criados y todos sus parientes, a excepción de su hermano Jake, le tenían miedo, y lo mismo me sucedía a mí”.
Recuerda que en las reuniones de los Newhouse se hablaba de quién tenía más dinero, quién era derrochador, quién heredaría qué. “Más que una
reunión familiar parecía una comida de ejecutivos en la que mi abuela ocupaba la vicepresidencia.”

Los Newhouse son los Hubbard, pues; y Benjamin, el más hábil en los negocios (aunque es derrotado en la obra por su hermana Regina), sería el tío Jake de Lillian Hellman, “un hombre de personalidad fuerte” que “disfrutaba humillando a los demás”. Refiere un desencuentro (al cumplir ella quince años de edad por su graduación él le regaló un anillo costoso, que Lillian empeñó para comprar libros), luego de lo cual el tío Jake le dijo algo que ella incorporó a The Little Foxes: “Veo que tienes coraje, después de todo. Casi todos los demás tienen horchata en las venas”.
Los Hellman, en cambio, eran “libres, generosos y divertidos”, como los Giddens de la pieza.

Finalmente, refiere la dramaturga: “Ese conflicto interno fue desapareciendo cuando finalicé y archivé The Little Foxes; de hecho, también se desvaneció la sombra de la familia de mi madre”.

Dos tribus

El tema está ahí: la confrontación entre dos tribus. Unos buscan enriquecerse a toda costa, pagan bajos sueldos a los negros que explotan, corrompen a quien se ponga enfrente, incluso gobernadores, y no les importa si destruyen su entorno (“Cacen a los zorros”, dice la Biblia, “a los pequeños zorros que arruinan nuestros viñedos, porque de nuestros viñedos saldrán uvas”); y los otros creen que las cosas pueden hacerse de una manera distinta. En el duelo, la parte aparentemente más frágil, la joven Alexandra va comprendiendo de qué se trata todo, qué es lo que está en juego, y al final define su destino.

Es cierto lo que me comentó Alejandro Luna: el gran defecto de la cinta hollywoodense es haber inventado una trama paralela, una historia de amor entre Alexandra y un joven periodista, David Hewitt, quien será el que rescate a la damita de esa jaula de pequeños zorros. En la obra original eso no está: ella sola, o ella y su nana negra, Addie, toman la decisión de huir.
Aunque William Wyler se especializó en llevar al cine las obras de Lillian Hellman, pocas veces lo hizo bien. Con la primera, The Children’s Hour, cometió una traición tremenda: la versión dramática trata de una niña a la que se le ocurre inventar que sus maestras se aman, lo que escandaliza al pueblo y destruye la vida de las tutoras; en la primera adaptación de Wyler (These Three, 1936), la niña asegura que ellas están enamoradas del mismo tipo, y eso dispara una extraña comedia de enredos.

Décadas más tarde, William Wyler pudo limpiar su nombre en la cinta de los años sesenta que en español fue bautizada como La calumnia, y filmó la pieza más o menos como estaba armada (según el consejo de Hitchcock: si tienes una buen libreto teatral, no lo modifiques, fílmalo tal cual es), con extraordinarias actuaciones de
Audrey Hepburn y Shirley MacLaine. Así, además, rescató a Lillian Hellman, que había sido señalada como antiamericana por
el senador Joseph McCarthy, y alejada
por ello (lo mismo que su compañero Dashiell Hammett, que incluso estuvo en la cárcel) del trabajo cinematográfico. “A pesar de su estatura literaria”, escribe Garry Wills en el prólogo de Tiempo de canallas, “Lillian Hellman se nos presenta como una heroína extraña de esa época desgraciada, una mezcla de niña malcriada y dama sureña, atemorizada pero desafiante.”

Lo destacable del filme The Little Foxes son las actuaciones, pues el director se apoyó en quienes participaban en la puesta de Broadway y tenían dominados sus roles. Las únicas incorporaciones fueron Bette Davis y Teresa Wright, quien ahí debuta. Dos años más tarde (La sombra de una duda, Alfred Hitchcock, 1943), ésta hará un papel muy similar al de Alexandra Giddens: en un caso, la joven quebradiza se enfrenta a su madre, Regina; y en el otro, la identificación romántica con el tío (Joseph Cotten) la lleva a descubrir que éste es un asesino de viudas e igualmente lo confronta. Dos aprendizajes dolorosos: el mal social, allá; y el mal a secas, sin mayores adjetivos, acá. Curioso que en los dos casos se tenga el apoyo de dramaturgos, como adaptación directa, primero, de la obra de Lillian Hellman, y la asesoría en la confección de la historia de Thornton Wilder, después.

Dash y Lilly

En Pentimento, Lillian Hellman detalla el proceso creativo de la pieza. “Diez de las doce obras de teatro que he escrito están relacionadas con Hammett”, dice, “pero The Little Foxes fue la que más dependió de él”. Y:

The Little Foxes fue la obra más difícil que haya escrito nunca. Me sentía torpe en los primeros borradores, metiendo y sacando personajes, ornamentándola, decorándola, sintiéndome más y más débil a medida que echaba al cesto escenas y luego actos y luego la obra completa.

Cuenta que hasta el octavo borrador
Hammett, su crítico de cabecera, le dijo que la obra parecía ir mejor; y sólo le sugirió que eliminara los “chismes de negritos”. (Con el personaje de Addie hace la escritora un homenaje a su querida nana Sofronia, a la que defendió un día, en el autobús, cuando Lillian le pidió que se sentara junto a ella cerca del chofer, adelante, cuando los negros debían ocupar la parte trasera. “Ella es más importante que todos ustedes”, les dijo Lilly a chofer y pasajeros, mientras eran bajadas del transporte.)

Para Lillian Hellmann, The Little
Foxes le significó mirarse en el espejo:

Me sentí inquieta, enfermiza, escarbando los escasos recuerdos que habían formado el material consciente y semiconsciente para la obra. Había querido burlarme a medias de mi propia inocencia juvenil de chica del instituto en Alexandra, la muchacha de la obra; había querido que fuera algo de lo que la gente se riera, le despertara cordialidad hacia la triste y débil Birdie, pero con toda seguridad no había querido que lloraran; había querido que el público se reconociera en parte en los Hubbard dominados por el dinero; no había querido que la gente los considerara unos villanos con quienes no tenía relación alguna.

La obra se estrenó en Broadway, en el Nederlander Theatre, el 15 de marzo de 1939, con Tallulah Bankhead como Regina. Ese papel ha sido interpretado en los escenarios por Simone Signoret, Anne Bancroft y Elizabeth Taylor, entre otras.

Con esta historia familiar Lillian Hellman creó un mecanismo sofisticado en el que se ponen en juego dos maneras de entender la convivencia humana, constructores de ciudadanía unos, destructores voraces otros. En el programa de mano de la nueva puesta, José María de Tavira propone a Donald Trump como “heredero de los enemigos victoriosos de Hellman”, lo que está muy bien, pero acaso no se tiene que ir tan lejos. Habría que colocar en el reproductor el viejo DVD de la cinta de William Wyler y leer, al comienzo del filme, esta advertencia: “Los pequeños zorros han vivido en todo tiempo y en todo lugar”, pues también están entre nosotros.

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