Pitol, en instantáneas de Bellatin, Boullosa, Ignacio Padilla, Gomis…

A través de la voz de sus amigos, sus críticos literarios y escritores que lo han leído con pasión y lo conocieron, se presentan fragmentos de entrevistas que esbozan la personalidad compleja de Sergio Pitol

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Los siguientes son fragmentos de entrevistas a escritores, académicos, críticos literarios, dramaturgos y amigos personales del escritor poblano; entrevistas realizadas en 2004, grabadas en video como parte del documental (nunca editado) Sergio Pitol: vida desde la literatura.

A través de la voz de sus amigos, sus críticos literarios y escritores que lo han leído con pasión se presentan fragmentos de las entrevistas, que sirven para esbozar la personalidad compleja de un ser que vivió a través de la literatura.

Las anécdotas aquí narradas presentan a un personaje en ocasiones extravagante, divertido, pulcro escatológico, hipocondriaco, viajero permanente, niño huérfano criado por la literatura, al embajador, al traductor y al universitario; al ser literario que habitó este mundo.

Cruce de anécdotas

ANAMARI GOMÍS

Anamari Gomís © Salvador Castañeda / CNL-INBA

– Mi amistad con él surge cuando Arturo Azuela, a la sazón director de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, invitó a Sergio, que llegaba a México de Checoslovaquia después de haber sido embajador y haber permanecido 28 años fuera del país, a coordinar el área de estudios eslavos en la UNAM. Para ese entonces, me encargaba de coordinar la licenciatura en letras hispánicas, y había leído a Pitol, causándome un deslumbramiento profundo El tañido de una flauta. Y un día estábamos en una pequeña reunión Azuela, Pitol y yo, y cuando terminó, Azuela me dijo: fíjate Anamari que Pitol se siente mal del corazón, ¿podrías llevarlo a un hospital? En ese momento yo me asusté muchísimo. Subí a mi hijo al coche y nos lanzamos por los hospitales de México. Finalmente llegamos al Ángeles, y ahí atendieron a Sergio que no tenía nada, más que una, entonces, insipiente depresión. Como todos, también he padecido depresiones, y pude sostener con Sergio una relación estrecha porque entendía sus síntomas. La depresión es una escritura, una escritura distinta. Te ocurren cosas que no entiendes a menos que las hayas vivido.

– Todo investigador que se acerque a Sergio Pitol tiene que visitar su jardín, que no se ubica precisamente en Xalapa [en donde tiene su casa], sino unos kilómetros después. En su jardín existe toda una multiplicidad de variedades florales y de más. Sergio pasea por ahí con enorme fascinación, es parte de su vida y es parte de él, así como parte de él son sus lecturas de Gogol, Chéjov, de Thomas Mann y de Dostoievski, y de todos los escritores que le interesan. […] En El arte de la fuga tiene un ensayo sobre Gabriel Vargas, el creador de La Familia Burrón, y su pasión por este comic es tanta y tan decisiva como la que tiene por cualquier otro escritor. En ese sentido, Pitol vive, y no ostenta, su cultura.

CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ

– Hay escritores para quienes la enfermedad es muy importante. Hay otros para quienes lo importante es la salud, como Goethe. Existen escritores afiebrados, y los hay lúcidos. En Pitol hay fiebre sin duda. Hay enfermedad, por supuesto, como en buena parte de la literatura moderna. Pero hay mucha salud también en la manera en que Pitol se relaciona con el mundo de la novela. Digo “salud” en el sentido de una experiencia solar, [como si dijera] “este es el universo de la literatura y estos son los caminos que decido transitar”; hay mucha conciencia; si tú quieres una conciencia hipersensible, irritada, pero conciencia al fin. En ese sentido, no lo asociaría demasiado con la enfermedad. Lo entendería más bien como un viajero muy fuerte y muy saludable, pues se necesita mucha salud intelectual para establecer todo este mapa [de la literatura] y echarse a andar y a viajar, ¿o no?

