Rafael Tovar y de Teresa
Un estadista de la cultura

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Por Adolfo Castañón

Conocí en persona a Rafael Tovar y de Teresa en una cena a principios de los años noventa. Me llamó la atención la vehemencia y detalle con que recordaba ciertas obras literarias. Esa noche hablamos de Lampedusa y de Proust, ambas figuras muy caras para él y para mí, charlamos de El gatopardo y À la recherche du temps perdu. Nos presumimos mutuamente aspectos que nos eran caros de esas obras. Le regocijó que yo recordara La piedra lunar y “El profesor y la sirena” del primero, a mí me gustó su apreciación de las obras de arte imaginarias en las obras del francés, la sonata de Vinteuil, la pintura de Elstir y su percepción de la naturaleza suntuosa de ciertas personas. Tenía desde luego afinidades y parecidos con su hermano Guillermo Tovar y de Teresa de quien yo era amigo por fuerza editorial y afinidades bibliófilas. Advertí que tenía, al igual que éste, una sólida formación musical y que era capaz de jugar al
juego de adivinar el compositor de una obra —ya fuese Mozart, Beethoven, Brahms, Chopin o Bach— a partir de la evocación de tres o cuatro compases que sabía tararear como si hubiese tomado clases de solfeo. Fuimos amigos a la distancia, lo sentía como un compañero, nunca trabajamos en un sentido estricto en la misma oficina, aunque barruntábamos que pertenecíamos a mundos afines o paralelos en distintas esferas del mismo palacio. Sabía que podía hablar con Rafael de Lord Chesterfield y de Jackson Pollock, de Iannis Xenakis y de Pablo Martínez del Río, de
José Clemente Orozco y del Bosco, de Julio Torri y de Aldo Manucio, de Octavio Paz y de José Luis Martínez, de Goethe, de Schiller, de Byron y de Vincent Van Gogh, de Carl Sagan o Stephen Hawking, del Chateau d’Yquem y del vinho verde. Sabía de su pasión por el arte y de su genuina
adhesión interior al hecho artístico y a su solidaridad con sus hacedores. Su posición como responsable de la cultura en México era indiscutible, en la medida en que la vivía en carne propia y día a día se desvivía por ella. Tenía entusiasmo, y una asombrosa y proteica capacidad de autodidacta genuino ávido de aprender y de medirse a sí mismo contra las reglas de oro de la geometría o las escuadras del cálculo político. Rafael era un político o, más bien, un estadista de la cultura, con algo de camaleón, al estilo de El Gatopardo y con aires astutos de zorro que sabe dar a cada cual su lugar o cederlo para permanecer en la fila a la espera de que maduren las uvas. A su gusto de dandy le gustaba llevar trajes de tweed, sweaters de cashmire. Le gustaba el color gris entre semana y el amarillo los domingos. Era como uno de esos virtuosos de la interpretación musical que terminan transfigurando la música que tocan para devolverla en un adagio al reino originario de donde salió…. Esa capacidad de interpretación artística le permitía ser un improvisador en el sentido fuerte de la palabra, uno de esos directores de circo ruso que lo mismo saben domar a un león, que tragar fuego o subirse al trapecio a danzar sobre la cuerda sin perder nunca el aplomo ni la elegancia. Era un ser bien nacido, hijo del amor y de la memoria No en balde una de sus novelas se titula Paraíso es tu memoria (2009). El titulo cifra un destino.

El nombre compuesto de Rafael Tovar y de Teresa era indicativo de un linaje de noble cuna, que compartía con sus hermanos y, en particular, con Guillermo. Afinados ambos en una educación estética, artística y musical, los dos fueron artistas de la memoria a su manera. Rafael estudió historia, al final escribió novelas nostálgicas de la belle époque marcada por la saudade de Porfirio Díaz, que a su vez eran sintomáticas no sólo de su deseo de ser escritor, sino de aparecer como un heredero y un cronista digno de lo que había visto y oído, según ilustran El último brindis de don Porfirio (2012) y De la paz al olvido. Porfirio Díaz y el final de un mundo (2015). Estas obras lo presentan como un testigo de los testigos, un heredero de los libros trasatlánticos de la memoria. Era un entusiasta y un amateur de las artes en todas sus variedades, un catador del arcoiris de la civilización y un visitante asiduo de museos y galerías, salas de concierto, de exposiciones, espectáculos, sitios arqueológicos, mercados de antigüedades, brocanteurs, talleres, laboratorios, ciudades y puentes… Un curioso ávido de novedades —como lo prueba la cascada de proyectos, empresas, agendas, ciudades de la memoria y de la historia que impulsó—, sin perder el pie en el conocimiento y la estimación de los monumentos y documentos clásicos. A esa curiosidad hay que añadir el rigor del que conoce los delicados vasos comunicantes que rigen el derecho y la cultura, el patrimonio material e inmaterial de una cultura que él supo representar y administrar con modestia visionaria a lo largo de los años. Adivino que la fundación de la Secretaría de Cultura fue la realización de un sueño pero también la primera piedra de la construcción de una ciudad inspirada en el matrimonio de las artes, las ciencias y la técnica. Recuerdo haberlo oído hablar recientemente en público dos veces. Las dos, improvisó como un orador de antes, es decir sin perder el hilo ni la sindéresis. Una fue en el homenaje a su amigo y compañero de andanzas diplomáticas, el novelista Fernando del Paso, la otra cuando se inauguró la librería del Fondo de Cultura Ecónomica en memoria de su hermano Guillermo. En la primera compartió su excitación por el progreso de composición de la novela Noticias del Imperio de cuya escritura fue testigo directo y cotidiano en París. En la segunda se permitió evocar sus años de infancia cuando recorría el centro con su hermano en busca de maravillas virreinales sepultadas por el tiempo. Mientras hablaba, pensé en aquellos precoces arqueólogos que a medida que transitaban por la ciudad iban sellando un pacto de lealtad inmemorial con ella. Lo imaginé bebiendo el agua que destila la memoria por entre las viejas piedras de los edificios en ruinas, acaso guiado por los estudios de Manuel Toussaint. Cuando terminó de hablar, me acerqué a él y le di un largo y apretado abrazo. No sabía que sería la última vez que lo haría así, aunque luego lo volví a ver. La última fue en la ceremonia de entrega de los Premios José Pagés Llergo, organizados por su hija Beatriz, en memoria de su padre, el fundador de Siempre! Nos saludamos de lejos y nos quedamos mirando largo como dos viejos conocidos que se reconocen en el camino. Que descanse en paz el comulgante de la Capilla Sixtina y de Miguel Ángel, de Leonardo da Vinci y de Rafael, de los antiguos abuelos mayas y de los prodigiosos etruscos cuyos sueños supo traer a México para fecundar con esas semillas un reino digno de la nueva América mexicana.

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