Por qué los hombres aman a las operadas

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Mi madre con su dentadura postiza; mi padre con su segundo marcapasos; mi ex la que se pintaba el cabello; mi amigo poeta al que le extirparon el intestino grueso; mi ex amante la que se inyecta botox; mi amiga de la rinoplastia; el travesti lorenaherreresco; mi antiguo profesor con su peluquín; mi otra ex, la de los lentes de contacto; yo con mis plantillas ortopédicas. Todos somos cyborgs.

Mis cyborgs favoritos son las operadas. Cada jueves, religiosamente, a las seis de la tarde me lanzo a heb con el pretexto de surtir una kilométrica lista del mandado, de la que voy descartando artículos, todos necesarios hasta que se reduce a un par de botellas de tinto y doce cervezas. Deambulo por los pasillos con el fino objetivo de propinarme un festín visual de cirugeadas. Esgrimiendo mi panza chelera (para espanto de las fitness), con los audífonos puestos, escuchando el Post Pop Depression de Iggy Pop, me paseo admirando las maravillas que el quirófano le ha obsequiado a la civilización. Podría inscribirme a un gimnasio, como tantas legiones de calientes que conozco, pero no. A mí no me atraen las bondades de la proteína. Yo soy un adorador del bisturí.

A mí la vida me jugó chueco. Me engañó. Creí que la sublimación se alcanzaba a través del arte. Pero la literatura es un fraude. Me habría sublimado más la lucha libre. Pero babeando por la sección de carnes de heb comprendí, con delay, que mi vocación se debía a la cirugía estética. En mis recorridos, peino la tienda dos horas (hasta las ocho de la noche que las operadas regresan a sus catacumbas). Junto a las cajas registradoras me topé un libro. Por qué los hombres aman a las cabronas. Pff, me dije. Los hombres aman a las operadas. “¿Por qué los hombres son románticos al principio de la relación y luego cambian?”, “¿Por qué no aprecian a las chicas buenas, sumisas y sacrificadas?”, éstas y otras preguntas adornaban la cuarta de forros. Una posible respuesta es la siguiente: las niñas buenas no se operan.

Es un círculo vicioso. Como mis vueltas por panadería, lácteos y salchichonería. Para fildear a cuanta reconstruida se atraviese. En ocasiones me detengo en frutas y verduras y tiro un lazo para iniciar una conversación. Disculpe, no sé cuál de estas dos bolsas de hoja de lechuga comprar. Ah, pues le recomiendo la marca Señor sabor. Pero trae muchos troncos. Sí, podré ser un tanto proclive al valemadrismo, pero existen cosas que no tolero, como una ensalada con troncos de lechuga. A veces hago uso del refinamiento a la hora de comer. No todo son los tacos de pavo del Xel Ha. Ah pues, entonces lleve Nutribits, me responde la operada mientras yo le veo sus tetas de tres mil dólares. ¿Se las hizo en Houston o en Monterrey? ¿Perdón? No lo escuché. Nada, respondo, decía que qué buena luce la espinaca.

Como si se tratara de un álbum de estampas, en mis caminatas voy palomeando a las mujeres mientras sopesan aguacates, piden que le corten las rebanadas de pechuga de pavo más delgadas o leen la información nutrimental de los pita chips con chipotle. Operada, operada, operada, re-operada. Soy bueno para calcular la curvatura de los senos. Mi aparato de medición interno es a una distancia prudente. La primera vez que toqué unas tetas operadas fue en un teibol dance, como muchos de mi generación. Pero en la actualidad es escandalosa la cantidad de operadas que andan libres por los supermercados. El confesionario ha dejado de ser el refugio por antonomasia de la mujer moderna. Nadie va con el cura a recitarle acúsome padre de haber pecado. Me puse unos implantes copa F.

No pocas tardes he coincidido con el Migajón Morales en heb. Su vicio son las operadas. Milf’s, cougars, pero operadas. Ah, la vida sería perfecta si dentro del súper nos dispusieran unas sillas y pudiéramos destapar unas cervezas.

El contenido de mi carrito del súper va menguando hasta que sólo me llevo a casa una botella de tinto y unas cervezas. Y unos pistaches con pimienta.
Papá, ya me quiero ir, me dice mi hija. ¿Me compras la granola que tiene chocolate? Ok, tómala. Y nos encaminamos a la caja. A hacer fila detrás de una operada. Por qué los hombres amamos a las operadas, me pregunto sin querer en voz alta. Pues porque cuando eran niños no jugaban con Barbies, contesta mi hija. Es mi turno para pagar. Pero no me quiero ir. ¿Seré acaso yo también una operada? Pero mis chichis no son de silicón, son por culpa de las malditas hormonas del pollo frito.

Una operada es una operada es una operada.

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