– No soy amigo íntimo de Pitol, pero como suele suceder en la sociedad literaria, me he topado con él muchas veces. Fuimos vecinos una época; él vivía aquí en la [Plaza de la] Conchita. Alguna vez lo fui a visitar; fue muy grato. Recuerdo el día en que me iba a casar por primera vez. Estaba yo en ese patio [y señala la Plaza de la Conchita] ya con mi corbatita, todo mono dando vueltas como mosco en un frasco esperando que mi papá, ¡hazme el favor!, pasara por mí para ir a mi boda. Y en eso, pasó Sergio con su perro y me dice: ¿qué te pasa?, y le digo “¿¡Cómo que qué me pasa!?, ¡Me voy a casar!” En ese momento se me quedó viendo con cara de horror. Me ha de haber visto como un ser grotesco propio de la imaginación literaria, y se fue velozmente, o más bien, Sacho, el perro, se lo llevó muy velozmente hacia la plaza de Coyoacán a hacer su paseo matinal.

– En alguna de esa visitas que yo le hice para platicar y tomar la copa allí en su casa de la Conchita, yo hice alguno de los típicos comentarios derogatorios o despectivos sobre Galdós. Un comentario basado únicamente en la estupidez de mi ignorancia. Y Sergio, de manera terminante, me dijo algo así como “bueno, ponte a leer a Galdós y regresas”. Dos o tres años después regresé en el sentido imaginario de la palabra, y en algún artículo dije: bueno, pues yo era de los que hablaba mal de Galdós, y ya me leí no todo, pero sí muchísimas novelas de Galdós, y pues cuánta razón tenía Sergio Pitol en rechazar de inmediato mi facundia y mi ignorancia, y qué agradecido le estoy, no sólo por los libros escritos por él que he leído, por sus libros traducidos que han llegado a mí y que me han enriquecido, sino además por este consejo que él me dio y que atesoro y que ahora, hago público.

IGNACIO PADILLA

– El caso de Pitol es parecido, aunque no del todo, al de Paul Bowles. Ambos son viajeros de por vida, aunque Sergio finalmente volvió; ha vuelto a México después de una largísima estancia en el extranjero. Bowles establecía la diferencia entre el viajero y el turista. El turista es el que siempre visita un lugar en la plena conciencia de que va a regresar para contar, o para recordar, desde el punto de partida aquello que vio; lo cual significa que nunca está en el lugar que realmente visitó. Siempre está imaginándose el lugar desde el cual lo va a recordar. Y el caso del viajero es aquel que parte hacia un lugar sin estar jamás seguro de si volverá, es un viaje al punto de no retorno.

MARIO BELLATIN

– Todos los elementos que rodean su vida cotidiana tienen que ver con la literatura. Es una experiencia bastante curiosa ver dónde termina la persona y dónde comienza lo literario. Por ejemplo, su coche tiene una pequeña biblioteca, un escritorio, una lamparita. Todos los elementos de su casa principal, porque también tiene una cabaña con un enorme jardín que no esta en Xalapa, están construidos y creados para alguien que, 24 horas al día es la literatura. Obviamente el reflejo de su existencia está en los libros, en la conversación, en todos los elementos constitutivos de su persona. Yo nunca había conocido a alguien que fuera un ser literario.

– La esencia del ser literario no tiene que ver con alguien que le “interesa” la literatura o que “vive para la literatura”, es algo distinto. Su paso por la vida y los elementos a su alrededor, las relaciones que establece, la gente, los amigos, todo lo impregna de literatura. Incluso las experiencias concretas. Por ejemplo, una vez fuimos juntos a una clínica para hacernos unas pruebas con un neurólogo. Y yo escuchaba que el médico le decía que estaba completamente sano, que no tenía ninguna enfermedad, pero parecía que era al revés. Sergio había decidido formar parte de una enfermedad determinada, y había sacado ya sus propias conclusiones, que no tenían absolutamente nada que ver con lo que el médico le estaba diciendo. Creo que él construye un universo con reglas similares a las de una narración.

