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Foto: Especial

De todas las imágenes que me ha obsequiado la literatura, existe una que persiste en mi cabeza. La zapatilla abandonada a media calle de Una mujer infortunada de Richard Brautigan. Publicada por Debate en 2003, la última novela de su autor, fue durante mucho tiempo el único material que se encontraba disponible de Brautigan en español. Sus anteriores publicaciones a cargo de Anagrama datan de la década de los ochenta. El brautiganismo en nuestro idioma se mantuvo dormido durante veinte años. E invernaría casi diez años más. Para resurgir con la justicia que se merece a cargo de Blackie Books.

Desde 2010 la editorial española ha apos-tado por el rescate de Brautigan, pese a aquellas palabras de Herralde: “Publiqué tres novelas con un club de fans tan entusiasta como escaso, así que tiré la toalla”, comenzando con la legendaria La pesca de trucha en Norteamérica. Que por cierto hoy está otra vez agotada. Algunos recordarán aquella versión setentera que se publicó en México con traducción de Federico Campbell. Una obra de culto, que sirvió de faro para algunos autores nacidos en los sesentas y setentas (me incluyo). Y que desató un fervor por atesorar las traducciones de Brautigan como ejemplos de una insana bibliomanía.

Fue primero una estrella de rock, incluía en las ediciones de sus libros su número telefónico para que lo llamaran las chicas lectoras, y después un autor de culto.

Como le ha ocurrido a unos cuantos escritores, el mito se tragó a Brautigan. Se administró a sí mismo una sobredosis de plomo. Como lo haría antes Hemingway y después Hunter S. Thompson. Pero en el camino a su propio aniquilamiento nos legó momentos de insuperable belleza. Quizá décadas atrás la luz Brautigan palideció un poco por los resabios del hippismo que salpican su obra. Pero su revisión lo ha depurado de todos esos malentendidos que circunscriben a un autor a una era específica. Y han situado a Brautigan como lo que es: un forajido que coincidió por accidente con la era del ácido y se sirvió de ella. Lo suyo era el alcohol. Y las mujeres. Pero supo como pocos capturar el espíritu de la era psicodélica.

Describir La pesca de la trucha en Norteamérica es complicado. Un libro de cuentos que no son cuentos en el que todas las historias (algunas no son historias) son protagonizadas por un mismo personaje: La pesca de la trucha en Norteamérica. Que en un texto toma forma humana, luego de objeto, etcétera. Y que concluye con una frase tan hilarante como disparatada. “Siempre quise terminar un libro con la palabra: Mayonesa”. Pero que para llegar a ese punto Brautigan inventa un universo con el que nunca antes había soñado la literatura. Lo que lo volvió primero una estrella de rock, incluía en las ediciones de sus libros su número telefónico para que lo llamaran las chicas lectoras, y después en un autor de culto. Cuya apuesta literaria sigue deslumbrando por su originalidad. Un momento irrepetible de la literatura.

Después de La pesca de la trucha en Norteamérica, la titánica labor de Blackie Books ha continuado y han visto la luz Un general confederado de Big Sur, En azúcar de sandía, El monstruo de Hawkline. Un western gótico y Un detective en Babilonia. Lo que ha revelado que el lector en español desconocía el Planeta Brautigan en toda su potencia. Una obra indefinible, el argumento de cada una de sus novelas debería consistir un género literario en sí mismo. El más convencional, El monstruo de Hawkline, una historia de vaqueros que saben qué es Harvard, trata sobre un par de asesinos a sueldo contratados por unas gemelas mutantes, ha sido considerado para su filmación por Tim Burton y Hal Ashby. Ojalá en algún momento algún cineasta le agarre el modo y veamos en pantalla una de sus historias.

La gran noticia para los brautiganistas que se vayan sumando día con día es que se acabó la arqueología en las librerías de usado. Aunque todavía recuerdo con excitación el día que de un montón de libros rescaté Willard y su trofeo de bolos. Los títulos de Brautigan están de nuevo en circulación y seguro se reeditarán al menos una temporada. Y ojalá su obra para los lectores en nuestra lengua no vuelva a caer en un vacío como los antes mencionados. Esperemos que Blackie Books persista hasta publicar a todo Brautigan. Que además no está de más decirlo, está haciendo un hermoso trabajo de edición. La creación de la Biblioteca Brautigan ha sido uno de los secretos mejor guardados y ahora revelados de la narrativa de la segunda mitad del siglo XX. Que este planeta siga girando. C

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