Pizarnikianas

LAS CLAVES

Inicio el año 2018 releyendo Poesía Completa (Editorial Lumen. Segunda edición, 2001), de Alejandra Pizarnik (Buenos Aires, 1936 – ibídem, 1972). La tierra más ajena (1955), La última inocencia (1956), Las Aventuras perdidas (1958), Otros poemas (1959), Árbol de Diana (1962), Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de la locura (1968), El infierno musical (1971). // Poemas no recogidos en libros (1956 – 1960; 1962 – 1972): En esta noche en este mundo, Los pequeños cantos, Textos de sombra. Entrar en estos folios: visitar un país de subjetivas cifras y crudas sensualidades. “El tiempo estranguló mi estrella”, proclama Pizarnik.

Llueve: una llovizna cae perseverante y humedece los relojes para que el tiempo sea una irradiación, un puñado de ceniza y un silencio. “No puedo hablar con mi voz sino con mis voces”. Hablo desnudo en la obstinación de la música que me estalla adentro: la melodía persistente del violonchelo de mis pausas se expande sobre el mundo. “Melodía en los huesos, este soplo de silencios diversos, este ir abajo por abajo, esta galería oscura, oscura, este hundirse sin hundirse”: este desconcierto que me acorrala y me acaricia, que me susurra y me allana, que me levanta en la insinuación del mediodía.

Poesía Completa Autor: Alejandra Pizarnik Género: Poesía Editorial: Lumen

Cabalga un caballo herido en estas palabras del deseo. Viene una muchacha desnuda violentada por el insomnio. Llega una blancura untada de presagios y nebulosa mirada en los espejos. // Creo en el azogue. Creo en la memoria de la miel de las abejas. La fosforescencia me abrasa. “Yo trabajo en el silencio / lo hago llama”. Yo oculto al errante entre el sudor de mis piernas y lo hago beber en la resonancia de mi avidez. // “Yo no canto, no celebro, / no bailo desnuda y ebria / sobre mi ataúd. / Pero yo le ruego al poema, yo le pido la luna al poema”.
Códigos. Vecindades. Apremios. Arpas de cuerdas sublimadas (“La noche pulsó un arpa hasta que me adormecí dentro del sueño”). Miedos a las tentaciones. /// Peregrinaje hacia la caída del farallón en busca de mi origen: en busca de la muerte que me asedia. Porque la muerte es una palabra: “La palabra es una cosa, la muerte es una cosa, es un cuerpo poético que alienta en el lugar de mi nacimiento”. // Exiliado en los rescoldos del sol. La anochecida me regala una máscara que me pongo para desandar en la grisura. Vivo en la pesadumbre de la expatriación: soy un ahorcado que se balancea en el árbol marcado con la cruz lila.

Pizarnikianas: “Los ausentes soplan y la noche es densa. La noche tiene el color de los párpados del muerto. / Toda la noche hago la noche. Toda la noche escribo. Palabra por palabra yo escribo la noche” // “La noche sufre” // “Alguien entra en el silencio y me abandona. / Ahora la soledad no está sola. / Tú hablas como la noche. Te anuncias como la sed” // “Pero hace tanta soledad / que las palabras se suicidan”// “Siniestro delirio de amar a una sombra” // “Poco sé de la noche / pero la noche parece saber de mí”// “Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos”// “He desplegado mi orfandad / sobre la mesa, como un mapa” // “Esta lúgubre manía de vivir”.

 

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró es columnista fundador de La Razón. Ha publicado la novela La Orfandad del Esplendor y el libro de textos periodísticos Un Sintagma por Aquí, un Estribillo por Allá. Profesor universitario y conferencista de música y literatura en varias instituciones culturales de México. Sus textos han aparecido en publicaciones de España, Cuba, Puerto Rico y México. Publica en este diario semanalmente las columnas de reseñas y comentarios de discos y libros, El Convite y Las Claves.
Carlos Olivares Baró