– Él, en su cuerpo y su existencia escribe su propia obra. En esa escritura interviene la biografía, la enfermedad, y lo cotidiano. Pero un cotidiano transformado por su existencia. Cuando visitas su jardín en Xalapa sientes que estas entrando a un espacio distinto. Incluso las cosas más cotidianas se transforman. Es un espacio regido por leyes que no necesariamente son las que conocemos; la relación entre él y sus perros, sus plantas y los libros, y su pequeño cine, y su escritorio donde hace textos en borrador, y el escritorio donde hace textos totalmente en limpio, y esa casa hecha sólo para la literatura, en fin, toda una serie de situaciones que realmente no son muy verosímiles si las tomamos desde el punto de vista de la “normalidad”.

PABLO BOULLOSA

– De él se puede decir lo que se decía acerca de Borges: no es sólo un escritor, es toda una literatura. Habría que hablar de él como traductor de libros, cuentista, ensayista, lector y puente hacia muchas otras literaturas, incluida la suya. Mi deuda con él parte de haberme enseñado a leer a varios autores que yo, o no conocía o conocía mal. No sólo gracias a sus traducciones, sino también a esa última parte de su obra que es de ensayo, de anotación de lecturas y de memorias, y a veces, una mezcla de esos tres géneros, como en El arte de

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la fuga, en donde vemos cómo Pitol se vuelve personaje de sí mismo; una especie de escritor desdoblado o dispuesto, al menos en apariencia, a mostrarnos cuáles son las claves de su obra. Eso no es muy frecuente en la literatura.

– Me llama la atención cómo aunque haya esta cosa escatológica y de la burla y lo ampuloso, cómo pese a todo, la apariencia global que me deja la obra, es de una obra sumamente pulida y cuidada. Y no sé si Pitol quiera dar esa impresión, pero no me importa. No lo veo como un defecto. Al contrario, me parece una gran virtud hablar de todos estos temas, pero hacerlo con gran elegancia; incluso ser elegante aunque te quieras burlar de lo elegante. No sé si tenga que ver hasta con su carácter. Insisto, lo conozco muy poco, pero me parece que es mucho más fácil que cualquiera de nosotros pierda los estribos, haga marraneadas, sea grotesco, a que él, aunque hable de lo grotesco y cuente cómo va a un baño donde se encuentra un olor de mierda y tipos meando que se quedan ahí durante horas como si fuera un agradable cafecito. Imagínate qué habría pasado si Miguel Ángel esculpe un mojón, seguiría siendo un Miguel Ángel ¿o no? ¡Esa es la pregunta! Y insisto, su persona me parece mucho más hecha, contenida, elegante, que nosotros, que somos desarrapados y que a lo mejor, como escritores juveniles aspiramos a hacer “arte”, y acabamos, más bien, emulando a esos personajes de los cuales Sergio Pitol se pitorrea. Nunca también dicho el verbo “pitorrearse” que cuando hablamos de Sergio.

LUIS PRIETO

– Yo conocí a Sergio Pitol en 1950, en ese tiempo los cursos de la UNAM empezaban en febrero. Sergio acababa de llegar de Córdoba, y el encuentro con la Ciudad de México lo impactó. El DF era muy agradable y seguro. Un día, Sergio nos dijo a Licha Osorio y a mí: llegan a la colonia del Valle y se bajan ahí donde diga “banco”.” Eso te da una idea de la gente que viene de provincia… Es un cambio total. Un recuerdo de esa época es que Sergio caminaba con un pie en la acera y otro abajo. A lo mejor eso lo hacía también en Córdoba. Incluso en varias ocasiones tuvo problemas porque le daban unos empujones desde los carros.

– Yo conocí al ser real que inspira la Falsa Tortuga [personaje de El tañido de una flauta]. Siempre andaba metida con artistas de cine, y ella era dizque (h)artista, pero con “h”, porque acababa uno odiándola. Creo que ella ya se murió. Lo más chistoso es que cuando salió el libro un montón de señoras se sintieron aludidas y se pusieron furiosas, sobre todo una que yo quiero mucho y que por supuesto no tiene nada que ver con eso, una colombiana maravillosa que estuvo por un tiempo por acá. A mí me dijo indignada: Sergio me retrato. Y yo no sé porqué, si no es ella.

