Propiedad privada compartida

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La propiedad privada ocupa un lugar central en la cosmovisión de diversas ideologías, pues para unos hay que protegerla y para otros abolirla, unos la consideran el origen del progreso y otros la causa de la miseria, unos fomentan su expansión y otros tratan de reducirla con impuestos. Sin embargo, de un tiempo a esta parte se ha entronizado en muchos lugares del mundo un concepto que ha adquirido carta de ciudad. A saber, la “propiedad privada compartida”, una figura que no es un alquiler aunque irrite a ciertas empresas de servicios. Los propietarios a secas pueden tener mala prensa o no, pero los propietarios que comparten sus propiedades adquieren una imagen que oscila entre lo cool y lo “progresista”.

Uno de los fenómenos que más llama mi atención es el de las viviendas compartidas y no me refiero a plataformas como “Airbnb”. Así, en España hay más de medio millón de viviendas compartidas que no tienen nada que ver con los departamentos de estudiantes de toda la vida, porque en la mayoría de esos casos no existe una transacción mercantil. Hablamos de parejas jóvenes que comparten gastos o de personas mayores que acogen incluso a familias enteras que se comprometen a cuidar a los ancianos que comparten su propiedad. ¿Se produce dentro de esas viviendas alguna clase de intercambio de servicios? Sin duda, pero se trata de acciones individuales, voluntarias y desinteresadas sobre las que no debería aplicarse ningún tipo de presión fiscal.

Por otro lado, desde hace unos años dos de mis hijos se desplazan entre Madrid y Sevilla a través de una plataforma llamada Blablacar, un sistema que les ahorra mucho dinero porque viajan con otras personas que comparten el uso del coche más los gastos del combustible. Reconozco que yo jamás recurriría a Blablacar porque no me imagino viajando con desconocidos, pero los jóvenes tienen redes sociales donde interactúan con personas que tampoco conocen y por lo tanto el famoso Blablacar tiene que ser lo más parecido a un Facebook con ruedas. Por supuesto que los trenes, los aviones y los autobuses están llenos de desconocidos, mas no existe el compromiso de alternar con ellos y mantener conversaciones. En cambio, viajar en el coche de otra persona y no darle palique durante cinco horas se me antoja muy violento.

Veo que cada día aparecen nuevas fórmulas de uso compartido de distintos espacios como oficinas, viviendas, cocinas y estudios de baile, grabación o pintura, que arrasan entre los más jóvenes y que probablemente le hagan tilín a más de un talludito, aunque admito que ninguna de esas modernidades me atraen, por no hablar de las nubes o discos duros virtuales cuyos gigas van creciendo a medida que aumenta el número de usuarios comunes que aloja en ellos sus fotos, videos, películas y documentos. Soy alérgico a compartir cualquier cosa con alguien que no pertenezca a uno de mis círculos más íntimos e incluso sería reacio a compartir según qué cosas dentro de mi entorno laboral, pero a lo mejor ahí radica el éxito de la fórmula: lo cool es compartir con desconocidos.

Por ejemplo, creo que jamás podría compartir en vida mis guitarras, los libros de mi biblioteca o mis discos de vinilo (los CDs me dan igual), porque no soportaría que las rasguñen, que doblen las esquinas de las páginas o que los rayen, respectivamente. Lo sé, soy un desadaptado de otra época, pero si apenas tengo tiempo de responder los correos electrónicos de las personas que conozco, ¿cómo podría dedicarle tiempo a los desconocidos a través de las redes sociales? En mi caso sería una contradicción.

Marx lo tendría chupado para acabar hoy con la propiedad privada, pues sólo tendría que proponer el uso creativo, elegante y por supuesto compartido de los bienes individuales. Sería entrevistado para las secciones de “Tendencias” de la prensa burguesa y lograría con glamour lo que no consiguió con revoluciones, pues vivimos en un mundo nuevo donde el único bien inalienable ya no es el cepillo de dientes sino el celular.

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