Mein Name ist Sergio Pítol —respondió, con voz muy grave. Así dijo. Lo juro.

En ese momento dos o tres de nosotros volteamos a verlo con mucha atención. Sólo una vez me había fijado antes en él, al entrar al Instituto e ir directo a la cafetería: estaba en la fila para pagar; entonces no supe por qué me había recordado a Carlos Fuentes, a quien dos años antes había entrevistado en la Universidad de Texas en El Paso. Iba vestido como aparece, el cuerpo chanfleado, en la foto de la solapa de la edición de Anagrama de Vals de Mefisto, con un saco de pana muy fina y un suéter de angora color claro.

Debió ser la primavera de 1982, cuando a Sergio Pitol la Cancillería lo había postulado, en principio, para titular de la Embajada de México en la Alemania desunificada, aún en Bonn, y estudiaba los rudimentos del alemán en el Instituto Goethe de la calle de Tonalá, a tres cuadras y media de su departamento del Edificio Río de Janeiro. Yo estaba en su mismo grupo; si no me traicionan los recuerdos, nuestro profesor era el finado Michael Roth. En la primera clase hicimos lo de rigor, nos identificamos de acuerdo con la frase modelo dada por el maestro. Cuando le tocó el turno, Sergio acentuó la i de su apellido para no ser identificado a las primeras de cambio.

Salió peor. No fue un silencio lo que detuvo la respiración del grupo sino una extraña, reverencial pausa acústica. Duró unos segundos. Él prendió un cigarro (aún podía fumarse en sitios cerrados) para… no sé para qué, pero los presentes en ese curso de alemán para principiantes, sin la más pálida idea de tener a uno de los escritores mexicanos más importantes del siglo XX como compañero de banca, seguro repararon en la distinción del personaje que acababa de presentarse: de una suave elegancia, con una frente interminable y una mirada de profundidad sobrecogedora.

IMAGEN SEGUNDA

Pasaron siete años para que volviera a verlo y tuviera la oportunidad de conversar en forma por primera vez con él. Estaba regresando de su postrer embajada, a fin de cuentas no la de Bonn sino la de Praga, la última Embamex Checoslovaquia, que dejó con el país encaminándose a o ya de plano inmerso en el prólogo a la Revolución de Terciopelo. Nos encontramos en su reluciente, recién terminada casa de la Plaza de La Conchita, del lado de Fernández Leal. Yo había debutado como editor de la Revista de la Universidad en el número 432, de enero de 1987, donde aparece su “Aproximación a Kuśniewicz” —a Andrzej Kuśniewicz, el escritor galiziano en polaco—, que Sergio había mandado a nuestra redacción mucho tiempo atrás. Horacio Labastida y Francisco Blanco Figueroa (mi director y coordinador editorial, respectivamente, ambos por desgracia ya fallecidos), me pidieron ir hasta Coyoacán para entregarle en propia mano a Sergio Pitol tres ejemplares con su colaboración y con la nómina de la revista para que la UNAM pudiera pagarle. Fui la mañana del 17 de febrero de 1989. El frescor de aquel invierno me había provocado algunas molestias derivadas de mi episódica fiebre reumática.

Por supuesto, lo primero que hizo al verme con el cuello cobijado por una bufanda fue dibujar una de sus temibles miradas pitolianas, escoltadas siempre por una sonrisa apenas perceptible, con las que de inmediato escrutaba sin misericordia a sus nuevos conocidos. La casa de Fernández Leal era amplísima, fría; no especialmente luminosa. Estuvimos un rato en la sala —las alfombras son de Bujara, podía pensar cualquiera— y luego pasamos a la biblioteca, la parte más espectacular de su residencia: de dos plantas, con —como pude averiguar más tarde— cerca de 40 mil libros, videos y discos.

¿Me pidió que le hablara de tú? No estoy seguro, pero cuando estábamos frente a la sección de libros de autores austriacos, me llamó mucho la atención que tuviera la edición italiana de Einaudi en tres tomos de Los demonios (los de Doderer, por supuesto).