– Un día estaban todos los viejitos en ese teatro viejo y abandonado que era el Teatro Abreu, donde antes había estado un circo y el famoso faquir “Blackaman” que tenía bichos y serpientes. Ahí en el Abreu nos sentábamos en la parte de abajo, porque nunca se llenaba, y un día estaba hablando no me acuerdo quién sobre política en una tribuna, y detrás de él estaban otros señores en semi círculo al fondo, y empezamos a ver que los viejitos levantaban las piernas, y nos preguntamos ¿¡qué está pasando?! Después llegó un señor y se llevó arrastrando algo. Había mucha excitación. Resultó que había sido un lagarto viejo que comía ratas y había entrado a la tribuna. Sergio se río ese día como loco.

– Monsiváis relató por ahí que una vez llegó nada menos que el representante de Trujillo o de algún país de estos amolados, a la Facultad de Filosofía y Letras a dar una plática, y lo presentaba nada menos que Vasconcelos, en el aula José Martí de Filosofía y Letras, a la que asistíamos todos los días, sin ser alumnos, para oír a los maestros Edmundo O`Gorman, Gaos, y otros. Todos pensaban que nosotros éramos alumnos. Y nos enteramos que iba a venir el representante, ya no recuerdo si de Trujillo o de algún otro tirano, el punto es que nos erizamos. Nos sentamos en primera fila y, delante de todo el mundo nos tapamos las orejas, abrimos un periódico y empezamos a platicar. Los viejos se pusieron furiosos, y el acto se suspendió, porque la gente estaba viéndonos a nosotros y no al imbécil ese. Creo que era la presentación del libro de la esposa de Trujillo, y la presentaba nada menos que Vasconcelos. Se armó una… Amenazaron con expulsarnos de la escuela, el problemon era que no éramos alumnos, y fue divertidísimo eso.

– En Catedral había un sólo campanero para ese gigantesco campanario, y además estaba cojo. Le pagaban creo que un peso por día. Él nos explicaba cuáles eran los repiques, y el de rebato era el que más nos gustaba. Lo tocábamos todo el tiempo, y corríamos por las torres de la catedral como chivos. Fue una época padrísima. Allí había un arzobispo que era todo un personaje, chistosísimo. Sergio lo revive por ahí en alguna novela, se llamaba Monseñor María Martínez. Sergio era malísimo; nos asomábamos por la linternilla de la cúpula y le aventaba caca de gato y cosas de esas, y al rato cuando bajábamos, nos decía: ¡ustedes fueron los cabrones que me echaron quién sabe qué! Era chistosísimo el viejo aquel, aunque algo mal hablado. Nos quería mucho y le caíamos bien. Siempre traía la ropa que usan los curas, y de una de sus bolsas sacaba unos chiclosos deliciosos. Pero luego nos dábamos cuenta que sacaba de la misma bolsa pañuelos llenos de mocos, y nos daba un asco horrible. Y así, nos pasaron cosas sensacionales en aquella época…

LUZ DEL AMO 

Margo Glantz, colaboradora de La Jornada (izquierda), con Sergio Pitol y Luz del Amo, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, anteanoche, durante el homenaje al narrador. Foto María Meléndrez Parada

– A finales de los ochenta fui a una reunión de comisión mixta a Praga, y de ahí nos fuimos [Luz del Amo y Pitol] a pasar las navidades de fin de año a Lanzarote, en las Islas Canarias. En Lanzarote nos quedamos en un hotel de la costa, y se llenaba sobre todo de alemanes y nórdicos. Ahí había una pareja, una mujer como valquiria, muy exuberante, enorme. Siempre se ponía unas flores en la cabeza. Y ella iba con un canchachan que parecía, pues no su pareja normal, ni su marido, sino parecía más bien su padrote. Y entonces Sergio me hizo recorrer tras ellos el hotel, por pasillos, laberintos, lobies, pedazos de playa con piedras que había; y todo porque estaba seguro que ella había sido una gran contrabandista de arte que después de la II Guerra Mundial había llegado a México. Y yo estaba segura que luego vería esta historia reflejada en alguna de sus obras. Claro, no la refleja tal cual, sino que reinventa, reinventa y reinventa. Es un hombre que vive para la literatura, y la conjuga con la vida.

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