Putinismo tropical

DISTOPÍA CRIOLLA

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Hace unos meses, consultado por una reconocida agencia de noticias rusa, comparé los procesos electorales del país eslavo y Cuba.

Me pareció un ejercicio interesante, puesto que —conocedor de ambos contestos— podría decir algo distinto a las fobias y filias que convierten a la opinión pública en alacena de lugares comunes. El resultado fue interesante: a una parte del equipo le pareció sugerente la nota; otra la vetó. Los putinistas jóvenes fueron rebasados por los tardoestalinistas. Y la entrevista pasó a dormir, en algún archivo.

Comencé explicando que, por su naturaleza, ambos regímenes aliados pertenecían a especies distintas. Un régimen híbrido como el ruso mantiene, con todo y sus retrocesos o devaneos, todos los atributos del autoritarismo competitivo: hay espacios —reales aunque acotados— para la enseñanza, crítica, protesta y organización independiente al Estado. El presidente Putin sale masivamente electo por voto popular —reconocido hasta por los observadores independientes y de la OCDE— y mantiene la interacción con sus ciudadanos en formatos de foro públicos y digitales.

En la isla, hasta el momento en que se escriben estas líneas, el ejercicio autónomo de la política no se compara al de su aliado eslavo. Con un partido único, con un parlamento sin fracciones ni posturas independientes, sin la posibilidad de elegir a su presidente, constituir legalmente una emisora de radio, un periódico impreso, una universidad o encuestadora “por cuenta propia”, los ciudadanos cubanos están por detrás de sus homólogos rusos. Y el dinamismo de calle que ha intentado implementar el nuevo presidente no basta.

Paradójicamente, cuando se cruzan los resultados de las percepciones ciudadanas resulta que las prioridades de los residentes en las orillas del Volga y el Almendares no son muy diferentes. La estabilidad y bienestar socioeconómicos, la seguridad personal, la necesidad de combatir la corrupción y el disponer de instituciones que funcionen para la gente son comunes a rusos y cubanos. Una mayoría parece preferir una buena gobernanza antes que una épica masiva que recupere íntegramente los derechos y mecanismos de la democracia liberal. Y aunque algunos sabemos que sin estos últimos será siempre difícil preservar los primeros, la experiencia histórica demuestra que la rápida degeneración oligárquica de la democracia conlleva, con apoyo de masas, la irrupción de liderazgos y estados proclives a cambiar orden por libertad.

Por todo ello repetiré aquí lo indicado en la entrevista congelada, opinión retomada —para espanto de colegas— en un foro reciente: en Cuba hay terreno abonado para un putinismo tropical. La articulación de un liderazgo personal fuerte con tecnócratas dinámicos, la renovación de la sociedad civil leal y la tolerancia a las voces y activismo cívicos, la sustitución de la iconografía revolucionaria ajena a una nación que oscila entre la reforma y el conservadurismo pueden ser elementos tomados del putinismo tropical. Avance que si bien no traería las bondades poliárquicas que muchos deseamos, al menos establecería un espacio de coexistencia negociada donde cabrán todos los proyectos de modernización estatal, activación cívica y conexión con las lógicas de la gobernanza global. Y todos viviríamos, desde las coordenadas reales del contexto y sin maximalismos, un poquito mejor.

Armando Chaguaceda

Armando Chaguaceda

Politólogo e historiador.
Armando Chaguaceda

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