¿Por qué no renuncia Daniel Ortega?

VIÑETAS LATINOAMERICANAS

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Un conocido ideólogo del régimen cubano, que publica con frecuencia en Cubadebate, el diario electrónico del Partido Comunista de la isla, escribió lo siguiente a propósito del triunfo de Andrés Manuel López Obrador en México: “en las últimas décadas ascendieron y cayeron numerosos gobiernos antineoliberales en Latinoamérica, y sólo los que han logrado realizar las transformaciones más profundas han sobrevivido”. Sobrevivir, entiéndase, como sinónimo de preservar la jefatura del Estado.

El autor no está seguro de dónde ubicar a López Obrador: si en la izquierda o en la derecha o si en la izquierda radical o en la moderada, que, a su juicio, no es otra cosa que el rostro amable de la mismísima derecha neoliberal. Pero de lo que no tienen duda, ni él ni el gobierno que con tanto celo defiende, es que la mejor prueba de la existencia de una verdadera izquierda es su permanencia indefinida en el poder.

Según esta mentalidad de hooligan latinoamericano, la izquierda que pierde el poder en unas elecciones democráticas, como Daniel Scioli en Argentina, o por medio de un juicio político, como Dilma Rousseff en Brasil, es porque no hizo “transformaciones profundas”. En cambio, la que sí se mantiene en el poder, a costa de la represión de opositores, la neutralización de la sociedad civil y el castigo de toda disidencia como traición a la patria, al estilo de Nicolás Maduro en Venezuela o Daniel Ortega en Nicaragua, califica como verdadera izquierda radical.

Lula hizo en Brasil transformaciones mucho más profundas que Ortega en Nicaragua y nunca promovió la reelección indefinida del presidente ni la inhabilitación de opositores. Al final, la identidad decisiva de esa izquierda que presume de más radical es el autoritarismo de la retención perpetua del poder. Es justo en esos países, los gobernados por la variante más ideológica del “socialismo del siglo XXI”, donde las causas más renovadoras de la izquierda contemporánea están más atascadas.

Ni Castro, ni Maduro, ni Ortega pueden exhibir otra prueba de su “radicalidad” que no sea ésa: la permanencia en el poder. Cualquier otro tema de la agenda radical de izquierda —equidad de género, matrimonio igualitario, despenalización de drogas, derechos ambientales, autonomía comunitaria, ciudadanía posnacional— está más atrasado en esos países que en Uruguay, donde hay alternancia política, o en Brasil y Argentina, donde la izquierda perdió el poder.

Daniel Ortega ha conducido una política económica neoliberal, en franco entendimiento con el capital financiero internacional, pero eso no importa a la hora de incluirlo en la “izquierda profunda”. Se merece tal calificación por su apego al mando y su contundencia represiva. La alta valoración dentro de los sectores más ortodoxos de la isla lo convencen de que, en efecto, no tiene sentido renunciar. Mejor permanecer, aunque mueran 300 jóvenes. Al fin y al cabo esa obcecación será premiada en La Habana y en Caracas.

Rafael Rojas

Rafael Rojas

Historiador, internacionalista.
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