Tomé el primero de ellos y vi que tenía muchos subrayados.

—Le diste un llegue al Doderer.

—Sí, le di un llegue hace tiempo. Sin mayores consecuencias —me contestó con gusto, con familiaridad.

A muchos de los autores eslavos, germanos o excéntricos que forman parte de sus referencias más íntimas Pitol los leyó primordialmente en italiano, lengua que para él no es extranjera y que le sirvió de acceso o trampolín para arribar a creadores que pocos han vuelto a frecuentar desde el español, y no pienso necesariamente en toda la pléyade polaca —de Schulz a Brandys, de Gombrowicz a Kunie-wicz— a quienes llegó a conocer muy de cerca, incluso personalmente en el caso de quienes seguían con vida a principios de los años setenta, sino en autores que sólo volvieron a traducirse a cuentagotas al español y que ahora a muy pocos les dicen algo, como el húngaro Tibor Déry, de quien tenía en italiano —versión que tradujo para Ediciones Era— los tres relatos que conforman El ajuste de cuentas, y otros libros como Niki, storia di un cane o Il signor A. G. nella città di X.

“A muchos de los autores eslavos, germanos o excéntricos que forman parte de sus referencias más íntimas Pitol los leyó primordialmente en italiano, lengua que para él no es extranjera.”

De todos sus amigos italianos, italianófilos e ítalo hablantes, Sergio Pitol tuvo un vínculo especial, de mucho afecto, con el poeta y gran traductor Guillermo Fernández (1932-2012), no sólo porque era un escritor de su misma generación sino porque, en la época que refería al principio de estas líneas, ambos eran vecinos del Edificio Río de Janeiro en la colonia Roma, y las no pocas conversaciones sobre literatura italiana y centroeuropea que tuvo con Fernández le hicieron a Pitol mucho más ameno y amable el regreso a México después de su sexenio praguense. En esas charlas caían por aquí y por allá los nombres de los entonces nuevos hallazgos de Guillermo, como Eros Alesi o Valerio Magrelli, y también conversaban tendido sobre Arthur Schnitzler (de quien el poeta había retraducido El retorno de Casanova) y Bruno Schulz, pues ambos le tenían una veneración aparte. [Guillermo incluso atesoraba la reproducción muy fidedigna de un célebre dibujo de Schulz, un calvo de cabeza bulbiforme asomándose a la ventana con un perrito en los brazos].

MORTADELO SIN FILEMÓN

Un buen día, Pitol me pidió que organizara una cena con Guillermo Fernández para recordar viejos tiempos. La idea era estupenda. Su realización no tanto. Es decir… lo cuento mejor de otra forma: cada vez que Sergio acudía a una cita de este orden, como un reencuentro, la presentación de uno de sus libros o incluso en ocasiones más triviales, se corría el riesgo de que empezaran a suceder cosas… extrañas. Él mismo ha contado varias veces cómo es —sobre todo en compañía de Luis Prieto— un imán para personajes excéntricos y situaciones insólitas, incluso de cierto peligro. Cuando uno lee que a Pitol y Prieto se les cruzaban cocodrilos o mujeres esquizofrénicas en sus idas al teatro de carpa o por las calles del Centro de la Ciudad de México, el lector tiende por lo general al escepticismo, pero si uno ha tenido la enorme fortuna de compartir encuentros o viajes con Pitol entonces ya es muy distinto.

La noche de 1990 en que fui a la presentación de la edición mexicana de La vida conyugal pude comprobarlo. En aquella época esos bautizos editoriales eran más íntimos, menos multitudinarios, definitivamente menos performáticos, como hoy se dice. La tertulia tenía lugar en el primer piso de una librería por desgracia desaparecida hace mucho tiempo, Tomo 17, una residencia de San Ángel a un tiempo elegante y sobria, acogedora y espaciosa. Hasta allí llegamos toda una tribu pitoliana: Luz Fernández de Alba, Neus Espresate, Marcelo Uribe, no recuerdo si también Paloma Villegas, pero por supuesto es muy probable que también hubiese ido.

