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Foto: Especial

Si usted cree que ama el rock es porque no conoce a Kiko Riojas.

Existen encuentros que te cambian la vida. Durante su niñez Kiko descubrió a Kiss y su admiración por la banda se convirtió en uno de los ejes de su existencia. En los años setenta era frecuente ver a cuartetos de niños en cada barrio del país maquillados como el Gato, el Galáctico, la Estrella y el Demonio dando conciertos en piñatas y eventos sociales de todo tipo, aporreando tinas y haciendo el air guitar con escobas desdentadas. De esta admiración surgieron creaciones de la banda como el artista plástico Daniel Guzmán (de quien sin duda debería haber un dibujo de Kiss en el Kiss Lounge); King Buzzo, el líder de Melvins, cuyo fervor por el cuarteto lo llevó a crear uno de los cóvers más sensacionales que se hayan hecho sobre Kiss: “Goin’ Blind”, incluido en su álbum de 1994 Houdini; o el Sereno, protagonista del capítulo “Kiss contra los fantasmas II”, del libro de Titanes del coco de Fabián Casas, el Sereno sería famoso por presentarse a su fiesta de boda de smokin pero maquillado como Ace Frehley; y por supuesto a Kiko Riojas.

En 1975 Riojas se topó con el Demonio. Sí, nada menos que con el mismísimo Gene Simmons. El hombre con la lengua de pornstar. Y la admiración mono que siempre había exultado por Kiss se volvió stereo. Fue tal el impacto del acontecimiento que Kiko se metió en una misión divina. Crear un museo en honor a Kiss. Fue así como nació el Kiss Lounge. En The Dirt, la bio de Mötley Crüe, Nikki Sixx contaba lo sorprendido que estaba de que Gene Simmons hubiera comprado los derechos cinematográficos del libro después de que había echado a Mötley de una gira por desmadrosos. Este gesto describe a la perfección a Simmons, quien entiende como nadie que el negocio del rock and roll es salvaje y la memorabilia es la memorabilia. Este tipo de mentalidad es la que infectó a Kiko. Se le adelantó por completo a Simmons. Si Riojas no hubiera creado el Kiss Lounge, más temprano que tarde la idea hubiera germinado en Gene.

Ubicado en la carretera México-Toluca, el Kiss Lounge parece salido de un guión de Robert Rodríguez. Como set cinematográfico es espectacular. Yo no me dedico al cine, pero si un día se me ocurre filmar una cinta de vampiros, zombies o periodistas de rock, no faltará una escena en sus entrañas. El Kiss Lounge es un bar-museo-santuario dedicado por entero al grupo Kiss. Es un pasón de Kiss. Una sobredosis de parafernalia. En su interior se resguardan más de 7 mil 500 artículos en exhibición de merchandising inspirada en la banda. Abrió sus puertas en 2003 y este año cumple quince de respirar como una bestia henchida de la incontestable devoción que provoca el rock & roll.

El Kiss Lounge no es un museíto cualquiera. No señor, en memorabilia le compite al Museo del Grammy de Los Ángeles. En ningún antro dedicado a la historia del rock me he sentido tan impresionado como en el Kiss Lounge. Si bien el Museo del Grammy tiene la chaqueta de Michael Jackson, la cantidad de objetos del Kiss Lounge es mayor. Para adoradores de Kiss, Kiko Riojas. Ha atesorado parafernalia durante décadas. La colección no sólo se compone de artículos de venta al público, sino también de objetos que la misma banda le ha obsequiado a Kiko. Para lo cual el dueño de este templo ha acompañado al cuarteto por todo el planeta. Y ha conseguido lo impensable: establecer una relación personal con una de las bandas más famosas de la historia.

Si existe una banda que haya profundizado más que Los Beatles en el merchandising, es Kiss. Y la pasión de Kiko por Kiss se ha ganado el respeto de la RIAA (The Recording Industry Association Of America), que le obsequió todos los discos de oro y de platino que ha ganado la banda. Y con estos arranca la exposición permanente que alberga el Kiss Lounge. La sola visión de los discos es alucinante. Tres paredes tapizadas por las placas enmarcadas. Entonces viene lo que es el bar. Olvídense del Titti Bar en Del crepúsculo al amanecer. El Kiss Lounge es una verdadera cámara de los horrores. Por su poder de hechizarte. Se te cae la baba por horas contemplando los miles de objetos que conforman el decorado. Muñecos, condones, maquillaje, ropa, yoyos, juegos de cartas. Lo que se te ocurra, existe. Y de la marca Kiss. Mientras de fondo suenan las bandas tributo a Nirvana, Led Zep, Kiss, etcétera, que amenizan todas las noches y el Jack Daniel’s corre como líquido seminal.

Quince años de besar al diablo. Larga vida al rock y al Kiss Loung. Bendito sea Kiko Riojas.

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