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La poetisa en una imagen de 1850.

Emily Dickinson nació en Amherst, Massachusetts, Estados Unidos, en 1830. Su “vida retirada” siempre ha sido un misterio. Escribió más de mil 600 textos poéticos, de los cuales dio a conocer una decena. Aislada voluntariamente en la casa familiar, hasta su muerte en 1886,  edificó un cosmos de espiritual consonancia: alucinación de la realidad que la acechaba en la música de una resuelta orfandad. Fue hasta el año 1955 cuando se publicó su Poesía Completa.   

Trasparente soflama, casi en los recodos del silencio: austeridad expresiva marcada por una precisa y singular retórica: poemas breves en las espirales de lo cotidiano que ponen a los lectores frente a un almanaque de quietudes enigmáticas. Poesía de la extrañeza, del desconcierto sigiloso que dialoga con los apremios del espejismo latente en la neblina de los sueños.

Emily Dickinson lega una de las obras más originales y axiomáticas  de la poesía moderna.  La pregunta sigue desafiando todas las sospechas: ¿Cómo pudo esta mujer, que vivió toda su vida, mediados del siglo XIX, en Amherst, un poblado de Massachusetts  —en total encierro, sin inmediación con la literatura de otros lugares— forjar una obra que cambió el rumbo de la poesía contemporánea?  Sólo Dios y la soledad de su cámara nupcial lo saben.   

Carta al mundo. Veinticinco poemas de Emily Dickinson

Aparece Carta al Mundo. Veinticinco poemas de Emily Dickinson (Bonobos, 2017): versiones y prólogo del poeta, ensayista y traductor Hernán Bravo Varela (Ciudad de México, 1979). Cuaderno que retoma las estrofas de Dickinson en la demanda de sellar nuevas conjugaciones de unas “canciones del alma en la íntima comunicación” (San Juan de la Cruz) de la cadencia de una tajadura lírica  que nos sigue inquietando.

“Realizo estas versiones al español porque Dickinson —junto con Whitman y Manley Hopkins—es la poeta más importante de la lengua inglesa del siglo XIX: artífice de una revolución sólo comparable al nuevo arte del verso libre (Whitman); y a la audacia e inventiva formales de Manley Hopkins. Dickinson y Mallarmé, heredaron el futuro a la poesía occidental del siglo XX”, dijo a La Razón Bravo Varela.

¿Emily Dickinson o el sufrimiento ensoñado? No hay sufrimiento ensoñado. Hay compasión: pathos compartido entre su desconocido lector y el mundo que rechazó cartearse con ella. El sufrimiento es una convención social, y hasta literaria, que la autora, en su insilio, quizá juzgó como una corrupción del dolor propio y ajeno.

El escritor Hernán Bravo Varela, en entrevista con La Razón. Foto: Carlos Olivares Baró.

¿Carta al mundo desde la soledad de Amherst? Sí; pero, “una soledad demasiado ruidosa”, poblada de voces inauditas en esos mil 600 poemas que dejó. En esa soledad, Dickinson creó una de las obras más extraordinarias de la poesía de todos los tiempos.

¿Qué criterio tomó en cuenta para la traducción de los poemas? El principal: mantener el tono asordinado de la voz de Dickinson, su vecindad con el silencio, sus peculiaridades ortotipográficas: guiones largos y el agudo empleo de mayúsculas en determinadas palabras.  Busqué conservar la música aparentemente naïf de sus versos, que contrasta con la hondura, a veces insondable y hasta agramatical, de sus visiones.

¿Cómo enfrentó usted estas lentas sílabas de los ángeles que son los versos de Dickinson? Con pavorosa admiración, con la certeza de que mis versiones no serían sino un ojo de llave al inclasificable y personalísimo universo de Emily Dickinson.

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró es columnista fundador de La Razón. Ha publicado la novela La Orfandad del Esplendor y el libro de textos periodísticos Un Sintagma por Aquí, un Estribillo por Allá. Profesor universitario y conferencista de música y literatura en varias instituciones culturales de México. Sus textos han aparecido en publicaciones de España, Cuba, Puerto Rico y México. Publica en este diario semanalmente las columnas de reseñas y comentarios de discos y libros, El Convite y Las Claves.
Carlos Olivares Baró

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