Todo comenzó normal. Vale decir, no comenzaba, porque la presentación consistía en una charla ante el público entre Pitol y Juan Villoro, quien no aparecía y no había manera de localizar —añoro esa adrenalina pre-convergencia digital. Neus comenzó a verme con su cariñosa sonrisa característica, cuyo mensaje de fondo en ese momento era “vete preparando para entrar de emergente a la plática en dos minutos”, y yo comencé a hacer apuntes mentales para salir del paso, pues no había terminado de leer el libro, aunque conocía muy bien los otros dos con los que completa la Trilogía del carnaval e incluso había participado, con Elena Poniatowska y Anamari Gomís, en la presentación de la edición mexicana de uno, Domar a la divina garza.

Por suerte para el público y para mí, Juan por fin llegó después de quince minutos, algo nervioso por el retraso; abrió una libreta de apuntes y comenzó a exponer al público su lectura del libro que nos convocaba. Lúcido y atinado como siempre, se trompicó un poquito al principio, pero luego agarró vuelo y sostuvo una charla muy amena con Sergio, quien también estaba algo intranquilo por la situación. Hasta la ronda de intervenciones del público todo marchó perfecto; el entonces joven periodista Carlos Rubio Rosell dio una interpretación de la novela y de la obra en conjunto de Pitol e intentaba llevar a Sergio a ratificar su teoría, según me acuerdo, hasta que Villoro muy amablemente le pidió que no insistiera; fuera de eso el escenario era terso.

De repente, del fondo del sillerío en funciones de auditorio del primer piso de Tomo 17, se levantó para pedir la palabra un hombre muy delgado, como de sesenta y pocos años, escaso cabello y grandes gafas, muy correcto él, con un leve dejo de extravagancia. En la memoria lo he retenido como la viva imagen de Mortadelo [el de Filemón, claro. No iniciados en historia del cómic, gugleen, por favor] y resultó, en efecto, ser español, hasta donde delataba su acento. Lo que siguió fue más o menos así.

Mortadelo había ido a la presentación porque el título de la novela de Pitol lo había cautivado y convencido de no perderse la oportunidad de compartirle al autor y a todos quienes estábamos la inmarcesible experiencia de la dicha, el gozo y la felicidad inagotable que significaba para él estar casado y haber llevado una vida conyugal de más de treinta años sin ninguna grieta; qué digo grieta, sin la menor hendidura, y quería contarnos que no había mejor condición humana más allá del matrimonio, sobre todo de uno como el suyo, donde reinaba la armonía y la concordia. La vida conyugal era para Mortadelo únicamente eso, muchas gracias por ponerme atención y dejarme participarles mi historia personal. Silencio absoluto del público.

A partir de la segunda frase de Mortadelo, Pitol había estado conteniendo un brutal ataque de risa, Juan también, por supuesto; de hecho, todos los amigos de Sergio estábamos entre impacientes, angustiados y a punto de desahogar las risotadas; pero la convicción circunspecta de Morta nos atemorizó a todos. Parecía el predicador de una secta fundamentalista defensora del orden matrimonial. No sé cuánto tiempo duró aquello, fue una tortura delirante. A la primera oportunidad que tuve salí corriendo hacia las calles de Chimalistac. No tenía sentido regresar a ver en qué terminó todo. Tampoco tengo la certeza de haber regresado a casa carcajeándome.

LA CENA EN EDZNÁ

Incapaz de hacerlo más vívido, acaso aquel episodio servirá para convencerlos de que para mí era todo un tema organizar una cena a la que asistiera Pitol [para más INRI con Guillermo Fernández, también anzuelo de extravagancias], sin que hubiera lugar a circunstancias fuera de control. Así que decidí convocar la cena en casa del propio poeta, un departamento pequeño y muy cálido de la calle de Edzná donde era posible mantener todo en orden.

