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"La cinta es un volcán de mercancía y de entretenimiento fatuo diseñado por comité para los fans obsesionados con referencias, citas y ‘huevos de pascua’.”

(Como de costumbre aquí hay spoilers.)

Todo mundo sabe que el ADN de la saga de La guerra de las galaxias está hecho de la fórmula del género de aventuras de capa y espada fusionada con los clichés del valor y sacrificio del cine de la Segunda Guerra Mundial. El decorado de ciencia ficción u ópera espacial tiene a menudo un valor casi cosmético en estas cintas. Cuando esta serie mira al cosmos en realidad mira hacia el pasado. A lo largo de tres trilogías las tramas podrán ser enredadas o superficiales pero inevitablemente son reiterativas, conservadoras y giran en torno a legados, a conflictos intergeneracionales y al destino del universo en manos de unas cuantas familias nobles. Por estas secuelas han desfilado ecos bíblicos (del antiguo y nuevo testamentos), historias homéricas y por supuesto relatos shakespearianos. De continuarse extendiendo la franquicia agotará eventualmente todos los mitos y leyendas de la humanidad. En Los últimos Jedi, de Rian Johnson (Looper, 2012), Kylo Ren (Adam Driver), parece por fin darse cuenta de ese círculo vicioso y proponer dejar que “… todo lo viejo muera para dar lugar a un nuevo orden”. Aquí el guionista y director, Johnson, insinúa querer liberarse del dogma, romper con las estrecheces narrativas y las restricciones de la franquicia (esta es de hecho un reciclaje de El imperio contraataca, Irvin Kershner, 1980), ahora en manos del otro imperio del mal: Disney.

En The Force Awakens (JJ Abrams, 2015), podíamos anticipar que Kylo se convertiría en el nuevo Darth Vader y que aplastaría sin piedad a los rebeldes. Sin embargo, aquí lo encontramos como un hombre dubitativo, y su líder supremo, Snoke (Andy Serkis) lo sabe. ¿Cómo no va a saberlo si puede leer mentes? Una vez que nos habíamos hecho a la idea de otro monstruo con una pesada máscara metálica, Kylo despedaza su flamante casco en un arranque de ira. No obstante, el hijo de Han Solo (Harrison Ford) y la princesa Leia (Carrie Fisher) no duda en cuanto a qué bando pertenece sino que cuestiona la relevancia de una guerra antigua que se pelea por valores cada vez más insignificantes. Abrams retomó la serie con reverencia extrema, aportando nuevos personajes como Rey (Daisy Ridley), Finn (John Boyega) y Poe Dameron (Oscar Isaac), así como reintegrando a la vieja guardia. Johnson continúa la historia a partir del encuentro de Rey y Luke (Mark Hamill) y pronto se atreve a inyectarle su firma propia. Los últimos Jedi comienza en la desesperación, al tiempo en que la Alianza Rebelde, que aquí se llama la Resistencia, es bombardeada por la Primera Orden, la más reciente encarnación de las fuerzas del imperio, que conserva su aire militarista y orgullosamente fascista. El hilo conductor de la cinta es la operación militar en contra de los rebeldes, un ataque devastador que tiene resonancias de Dunkerque (Nolan, 2017). Entre batallas espaciales se insertan dos subtramas: la misión un tanto redundante de Rey y Chewbacca (un clásico “MacGuffin”) y la aún menos relevante aventura de Finn y Rose Tico (Kelly Marie Tran), que tratan de contratar a un hacker para bloquear el sistema de rastreo de las naves imperiales (un típicored herring). Ambas misiones fracasan y aunque Luke eventualmente interviene al confrontar a Kylo, lo hace a distancia por lo que la intervención de Rey parece intrascendente. Pero estas tramas definen y redondean a los personajes, establecen relaciones y juegan con las escalas narrativas: del macro a lo íntimo.

El serial de La guerra de las galaxias debe buena parte de su encanto a los saltos cósmicos que nos llevan de un rincón del cosmos a otro extremo remoto del universo. Esa obsesión geográfica de alinear vistosas postales nos ha acostumbrado a un relato discontinuo, repleto de exotismo, a un entretejer de historias secundarias que van de lo novedoso a lo familiar, de los desiertos a las junglas y de las megaurbes a las montañas, con un frenesí de mostrar más y más, quizás por temor de que la historia no sea suficientemente interesante o atractiva. Por otro lado esta serie celebra la mística y épica de la “guerra justa”, de una rebelión sin ideología, iluminada por una vaga noción de democracia, guiada por líderes justos, aunque algunos de estos próceres de cuando en cuando sean seducidos por el Lado Oscuro. De cualquier manera la lógica de esta serie estaba cimentada en una perspectiva maniquea del bien y el mal. Aquí la trama da un salto hacia el realismo, cuando se revela que ambos bandos compran armas a los mismos mercaderes de la muerte. Esto debería servir para proyectar la historia a otra dimensión, sin embargo tan sólo sirve de preámbulo para un escape a bordo de un cuadrúpedo con aspecto de caballo-cabra. Asimismo, cuando Luke critica a la orden de los jedis como una fuerza corruptora y arrogante, su análisis no lleva a una reflexión de la relación entre el poder de la fuerza y el poder del Estado. La crítica social parece demasiado enojosa y no volvemos a ella, por lo menos en este episodio.

Johnson ha demostrado ser un cinéfilo esmerado y talentoso, capaz de crear imágenes poderosas y fascinantes: su rojísima sala del trono con feroces guardias samuráis es una llamativa influencia de Akira Kurosawa y la caverna de espejos, donde Rey se convierte en una entre miles, en una extraña coreografía de la identidad, que podría recordar al Orfeo, de Jean Cocteau (1950) y La dama de Shangai, de Orson Welles (1948). Sus secuencias de batalla son dignas representaciones y evocaciones de los mejores momentos de las anteriores trilogías, así como de otros clásicos. Lamentablemente la cinta es un volcán de mercancía y de entretenimiento fatuo diseñado por comité para los fans obsesionados con referencias, citas y “huevos de pascua”. Johnson intenta también resistir a esos impulsos comerciales y al cine de consenso, pero a final de cuentas el filme es un potaje de concesiones.

Y hablando de Resistencia, ese es uno de los temas que adquiere particular resonancia en el año de la #Resistencia, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo, a las políticas supremacistas blancas, antiecológicas, antifeministas, antirrefugiados, antiinmigración y antiLGBT de Donald Trump. Johnson ha leído bien el estado de ánimo planetario y ofrece un bálsamo entretenido para olvidar por un momento que comenzamos un año más en el Lado Oscuro.

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