“la convicción circunspecta de Morta nos atemorizó a todos. Parecía el predicador de una secta fundamentalista defensora del orden matrimonial.”

O eso pensaba yo. Pasé por Sergio a La Conchita una noche de viernes. Para la cena aportó una espléndida herencia de su época diplomática, una botella de vino francés más cara que mi auto, por lo que manejé con especial cuidado todo el trayecto hasta la Vértiz-Narvarte.

Cuando llegamos a su departamento, Guillermo todavía estaba sacando la ropa de la lavadora y nos invitó a sentarnos en el sillón donde reposaban sus calcetines. Ahora que reparo en ello, debió haber sido señal suficiente de que algo comenzaba a descontrolarse. Fernández había invitado a una pareja de poetas vecinos suyos y amigos de mi generación para hacer más vivaz el convite.

Se comió y se bebió con soltura, Fernández y Pitol charlaron de lo lindo, fue una conversación magistral en todos sentidos. Nada podía estar fuera de lugar en un departamento de una sola habitación y la sala comedor donde estábamos.

Nada, a excepción de que, y así lo corroboramos, uno de nosotros saliera de allí, apartándose de la vista de todos.

A una hora avanzada de la noche, el joven poeta —llamémosle Rupert— le pidió permiso
a Fernández para ir al baño, cuya puerta estaba a
menos de dos metros de nosotros.

En la mesa seguimos platicando con ánimo, aunque la cena tocaba a su fin. De la nada, oímos que Rupert empezó a luchar por salir del baño, pues la puerta se había atrancado. Guillermo se levantó primero y le dio con precisión y serenidad las instrucciones para desatorarla.

La disputa entre poeta y puerta continuó, con ventaja para ésta. La joven poeta —llamémosle Maike— comenzó a inquietarse, porque el baño nomás no se abría y Rupert comenzaba a dar señas de ansiedad.

Cuando vi que Pitol se levantaba, también preocupado, presentí lo peor. La puerta era de madera y vidrio mateado, translúcido, por lo que alcanzábamos a presentir la sombra de Rupert intentando vencer al cerrojo sin éxito. Guillermo, Maike y luego Pitol y yo acumulábamos instrucciones para Rupert, quien, ahora sí, había entrado en una fase de pánico. No daba con la forma de abrir.

En eso, dejamos de oír forcejeos. La sombra de Rupert desapareció del otro lado de la puerta. Vi la cara de Pitol palidecer. Las grandes cejas de Guillermo se alzaron más de la cuenta.

“La sombra de Rupert desapareció del otro lado de la puerta. Vi la cara de Pitol palidecer. Las grandes cejas de Guillermo se alzaron más de la cuenta.”

En esas circunstancias puede pensarse lo que sea, ¿no? Con Pitol presente, pasan por la cabeza relampagueantes imágenes de una abducción extraterrestre, incluso. Fernández estaba a punto de darle cristalazo a su propio baño cuando vimos que, finalmente, Rupert entreabría la puerta y salía, victorioso, disculpándose por haberse encerrado él mismo, sin notarlo.

Nadie más quiso pasar al baño.

Habiéndose sosegado todo, con mucha diplomacia, Pitol me pidió minutos después que lo llevara a casa, no sin antes asestar uno de sus famosos y fraternales apretones al cuello, en este caso a Guillermo, y despidiéndose de pie risueño ante los demás para una fotografía que desafortunadamente no tomamos.

En la calle, con la voz más agravada que de costumbre por la incertidumbre del episodio, algo desesperado, Sergio me ordenó perentorio:

—¡Héctor Orestes, déjame pasar al arbolito, porque si no me voy a mear en tu coche!

Siempre que pienso en él no puedo evitar recordarlo asociado a esas y otras ocasiones, irrepetibles y deliciosas, en que pude compartir hechos de la vida con Sergio Pitol tal y como nuestro gran novelista los ha vivido hasta ahora: como personaje de sus propias ficciones.

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